A Rusia e Irán los están derrotando de la misma manera: Por el bolsillo. Y es que las guerras han cambiado con el siglo XXI. Sólo sucede que Putin y los ayatolas nunca se enteraron.
La guerra siempre fue un mal negocio. Demasiado caras, para empezar, y en el mejor de los casos sólo te garantizaban tomar el control de un territorio al que podrías saquear. Eso dejaría un beneficio inicial, pero a la larga las ventajas se evaporarían. La riqueza de tu conquista se agotaría y, en contraparte, ahora tendrías que responsabilizarte por ese territorio y esa gente. Más gastos.
Eso fue lo que vino a cambiar con el modelo verdaderamente imperial, planteado inicialmente por los persas, ampliado por Alejandro Magno y la cultura helenística, y perfeccionado en su momento por Roma. A diferencia de los antiguos egipcios, los asirios, los hititas y los babilonios —que realmente no fueron imperios, sino reinos saqueadores—, persas, helenísticos y romanos no se limitaban a conquistar reinos para saquearlos, sino que los integraban a una mega-estructura política y económica de la cual ellos mismos se podían beneficiar, y a la cual podían enriquecer sin necesidad de llegar al agotamiento de sus recursos. La ventaja más evidente de este modelo se puede notar en la extensión territorial: Estos tres grandes imperios fueron notoriamente más amplios que todos los anteriores.
Al final, de todos modos se derrumbaron. Faltaba mucho para que la humanidad aprendiera de las ventajas del libre mercado como base para la creación y consolidación de dinámicas generadoras de riqueza, y por ello incluso los imperios más poderosos siempre tuvieron que enfrentarse a su propio colapso.
No debe extrañarnos. La comprensión de cómo funciona la generación de la riqueza es algo que apenas hemos logrado teorizar hace unos 200 años, y todavía hay muchos gobiernos o teóricos de la política y la economía que se niegan a entenderlo, aferrándose a paradigmas vetustos que nunca funcionaron, y que nunca van a funcionar.
Aquí puede surgir un riesgo extra: Cuando no entiendes cómo funciona la economía, es imposible que entiendas cómo funciona la guerra (porque la guerra es, por definición, el más grande reto económico que puede afrontar cualquier país).
Rusia e Irán han dado los grandes ejemplos de ello, lanzándose a guerras o proyectos de guerras anclados en los paradigmas del siglo XX. Ya sabes: Campos de batalla, infanterías contra infanterías, tanques contra tanques. Acaso la única diferencia fue que, en su planeación, Irán trató de ser más inteligente al diseñar una guerra que ellos no tendrían que enfrentar. Para eso tenían a Hezbollá, Hamas, el régimen de Assad, y las milicias chiítas de Irak.
Dos enemigos pequeños les reventaron los planes. A Rusia se lo hizo Ucrania; a Irán se lo hizo Israel.
¿Superioridad militar? Seguro. Eso está fuera de toda duda, pero esta no se reflejó en un campo de batalla como Kadesh en el año 1274 AEC, o en Gettysburg en 1863. Se reflejó de muchas otras maneras, muy distintas en cada conflicto, pero que al final confluyeron en un mismo modelo de ataque: El económico.
Es curioso: Rusia e Irán están derrotados desde hace mucho, pero no se han derrumbado. ¿Por qué? Porque en ambos conflictos, todo el foco se había centrado en lo militar (algo tan lógico como necesario) para evitar que ambos pudiesen imponerse en el corto plazo.
Ahora es cuando empezamos a ver el verdadero colapso de ambos países. ¿Qué fue lo que cambió? Que sus enemigos (hay que agregar a Estados Unidos en el caso de Irán) comenzaron a golpearlos donde realmente duele: La estructura económica.
Ucrania está destruyendo sistemáticamente la industria petrolera rusa. Estados Unidos impuso un bloqueo en Ormuz que deja a Irán sin la posibilidad de exportar nada.
Desde que se dieron las condiciones para que esto se pudiera hacer, la debacle de Moscú y Teherán se aceleró.
Así es la guerra del siglo XXI: Multifrontal, multiestratégica. Ya no se gana con tanques. Ni siquiera con misiles potentes y bombardeos salvajes. Se gana desgastando el bolsillo del enemigo. Si le quitas el dinero, le quitas la posibilidad de seguir haciendo la guerra (y, en una de esas, lo quitas del poder).
Por esto es que estamos atestiguando un impacto que va más allá d e los combates entre Ucrania y Rusia, o entre Israel y Estados Unidos contra Irán. Estamos presenciando una crisis notable en Europa y en China, consecuencia de que la estrategia de guerra económica lidereada ahora por los Estados Unidos no sólo está golpeando a Irán, sino también los vínculos que este país tenía con otros lugares del mundo.
La economía hace mucho que dejó de ser un fenómeno local. Es global, para bien y para mal, y acaso el mayor acierto estratégico de la administración Trump fue diseñar un ataque frontal contra toda una estructura de la que se beneficiaban los enemigos de los Estados Unidos. Golpeado uno —Irán, para ser exactos—, salieron golpeados todos.
La eficacia de esta estrategia se puede ver en que los mejores golpes dados por la coalición israelí-estadounidense no sólo impactaron negativamente en las economías de Irán y sus mejores amigos, sino que generaron un incremento notable de las actividades productivas en Estados Unidos e Israel. Los resultados son evidentes: Estados Unidos ya se consolidó como el principal productor energético del mundo, e Israel —con todo y lo diminuto que es— ha superado en su PIB per cápita a países como Francia e Inglaterra.
China y Europa parecen no entender de qué va el asunto. Siguen pensando que estas guerras se ganan por decreto, y así es como China quiere organizar un nuevo bloque global que sustituya al dólar con alguna otra moneda, y Europa piensa que puede ponerle frenos a Israel por medio de bloqueos y sanciones.
Error. Al final del día, se trata de un asunto de oferta y demanda. Ni los BRICs ni el yuan van a alcanzar el nivel de demanda del dólar, e incluso Europa va a rogarle a Israel que les venda tecnología y asesoría militar.
Esa es la verdadera guerra, la de comprar y vender al mejor precio.
Todo lo demás es colateral, y tal parece que Putin y Vahidi —en ausencia de Khamenei— no se han enterado.
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