Juntos Venceremos
sábado 27 de junio de 2026

Ella identificó los cuerpos de Shiri Bibas y Yahya Sinwar- y no habló más con Dios

La Dra. Esie Sharon-Sagi, directora del Programa de Posgrado en Rehabilitación Oral de la Universidad Hebrea de Hadassah, lleva más de una década identificando cuerpos -mediante registros dentales-como voluntaria de la Policía de Israel. Nada la preparó del todo para lo que vivió aquella mañana del 7 de octubre, pero tampoco nada la detuvo.

El sábado 7 de octubre de 2023, la Dra. Esie Sharon-Sagi esperó en casa escuchando sirenas. Como la mayoría de los israelíes, encendió el televisor y vio las imágenes, personas huyendo, rehenes siendo arrastrados, cuerpos en los kibutzim del sur. No sabía aún cuántos habían muerto. Nadie lo sabía.

A mediodía recibió la llamada. Era su turno.

“Llegué a la base militar y vi camiones enormes, como los de reparto de alimentos. Cuando abrieron las puertas traseras, vi decenas de cuerpos apilados en literas. Ahí entendí que los números eran grandes. Pero los camiones siguieron llegando.”

Comenzaron los turnos de ocho horas, dormía una o dos horas por noche. En tres semanas, su equipo —parte de la Unidad de Identificación Forense de la Policía de Israel— había identificado al 90 por ciento de las víctimas.

La ciencia de los dientes

La odontología forense funciona como un registro de lo que el tiempo, el fuego o la violencia no pudieron borrar. El proceso tiene tres momentos: recolectar información del cuerpo después de la muerte —radiografías, fotografías, datos visibles—; obtener los registros dentales previos del fallecido, ya sea del consultorio, el hospital o el expediente militar de alistamiento; y comparar ambos para encontrar la coincidencia.

“Muchas veces la gente no aprecia lo suficiente la odontología forense. Siempre se piensa primero en huellas digitales o ADN. Pero en muchos casos, la odontología es el último recurso.”

Dos dientes

Lo vivió en carne propia con el caso de un joven de 23 años cuya familia creía que había sido secuestrado. Los restos llegaron de una ambulancia destruida por un RPG, un lanzacohetes portátil. No había ADN recuperable, no había huellas.

Solo quedaban dos dientes.

“Le dije a mi colega por teléfono: te voy a mandar una foto, obsérvala. Me respondió: lo encontramos.” A partir de esa identificación, la policía obtuvo una orden judicial para abrir tumbas cercanas. El joven estaba allí, fragmentado entre otros cuerpos. Su familia pudo enterrarlo.

El momento del límite

Entre turno y turno, un rabino se le acercó. “Por favor, uno más”, le pidió. “Ella lleva mucho tiempo esperando en el pasillo.” La Dra. Sharon-Sagi había terminado su jornada, pero dijo que sí.

Era una mujer delgada, de dedos delicados. Ya estaba en descomposición. La miré y en mi corazón le dije: necesito tu ayuda. Tú me vas a ayudar a identificarte, y yo te voy a devolver a tu familia.”

Necesitó reunir toda su fuerza para terminar. Fue su momento límite. “Desde entonces aprendí a protegerme: si estoy cansada o emocionalmente no estoy lista, no debo hacerlo.”

El trabajo sagrado

Cuando se le pregunta por qué considera sagrada su labor, la respuesta de Sharon-Sagi es directa: “Quien muere no puede devolverte el favor. Esto lo hacemos solo por el valor intrínseco del acto.”

Y agrega que, en el contexto del 7 de octubre, la identificación no era solo un trámite burocrático, era una condición para que Israel pudiera comenzar a sanar.

Su fe, sin embargo, no salió intacta:

 “Ya no le hablo a Dios. Lo que vi es el infierno. No creo que haya algo o alguien que nos proteja desde arriba.”

Lo dice como quien constata un hecho.

Los Bibas

Entre los casos que más pesan está el de la familia Bibas.

La Dra. Sharon-Sagi identificó a Shiri, la madre, a través de sus dientes. Los niños, Ariel y Kfir, fueron identificados por ADN.

Para poder hacer ese trabajo tuvo que blindarse por completo: bloquear el nombre, la historia, la imagen de esos niños de rizos rojos que todo Israel conocía.

Necesito mis fuerzas para hacer el trabajo. No me puedo permitir pensar en el dolor”.

El proceso no fue sencillo. Hamás entregó primero un cuerpo que no era el de Shiri, un día después llegaron sus restos. La autopsia confirmó que no murió en un bombardeo, sino en cautiverio, a manos de sus captores.

Gaza, Sinwar y el último rehén

La Dra. Sharon-Sagi fue llevada a la Franja de Gaza con uniforme militar para participar en la exhumación de una gran fosa común. El objetivo era encontrar al último rehén muerto, Ran Gvili. Lo encontraron. Ella fue quien firmó el formulario de identificación.

Al salir de Gaza, cerca de la frontera, un comandante le preguntó si estaba dispuesta a hablar con el padre de Gvili. “Normalmente no nos reunimos con familias. Pero estaba ahí. Dije que sí.”

Dos meses antes del operativo que mató a Yahya Sinwar, ella ya había anticipado lo que podía ocurrir. Pidió sus registros médicos de la prisión israelí donde estuvo detenido, y los de la cirugía cerebral que le realizaron en el hospital Soroka de Be’er Sheva —Israel le salvó la vida al extirparle un tumor benigno.

El día de un feriado, le llegó una foto al celular. No hubo duda: Era él, afirmó la doctora.

Un doctorado para los que no pueden hablar

A raíz del 7 de octubre, la Dra. Sharon-Sagi inició un doctorado para investigar los patrones que dejan los dientes quemados hasta convertirse en cenizas. Quiere que la odontología forense sea mejor, más rápida, más certera. Que ninguna familia quede sin respuesta por falta de herramientas.

“El 7 de octubre me enseñó que identificar a alguien por sus dientes puede ser la única opción. Y que debo ser la mejor en eso.”

Antes del ataque, confiesa, hacía cosas “solo por pasar el tiempo“. Ver películas, escuchar música sin propósito. Ya no.

Ahora siento que cada segundo importa. Si algo no tiene un fin claro, me incomoda hacerlo.”

En una convención de reconocimiento a quienes trabajaron durante estos dos años, la Dra. Sharon-Sagi conoció a la hermana de Hadar Goldin —cuyo cuerpo estuvo en cautiverio 11 años antes de ser recuperado.

La hermana le dijo que le gustaría que conociera a su familia. La odontóloga vaciló:

“¿Por qué las personas querrían conocernos? Nosotros representamos la muerte“. La hermana la corrigió: “No. Ustedes nos devuelven la vida.”

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