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lunes 22 de junio de 2026

Alejandro Klein / El surgimiento del cristiano y su relación con el antisemitismo: Las cartas sobre el tratamiento a los judíos de Gregorio Magno

Gregorio Magno fue Papa entre los años 590-604. Es considerado uno de los cuatro grandes Padres de la Iglesia latina o de Occidente, junto con Jerónimo de Estridón, Agustín de Hipona y Ambrosio de Milán. 

Afortunadamente se conservan cartas del mismo dirigidas a diferentes obispos y autoridades eclesiásticas sobre cómo tratar a los judíos (escritas entre los años 591 a 598), que sorprenden por su amabilidad y consideración, apartándose de lo que fue el tono general en como los primeros siglos de cristianismo consolidó la imagen del pueblo judío como díscolo, arrogante, desobediente a la divinidad, incumplidor de la Ley entre otras tantas infamias.

Por otra parte la importancia de Gregorio estriba en que funda una de modalidades de existencia de los judíos durante el medioevo, es decir aquella que dependía de la protección de los papas. Esto que hoy puede parecer extraño implicaba que los judíos eran “judíos del papa”, viviendo bajo su protección y amparo.

En la primera carta que conservamos, del año 591, dirigida a Virgilio, obispo de Arlés, y a Teodoro, obispo de Marsella, Gregorio escribe: 

Son muchos, aunque de religión judía, los residentes en esta provincia [Roma] que, de vez en cuando, viajan por diversos asuntos de negocios a las regiones de Marsella, y nos han informado de que muchos de los judíos establecidos en aquellas partes han sido llevados a la pila bautismal más por la fuerza que por la predicación. Ahora bien, considero que la intención en tales casos es digna de alabanza, y admito que procede del amor al Señor. Pero temo que esta misma intención, a menos que la acompañe una justificación adecuada de la Sagrada Escritura, o bien no tenga ningún efecto provechoso; o bien se produzca además (Dios no lo quiera) la pérdida de las mismas almas que deseamos salvar

Notable confesión del uso de fuerza de la Iglesia que en términos coactivos no logra sino lo contrario de lo que desea. Gregorio reconoce un uso abusivo de la fuerza y le preocupa más la honestidad de las intenciones que el uso de poder desde la Iglesia…

Se trata de sí de mostrar al pueblo judío su error, pero de forma dulce:

Por lo tanto, que vuestra Fraternidad anime a tales hombres mediante frecuentes predicaciones, a fin de que, gracias a la dulzura de su maestro, deseen aún más cambiar su antigua vida. Así se cumplirá debidamente nuestro propósito, y la mente del converso no volverá a su vómito [obsérvese la palabra utilizada en relación al asco y la repugnancia] anterior. Por lo tanto, hay que dirigirles un discurso que queme las espinas del error en ellos e ilumine lo que hay de oscuro en ellos mediante la predicación, de modo que vuestra Fraternidad, a través de vuestra frecuente amonestación, reciba una recompensa por ellos, en la medida en que Dios lo conceda, para la regeneración a una nueva vida”.

En otra carta, del año  598, dirigida a Víctor, obispo de Palermo, enfatiza aún más la cuestión:

Así como no se debe conceder a los judíos en sus sinagogas ninguna libertad más allá de la permitida por la ley, tampoco deben los judíos sufrir en modo alguno en aquellas cosas que ya se les han concedido”.

Gregorio señala pues una especie de convivencia, no simétrica ni igualitaria (cosa impensable), sino una especie de “armisticio” entre las partes que me hace recordar el deseo de pax deorum (‘la paz de los dioses’) presente en el Edicto de Milán de 313 de Constantino.

Del mismo año tenemos otra carta dirigida a un tal Fantino, administrador de Palermo, en la que dice:

dado que algunos judíos se han quejado en una petición que nos han presentado de que él se había apoderado injustamente de las sinagogas con sus salas de huéspedes [para los pobres y los enfermos], situadas en la ciudad de Palermo, habían sido injustamente tomadas por él—, debía mantenerse al margen de la consagración de las mismas [como iglesias] hasta que se pudiera determinar si esto había sucedido realmente, no fuera que pareciera que los judíos habían alegado un agravio por su propia [mala] voluntad. Y, de hecho, teniendo en cuenta su oficio sacerdotal, no podíamos creer fácilmente que nuestro mencionado hermano [Víctor] hubiera hecho algo impropio”.

Obsérvese: respeto a los judíos, respeto a las sinagogas, imperativo de la conducta propia, ética y moral…

¿Qué hubiera sido de los judíos si la conducta medioeval se hubiera efectivamente permeado del pensamiento noble y empático de Gregorio?

¿Hubiera existido el antisemitismo de 1096?

Imaginen ustedes una Iglesia que hubiera comulgado sincera y afectivamente, como escribió Gregorio con el que: “ellos [los judíos] no serán en modo alguno oprimidos ni sufrirán injusticia alguna

Una Iglesia que hubiera colocado en cada frontispicio: “tampoco debe infligírseles daño ni coste alguno contrario a la justicia y la equidad, como ya hemos escrito nosotros mismos”.

Un antisemitismo que renunciara en definitiva a inventar un chivo expiatorio diabólico, malvado, funesto.

Otro mundo, se me dirá.-
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