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lunes 22 de junio de 2026

Alejandro Klein / El surgimiento del cristiano y su relación con el antisemitismo: Tratado contra los judíos de Agustín de Hipona

Agustín de Hipona, sin duda, fue el más brillante teólogo y emérito de los llamados doctores de la Iglesia. Con él culmina el proceso por el cual Jesús es transformado en divinidad y no cualquier divinidad, sino el Dios más poderoso posible, aún más que el Dios que aparece en las escrituras. Llegado el momento profundizaremos en ese Dios que erige Agustín, que debía ser más poderoso no solo que los antiguos dioses sino aún más poderoso que el Dios del Antiguo Testamento, atestiguando así el poder de la Iglesia, la nueva religión.

En el año 429 (es decir un año antes de su muerte) escribe este Tratado contra los Judíos donde intenta demostrar la reprobación de la divinidad hacia los judíos frente a su ceguera y obstinación por no reconocer a la Iglesia como plena sucesora de la antigua Ley (argumento muy utilizado por los padres y doctores de la Iglesia). Para eso utiliza metáforas de la naturaleza:

esto lo dijo de los judíos que por su infidelidad fueron podados como ramas de aquel olivo, que fue fructífero en los santos Patriarcas como en su raíz”.

De esta manera establece el argumentos que los Patriarcas, que vivían en la raíz del olivo, sí fueron fieles a la divinidad, mientras que sus descendientes, es decir los judíos, “sus ramas naturales” fueron traicioneros, “mientras la fiel humildad del acebuche es injertado por la gracia de la bondad divina”.

De esta manera Agustín acusa a los judíos de despreciar al evangelio y no escuchar la verdad de la nueva fe. Son pues “hijos obstinados y desobedientes”, ciegos y  enfermos al no advertir que Cristo es la luz y la salvación. Y no es solo que los judíos viven en las tinieblas y la oscuridad, pues más aún están enfermos y no quieren sanar con la “medicina ofrecida” (léase: la conversión).

El argumento es pues claro y perverso: los verdaderos descendientes de los Patriarcas son los cristianos. Los judíos son hijos descarriados e infieles que no han cuidado ni respetado el legado que se les ofreció. De ahí que afirma Agustín: “los libros del antiguo testamento nos pertenecen a nosotros los cristianos y sus preceptos son cumplidos mejor por nosotros”. Los judíos tuvieron su oportunidad. La perdieron. Es la hora entonces de los nuevos hijos: la Iglesia.

De esta manera Agustín indica que aunque los cristianos no practiquen la circuncisión ni observen las leyes rituales del alimento:

los evitamos en las costumbres y ofrecemos nuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios, a quien derramamos nuestras almas con los santos deseos inteligentemente en vez de la sangre, y somos limpios de toda iniquidad por la sangre de Cristo como cordero inmaculado”.

De esta manera la idea es que la antigua Ley ha sido cambiada a través del Cristo y además que este cambio está anunciado en las mismas escrituras, especialmente en los salmos, cantar de los cantares y los profetas.

Es decir, la Iglesia no solo se apropia de la tradición y el pasado judío, sino que además se indica que el pueblo judío ya no es merecedor del mismo porque no lo ha valorado ni lo ha interpretado adecuadamente.

Por supuesto para aceptar estos supuestos habría que aceptar determinadas traducciones de párrafos bíblicos que Agustín hace que sean por lo menos cuestionables.

De esta manera es ilustrativo ver cómo Agustín modifica Jeremías 31-34:

He aquí que vienen días, dice Dios, en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá. No como el pacto que hice con sus padres el día que tomé su mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque ellos invalidaron mi pacto, aunque fui yo un marido para ellos, dice Dios. Pero este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Dios: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo.  Y no enseñará más ninguno a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce a Jehová; porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande, dice Jehová; porque perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado”,

proponiendo esta traducción:

“ Vendrán días, dice el Señor, y confirmaré sobre la casa de Jacob un testamento nuevo, no según el testamento que hice con sus padres el día en que tomó su mano para sacarlos de la tierra de Egipto “.

Así, una profecía de restauración de la casa de Israel, se transforma en Agustín en una profecía sobre el advenimiento de la Iglesia… La dialéctica argumentativa es formidable, como es formidable la cabal intención de encontrar, sea como sea, lo que se quiere encontrar…

Lo notable es que Agustín entiende que es Israel quien tergiversa las palabras proféticas:

Finalmente, si os empeñáis, ¡oh judíos!, en retorcer las palabras proféticas según vuestro parecer en otro sentido, resistiendo al Hijo de Dios contra vuestra salvación”.

Pero no era poca la inteligencia de Agustín. Así utiliza la dispersión de Israel por el mundo para testimoniar que ese hecho indica justamente que son los enemigos de Dios y no su pueblo.

Como sea y este es el punto central “contra” los judíos: los mismos viven en la luz, la obstinación, la terquedad.

Cabe indicar que una parte substancial de esta obstinación es no comprender que la “palabra” de la divinidad en las escrituras en realidad va dirigida a toda la Humanidad:

porque la ley y la palabra del Señor no va a salir del monte Sinaí para un solo pueblo, sino de Sión y Jerusalén también para todos los pueblos, como vemos que se ha cumplido clarísimamente en Cristo y en los cristianos”,

con lo cual se termina de redondear la idea de la obstinación y el egoísmo de la casa de Israel.

Por supuesto, por antinomia, la Iglesia sí que es abierta y generosa y de acuerdo a Agustín, siempre está dispuesta a recibir a estos “obstinados”:

Durante tanto tiempo aún no habéis creído y habéis resistido, pero todavía no habéis perecido, porque aún vivís. Tenéis tiempo, pues, de hacer penitencia. ¡Venid ya! Desde hace mucho tiempo debisteis venir, pero venid también ahora. ¡Venid ya! Todavía no se le han terminado los días a quien no le ha llegado aún el último”.

La conclusión es casi inevitable: los judíos perdieron la santa oportunidad que la divinidad les dio:

Debido a que perdisteis ese lugar por vuestros méritos, tampoco os atrevéis a ofrecer en otros lugares el sacrificio que solamente allí era lícito ofrecer. Así se ha cumplido del todo lo que dice el Profeta: Y no aceptaré un sacrificio de vuestras manos”.

A partir de aquí los judíos solo pueden hacer una cosa: resignarse, es decir, volverse cristianos:

Abrid los ojos de una vez y ved que, desde el sol naciente hasta el poniente, no en un solo lugar, como a vosotros os fue establecido, sino en todo lugar es ofrecido el sacrificio de los cristianos”.

Por su parte esta Iglesia, lugar de caridad y “amor”, jamás ha de perder la paciencia con los judíos:

Carísimos, ya escuchen esto los judíos con gusto o con indignación, nosotros, sin embargo, y hasta donde podamos, prediquémoslo con amor hacia ellos Yo, en cambio, dice la Iglesia a Cristo, como olivo fructífero en la casa del Señor, he esperado en la misericordia de Dios eternamente y por los siglos de los siglos”.

De esta manera, punto por punto, la Iglesia es netamente diferente al judaísmo, llena de luz y misericordia.

Pero no se trataba solo de eso. En la depuración absoluta de lo que Agustín considera rasgos judíos (ceguera, obstinación, terquedad, abominación) la Iglesia no solo se afirma como superior, sino que además (lo que no es para nada secundario), anuncia que ya nada conserva ni nada ya tiene nada de esos orígenes judíos tan avergonzantes y despreciables.-

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