Hace muy poco tiempo tuve oportunidad de escuchar una entrevista que se le hacía a un joven habitante del Mea Shearim sobre qué sabía sobre Jesús. En un hebreo muy veloz el joven dijo que Jesús era un loco que había abandonado la fe de sus padres, el judaísmo.
Es evidente que el joven no había perdido un minuto de su vida en leer a los evangelios sinópticos
Por lo que quizás es bueno repasar algunos hechos de la vida del tal Jesús y tratar de verificar si efectivamente hay algo en la vida del mismo que denote apostasía o rechazo a la fe judía.
Pero desde ya seamos enfáticos en que a Jesús jamás se le pasó por la mente dejar el judaísmo, obra que comienza en realidad con Pablo ni de la cual tampoco participaron los 12 apóstoles (si fueron 12, lo cual dudo).
Tenemos la imagen consagrada de Jesús: humilde carpintero, alto, delgado, de pelo rubio-castaño, de rasgos germánico-europeos, sereno, juicioso, versado y erudito en las Escrituras.
Empecemos pues por la supuesta erudición de Jesús, diciendo que no pocas veces comete repetidos errores al citar las escrituras. Daré un solo ejemplo que me llamó mucho la atención.
Jesús, en el evangelio de Marcos, discutiendo con los fariseos sobre la guarda del sábado les dice:
“¿No habéis leído lo que hizo David cuando tuvo necesidad y padeció hambre, y los que con él estaban? ¿Cómo entró en la casa de Dios, siendo Abiatar sumo sacerdote, y comió los panes de la proposición, de los cuales no es licito comer sino a los sacerdotes, y aún dio a los que con él estaban?” (2, 25-26).
Resulta claramente de esto, que Jesús en esas palabras se refirió a lo narrado en I Sam. 21 1-6, suponiendo que quien le dio a David los panes de la proposición fue el sumo sacerdote Abiatar y por lo tanto no fue el sacerdote Ahimelec, y que esos panes fueron no sólo para David, sino también para sus acompañantes.
Pues bien a pesar de la decantada infalibilidad de Jesús, hay en lo expuesto tres errores, siempre a estar a lo que asevera el relato de I Samuel que comentamos, a saber: 1) quien le dio a David los panes sagrados de la proposición fue Ahimelec y no su hijo Abiatar; 2) en aquella época no existía el sumo sacerdocio, pues sumos sacerdotes o soberanos pontífices sólo los hubo en Judea después del destierro, y 3) dichos panes fueron sólo para David, que carecía de acompañantes, pues todo lo cue éste le contó de Ahimelec de los soldados que había dejado cerca de allí, no pasó de ser una descarada mentira para obtener provisiones y armas.
Así pues Jesús como cualquier ser humano, tenía problemas de memoria o no había leído del todo bien las escrituras. De esta manera no es sorprendente que de los evangelios sinópticos, resulta claramente que Jesús era un personaje real, que se fatigaba, que tenía hambre, que dormía, preguntaba, se regocijaba, se afligía, a veces lloraba o se irritaba, y conocía los límites de su poder, como de su saber. Debe observarse asimismo que las epístolas de Pablo se dirigen a cristianos que conocían la vida de Jesús, y que la doctrina pauliniana de la salvación por el Cristo exige imprescindiblemente la humanidad de éste (Gal. 3. 13).
Primeramente Jesús fue considerado en los medios judeo-cristianos como un profeta, un hombre inspirado por Dios, según se ve en estos pasajes en un discurso puesto en boca del apóstol Pedro, en el que se dice:
“Jesús de Nazareth, hombre acreditado ante nosotros, de parte de Dios, por milagros, prodigios y señales” (Act. 2, 22).
En otro discurso que se considera pronunciado por el mismo Pedro y los demás apóstoles, se lee:
“Moisés dijo a los hijos de Israel: Dios os suscitará de entre vuestros hermanos, un profeta semejante a mí, a él oiréis” (Act. 7, 37), notable confesión de la humanidad de Jesús, idéntica a la figura de I Timoteo, 2, 5: “No hay sino un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús“.
Jesús era considerado pues simplemente como un hombre, un profeta, y sólo más tarde, gracias a las lucubraciones de Pablo y tres siglos de lucubraciones de los padres de la Iglesia, se le comenzó a considerar como un Dios. La fe en la resurrección de Jesús contribuyó sin duda a que se le considerara como el esperado Mesías judío y se le diera la denominación de “Señor” (gr. Kyrios), ser celeste encarnado en Jesús que llegó a ser objeto de un culto. No tardó en notarse la analogía entre los sufrimientos de Jesús y los del “servidor de Yahvé” del cap. 53 de Isaías, porque a tales sufrimientos se les asignó un valor expiatorio, así como lo atestigua Pablo en Corintios, 15, 13.
Los relatos prodigiosos relativos a la concepción y al nacimiento de Jesús que nos dan Mateo y Lucas, son meras ficciones, como lo prueba el Evangelio de Marcos (3:31-35) al referir que María, acompañada con sus otros hijos, trató de detener a su primogénito, juzgándolo atacado de enajenación mental (“Vienen después sus hermanos y su madre, y quedándose afuera, enviaron a llamarle. 32 Y la gente que estaba sentada alrededor de él le dijo: Tu madre y tus hermanos están afuera, y te buscan. 33 Él les respondió diciendo: ¿Quién es mi madre y mis hermanos? 34”) Si los referidos actos hubieran sido verídicos, María no podía olvidar la misión divina de Jesús, ni la obra efectuada en su seno por el Espíritu Santo, así como es imposible que nadie recordara en Bethlehem el mensaje angélico que los pastores comunicaron profusamente a los habitantes de esta población.
