El 21 de abril, en el marco del Yom Hazikaron, el Colegio Olamí ORT recibió a tres policías sobrevivientes de la batalla del 7 de octubre en Sderot. Sus testimonios convirtieron la ceremonia en una experiencia que ninguno de los presentes olvidará.
El pasado 21 de abril el Colegio Olami ORT conmemoró el Yom Hazikaron — el Día del Recuerdo de los Caídos en las Guerras de Israel y de las Víctimas del Terrorismo — con una ceremonia titulada Sderot 7/10: Héroes de Azul.
El acto no fue únicamente un homenaje, fue una reconstrucción emocional, ética y testimonial de uno de los episodios más dolorosos de la historia reciente de Israel, centrado en la valentía de los policías de la estación de Sderot durante los ataques del 7 de octubre de 2023.
Ante alumnos, docentes, directivos, miembros del patronato e instituciones comunitarias, la ceremonia abrió con una premisa simple: “Hay días en los que un pueblo entero no necesita grandes palabras.”
Yom Hazikarón, se explicó, no es una fecha más en el calendario, sino “una forma distinta de respirar“ — un momento en el que la memoria deja de ser abstracta y se convierte en experiencia colectiva y profundamente humana.
7 de octubre: Una mañana que partió la historia en dos
Era Shabat. Era Simjat Torá. Sderot, ciudad del sur de Israel a escasos kilómetros de Gaza, despertaba en silencio festivo cuando decenas de terroristas irrumpieron en sus calles. “Silencio de Shabat, silencio de día de fiesta, y por un instante parecía que la ciudad despertaba a otra mañana israelí cotidiana, una mañana de oración, de familia, de primera luz.” Pero entonces, desde la oscuridad, la crueldad entró en la ciudad.
Los policías de la Estación de Sderot fueron de los primeros en entrar en combate. No esperaron instrucciones. No retrocedieron. Comprendieron, en ese instante, que eran la última línea de defensa entre los terroristas y los habitantes de la ciudad. La batalla duró largas horas. Lucharon desde el edificio, desde el techo, desde las calles, bajo fuego intenso. Siete de sus compañeros cayeron en combate.
La estación de policía de Sderot se convirtió ese día en uno de los símbolos más poderosos del coraje y el sacrificio del 7 de octubre.
La ceremonia
La embajadora del Estado de Israel en México, Einat Kranz Neiger, tomó la palabra y recordó que desde la fundación del primer asentamiento judío moderno en 1860, 25,648 soldados y soldadas han entregado su vida en defensa del pueblo de Israel, y que solo en el último año cayeron 174 combatientes mientras 79 civiles fueron asesinados en atentados terroristas.
“Son números que desgarran el corazón“, dijo la embajadora. “Pero Yom Hazikarón nos recuerda que no podemos quedarnos solo en los números. Detrás de cada cifra hay una vida, un nombre, un rostro, una historia, un futuro que ya no será.”
Subrayó que el 7 de octubre marcó el inicio de la guerra más larga en la historia de Israel y que, a pesar de un alto al fuego vigente desde hacía apenas una semana al momento del evento, las fuerzas israelíes seguían desplegadas de norte a sur. “La seguridad no es algo obvio ni garantizado. Este año, como el anterior, este día está envuelto de un dolor renovado.”
Uno de los momentos más solemnes fue el descenso de la bandera de Israel a media asta, encabezado por Tal Mahi, jefe de la policía comunitaria de Sderot, junto a Rolando Uziel, amigo entrañable de la institución y de la educación judía en México. La comunidad entera se puso de pie. Un alumno tomó el micrófono: “En este momento, mientras la bandera de Israel se mueve, el mundo judío por entero inclina la cabeza ante el peso del dolor y del recuerdo.” Un minuto de silencio suspendió el tiempo.
“No puedo reparar el mundo, pero puedo cuidar mi pequeño rincón del paraíso”: Elad Buhadana
Elad Buhadana tiene 40 años, nació y creció en Sderot, es esposo de Sivan y padre de Taliano, Atael y Yarin. Lleva toda su vida en la policía municipal. “Sderot es mi hogar, es el corazón“, dijo ante los invitados. “Una comunidad pequeña, cálida y unida. Todos se conocen, todos se quieren.” Cuando le preguntaron por qué eligió ser policía, respondió sin dudar: “No puedo reparar el mundo, pero puedo cuidar mi pequeño rincón del paraíso.”
