Cada año, el calendario hebreo ofrece una de las transiciones más conmovedoras que puede vivir una nación. El 4 de Iyar, Yom Hazikarón, Día del Recuerdo de los Caídos de Israel, da paso al 5 de Iyar, Yom Haatzmaut, Día de la Independencia de Israel. Del silencio de las sirenas a la alegría de las celebraciones, del duelo colectivo a la reafirmación de la vida. Pocos países condensan con tanta intensidad la tragedia y la esperanza.
En Israel, el Día del Recuerdo honra a los soldados caídos en defensa del Estado y a las víctimas del terrorismo. Las banderas flamean a media asta, cesan los espectáculos públicos y miles de familias concurren a cementerios militares y memoriales en todo el país. Cuando suena la sirena, las calles y autopistas se detienen por completo. Los conductores descienden de sus vehículos, los peatones permanecen inmóviles, y una nación entera se une en memoria de quienes ya no están.
La conmemoración de este año posee una carga emocional aún mayor. Tras la masacre perpetrada por Hamas el 7 de octubre de 2023, la guerra posterior en Gaza, los ataques de Hezbollah desde el Líbano y la confrontación con Irán, casi no existe familia israelí ajena al dolor, la pérdida o la incertidumbre. Nuevos nombres se han sumado a la larga nómina de quienes entregaron su vida por la supervivencia nacional.
Sin embargo, apenas concluye el 4 de Iyar, comienza el 5 de Iyar y con él Yom Haatzmaut. Las banderas vuelven a elevarse, se encienden antorchas, las plazas se llenan de música y las familias salen a celebrar. No hay contradicción alguna en ese tránsito. La independencia tiene un precio, y la alegría nacional nace del sacrificio de quienes la hicieron posible y la siguen defendiendo.
La celebración de 2026 incorpora además un hecho de fuerte simbolismo diplomático: la presencia en Israel del presidente argentino Javier Milei, invitado a participar en la tradicional ceremonia del encendido de antorchas. Se trata de una distinción excepcional hacia un mandatario extranjero y una señal del estrechamiento de vínculos entre ambos países.
Milei fue recibido por el presidente israelí Isaac Herzog, quien le otorgó la Medalla Presidencial de Honor. Durante su visita oficial reiteró su promesa de trasladar la embajada argentina a Jerusalén, reafirmó su respaldo a Israel frente a las amenazas regionales y destacó la amistad entre ambos países, así como la vigencia de los valores judeocristianos.
También se reunió con el primer ministro Benjamin Netanyahu y volvió a señalar la responsabilidad iraní en el atentado contra la AMIA, una herida aún abierta para la Argentina.
Javier Milei, católico de origen, ha manifestado además un marcado interés por el judaísmo, estudiando Torá junto al rabino Shimon Axel Wahnish, a quien designó embajador en Israel. No es infrecuente escuchar en sus discursos referencias a la parashá semanal (porción o sección de la Torá) o citas del Antiguo Testamento.
Al mismo tiempo, en amplios sectores de la sociedad israelí crecen los interrogantes sobre el costo humano y económico de sostener frentes simultáneos. En caso de ser neutralizadas las amenazas inmediatas de Irán y Hezbollah, el debate sobre la financiación del esfuerzo bélico y la reconstrucción nacional ocupará un lugar central.
El acto central suele realizarse en Monte Herzl, donde reposan líderes y combatientes, y donde la memoria se funde con la continuidad histórica del pueblo judío. También el Muro Occidental, el Kotel HaMa’araví, conocido popularmente como el Muro de los Lamentos, vestigio del antiguo Templo destruido por Tito, recuerda que la soberanía recuperada en 1948 no surgió de la nada, sino tras siglos de exilio, persecuciones, pogromos y el Holocausto.
Cuando David Ben-Gurión proclamó la independencia el 14 de mayo de 1948, renació un Estado judío en su tierra ancestral. Desde entonces, Israel debió enfrentar guerras, terrorismo, boicots y amenazas existenciales. Aun así, construyó una democracia vibrante, una sociedad plural y una potencia científica, tecnológica, médica y agrícola admirada en el mundo.
Theodor Herzl soñó con un Estado judío moderno, libre y soberano. Ese sueño se hizo realidad, aunque no sin costo. Por eso, en Israel, el dolor y la esperanza no se excluyen: se suceden, se explican mutuamente y forman parte de una misma historia.
En pocos lugares del mundo una nación pasa, en cuestión de minutos, del silencio de las sirenas al canto de la alegría. Israel lo hace cada año, porque sabe que recordar a sus caídos es también honrar la vida que ellos defendieron.
Rubén Kaplan
Periodista y escritor
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