Así pues existía una versión más antigua de la vida de Jesús en la cual este desprecia abiertamente a su madre y familia. De José nada se dice, lo que me hace suponer que en el relato más antiguo de la vida de Jesús este no aparecía ni desempeñaba papel alguno.
El episodio es interesante y nos hace acordar al comentario denigratorio de Celso del año 179 en un libro titulado Exposición de la Verdad o Discurso verdadero, cuya mayor parte ha llegado a nosotros gracias a la refutación que de esa obra pretendió hacer Orígenes entre los años 246-249 bajo el título: Contra Celsum. Celso expone en su exégesis la tesis contra dicho milagroso nacimiento, diciendo que Jesús había nacido del adulterio de su madre, una pobre aldeana, casada con un carpintero, relato del que resulta que María fue seducida por un novio suyo llamado Panthera, soldado romano, quien la sedujo. Al darse cuenta del embarazo de María, el carpintero con el que ella estaba desposada, trató de abandonarla para no difamarla, exponiéndola a la ignominia pública (Mat. 1, 19).
El hecho se puede profundizar además haciendo notar que en la genealogía que trae Mateo sobre Jesús figuran cuatro mujeres: Tamer, (Gen. 38) la incestuosa, Rahab, la prostituta (Jos. 6, 17) Batseba, la adúltera, madre de Salomón (1023) y Rut, la extranjera moabita. ¿No se nombraría tal vez originalmente en la citada genealogía a María, la adúltera, por la razón que da Celso para explicar el nacimiento de Jesús? Lo que se une además a que estando Jesús en la boda de Cana (Juan 2, 1-12), donde también se encontraba María, ella le advirtió en el curso de la comida, que faltaba vino. Y Jesús le respondió “Mujer ¿qué tengo yo que ver contigo?” (v. 4). Obsérvese que Jesús ni siquiera la llama madre, en su respuesta lo que viene a significar: nada hay de común entre nosotros.
Como sea, según los Evangelios, Jesús nunca soñó ser un profeta o un Mesías para los gentiles y se esfuerza en ser fiel a las prácticas judías. Va a Jerusalén para la fiesta de los panes sin levadura; celebra el “Seder“; bendice los panes ázimos; los rompe y bendice el vino; come la Pascua; moja las hierbas en el jaroseth; bebe las cuatro copas de vino y concluye con el cántico del Hallel. No se opone a los ayunos y a las plegarias: exige solamente que estas prácticas se realicen sin vanidad y sin ostentación. Cuando prohíbe el divorcio y que sus discípulos le preguntan: ¿Por qué Moisés permitió dar carta de divorcio y que el marido repudie a su mujer? él no responde que ha venido a abolir algo de la Ley de Moisés sino dice: “este mandamiento ha sido dado a causa de la dureza de vuestro corazón”. Pero enfáticamente dice: “no penséis que yo he venido a abolir la Ley o los profetas“.
Cuando envía a los apóstoles para que anuncien la Venida del Mesías y la proximidad del reino de Dios les dice:
No vayáis hacia los paganos ni entréis en ninguna ciudad de los samaritanos; sino id más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel (Mat. 10, 5-6). Una vez tan sólo curó a una pagana (la hija de la cananea) (Mar. 7, 24-30), y obró la cura del esclavo del centurión de Capernaum (Luc. 7, 2-10).
Uno de los escribas pregunta a Jesús: cuáles son los dos mayores mandamientos y Jesús les responde: El primero es: amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón y de toda tu alma. . . y el segundo es éste: amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay más grandes mandamientos que estos dos. Jesús responde pues casi de la misma manera que Hillell y el rabí Akiba a preguntas semejantes. El escriba dijo a Jesús:
“Maestro tú has dicho bien, con verdad no hay más que un sólo Dios, y amarle con todo el corazón. . . y amar a su prójimo como a sí mismo esto es más que todos los holocaustos y que todos los sacrificios“ y Jesús le dijo entonces al escriba: “no estás lejos del reino de Dios“.
Jesús no pensó en abolir la Tora ni las prácticas, ni crear una nueva Tora. Lejos de querer abolir las prácticas corrientes, censuraba a los fariseos diciéndoles:
“Ay de vosotros escribas y fariseos, por que diezmáis la menta, la ruda y toda clase de hierbas pero descuidáis la justicia y el amor de Dios. He aquí las cosas que deberíais hacer sin descuidar sin embargo las otras” (Mat. 23, 23).
Jesús era y permaneció siendo judío por su completa adhesión a la Tora. Jesús era pues judío y permaneció siéndolo hasta su fin.
Por ende, el comentario del joven del Mea Shearim es erróneo y la suposición de que Jesús podía tener animadversión contra los judíos es ridícula. Sin embargo no le faltaran argumentos a la Iglesia para sostener todo lo contrario.-
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