El 7 de octubre, a las 6:30 de la mañana, metió a sus hijos y a su esposa al refugio mientras caían cohetes y la casa temblaba. Luego tomó un scooter, recogió a Shai Smadja y se dirigieron a la estación. En el camino encontraron a un habitante tirado en la calle, con heridas de bala en el torso. “Aquí todo cambió. Aquí comprendimos que algo estaba empezando.”
Lo que siguió fue un día de decisiones imposibles. El radio no dejaba de recibir llamadas de auxilio simultáneas que era imposible atender todas. “Tienes el radio, recibes muchas llamadas y no sabes cómo dividirte. Te sientes impotente. Me siento impotente hasta el día de hoy.”
Cerca del mediodía, una llamada cambió el rumbo de su jornada, una niña llevaba horas sola en su casa pidiendo ayuda. “Eso me causó que dejara todo y fuera para allá.” Cuando llegaron, encontraron el cuerpo de su padre asesinado por terroristas que lo conocían y habían llegado a vengarse. Se llevaron a la niña con sus familiares.
Más tarde, cuando quedó claro que la estación había sido tomada y que los siete policías en su interior habían caído, tomaron una decisión extrema, derribarla. Un tanque disparó 13 veces contra el edificio mientras francotiradores neutralizaban a los terroristas desde afuera. Era la única forma de no exponer a más personas al peligro.
Elad también enfrentó otra realidad después del combate: fue asignado a identificar los cuerpos de las víctimas del 7 de octubre. “Los cuerpos estaban gravemente heridos debido a las armas que se utilizaron. Eran cuerpos que no se podían identificar porque sus rostros estaban realmente heridos. Es algo que me acompaña hasta hoy.”
A las 12 de la noche llegó por fin a ver a su familia, los sacó de la ciudad. No los volvería a ver sino un mes después. En ese tiempo, su hija celebró su Bat Mitzvá en el lobby de un hotel, con la familia desalojada y él de uniforme, con un día libre. “Fue un punto en el que nos sentimos gloriosos y vencedores“, dijo con la voz quebrada.
Su mensaje final para los alumnos fue sencillo y contundente: “Miren a la derecha y a la izquierda. Siempre pongan a su lado a su amigo. Sean buenos hacia los demás para que los demás sean buenos hacia ustedes.”
“Cierro los ojos y espero que no me duela morir”: Ram Rahimi
Ram Rahimi tiene 22 años y creció en un moshav en la periferia de Gaza, en una realidad donde las alarmas de cohetes eran parte de la vida cotidiana desde la infancia. “Tenemos solo siete segundos para llegar al refugio. Nacimos en esa realidad.”Eligió la policía porque, siendo hijo único, no podía hacer servicio de combate militar. “Quería hacer algo significativo.”
El 7 de octubre, Ram terminaba su guardia nocturna cuando empezaron los cohetes. Él y su compañero Eli se prepararon para salir. Una camioneta de terroristas se detuvo frente a la estación y lanzó un RPG. Salieron a enfrentarlos. “Comenzamos intercambio de disparos. Le dieron a Eli y él cayó. Yo entré en la estación y me salvé de milagro.”
Lo que siguió fue una batalla en el techo de la estación que duró horas. Siete policías rodeados, bajo granadas y fuego constante. En un momento, su compañero Arel yacía gravemente herido — balas en la cabeza, en la mano, en el pie — y le pidió hablar con su familia para despedirse. Ram se negó. “No te preocupes, vas a llegar a tu casa, vas a ver a tu esposa, a tus hijos. Ese era mi objetivo.” Arel sobrevivió.
A la una y media de la tarde, un terrorista lanzó una granada a dos o tres metros de Ram. “Estaba seguro de que eran mis últimos segundos. Cierro los ojos y espero que no me duela morir.” La granada explotó. Ram salió disparado, con heridas en la mano, pero abrió los ojos y estaba vivo. Con la ayuda de un francotirador en un edificio cercano, eliminaron al terrorista.
Cuando llegó el rescate, Ram se negó a subir a la ambulancia. “Hasta que no saquen a todos mis amigos, yo no me voy.” Se quedó hasta las 5 de la mañana ayudando a sacar heridos y cuerpos. Cuando por fin llegó a casa de su mamá en Sderot, entró cubierto de la sangre de sus compañeros. Su madre pensó que no lo volvería a verlo con vida.
Meses después, Ram recibió un ascenso de rango en una ceremonia oficial. “Hubiera preferido no estar ahí, no tener este ascenso, si pudiera tener a mis amigos el día de hoy conmigo. Me hacen falta. Estos son los verdaderos héroes.“
“Somos un pueblo eterno”: Shai Smadja
Shai Smadja tiene 32 años, es padre de Noi y Mahor, y subdirector de la Policía Municipal de Sderot. Su 7 de octubre comenzó a las 6:29 de la mañana. Metió a su familia al refugio, se equipó, y salió hacia la estación. En el camino vieron la cuatrimoto de los terroristas y luego disparos en todas direcciones. “Primero que nada nos tiramos al piso y entendimos que había siete terroristas frente a nosotros.”
Shai y su grupo tomaron posición en una glorieta en la entrada de la ciudad para evitar que más terroristas penetraran. Junto con unidades antiterroristas de élite lograron neutralizarlos. Pero la batalla principal seguía en la estación, a 200 metros, y no podían acercarse, había fuego desde adentro.
Fue entonces cuando recibieron una llamada desesperada: la oficial Zafir Cohen estaba herida. Su auto había sido impactado por un RPG, pero había logrado salir, dispararles a los terroristas y refugiarse en una fábrica cercana, desde donde contactó al alcalde de Sderot, Alon Davidi. Shai, Elad y otro policía fueron a rescatarla bajo fuego de misiles, hablando con ella todo el tiempo para verificar que no fuera una trampa. La encontraron, la subieron al vehículo y la llevaron a recibir atención médica.
Lo que siguió fue una jornada que se extendió días. Junto al comandante del batallón, Shai participó en la división de la ciudad por colonias para limpiarla zona por zona. En la calle Yirmiyahu, encontraron a terroristas que asesinaban habitantes dentro de sus propias casas: los neutralizaron. El lunes en la madrugada, un dron detectó más infiltrados. El martes, otra banda fue localizada cerca de la universidad. La batalla por Sderot no terminó el 7 de octubre, terminó hasta días después.
Sobre el regreso a la normalidad, Shai fue directo: “Nosotros nunca nos fuimos.” Sderot, que había sido parcialmente evacuada con 36,000 habitantes, no solo se recuperó sino que creció: hoy tiene 41,000. “Nuestra victoria es que la gente se sienta segura. Cuando la gente ve que un terrorista entra a tu casa, se pierde esa seguridad. Nuestro objetivo es regresarles esa sensación.”
Al final, alzó la vista hacia el auditorio lleno de estudiantes mexicanos y habló directo a ellos: “Nos han tratado de exterminar en la Shoá, el 7 de octubre no lo lograron, y después de tantos años seguimos celebrando. Somos un pueblo eterno. Cuando decimos juntos venceremos, la respuesta está aquí. Ustedes son nuestra fuerza.”
En la ceremonia, también se nombró a Mor, una joven policía caída en Sderot el 7 de octubre. Meses antes había perdido a su padre. Tenía planes, tenía sueños, estaba próxima a casarse. En su última llamada le dijo a su madre: “Mamá, si no sobrevivo, te amo.” Luego pronunció el Shemá.
Posteriormente, como homenaje a la valentía y espíritu de los policías, los alumnos del colegio les dedicaron un baile.
Al cierre de la ceremonia, se entregó a los policías una bandera de Israel con el emblema del Colegio Olamí ORT, como símbolo de honor y gratitud a su valentía. Se envolvieron en ella. No hicieron falta más palabras.
Memoria como mandato
Lo que ocurrió en el Colegio Olami ORT el 21 de abril no fue solo una conmemoración, fue un recordatorio de que la memoria no es pasiva. Es un mandato — de recordar, de narrar y de actuar de manera digna frente al legado de quienes ya no están, y frente a quienes eligieron mantenerse de pie cuando todo invitaba a retroceder.
La Fundación Olamí ORT hizo posible la visita de los tres policías a México. Su presencia frente a cientos de jóvenes de la comunidad judía mexicana fue un símbolo de la historia contada por quienes la vivieron. Una historia que ahora también es de ellos.
Am Israel Jai.
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