Rubén Kaplan / El espejismo de una paz con Irán

Las recientes declaraciones optimistas sobre un posible acuerdo entre Estados Unidos e Irán contrastan con varios elementos centrales que permanecen inalterables. Mientras Donald Trump insiste en la posibilidad de una rápida resolución diplomática y desliza ultimátums sobre una pronta respuesta iraní, otorgándole según trascendió un plazo de una semana para aceptar una serie de exigencias destinadas a viabilizar un acuerdo, Teherán continúa sin mostrar señales concretas de renunciar al enriquecimiento nuclear ni de entregar el uranio enriquecido que posee. El propio Trump llegó incluso a afirmar que Irán terminaría entregando ese material a Estados Unidos, una posibilidad que para el régimen iraní podría ser interpretada no solo como una concesión estratégica, sino también como una humillación política de enorme magnitud.

Al mismo tiempo, Hamas reafirma que no está dispuesto a desarmarse y Hezbollah mantiene activa su estructura militar y su confrontación con Israel. En ese contexto, la percepción de que la guerra podría acercarse a su fin parece, cuanto menos, prematura.

Las aparentes oscilaciones de Trump entre amenazas militares y anuncios de paz no necesariamente constituyen una contradicción. Podrían formar parte de una estrategia de presión destinada a colocar a Irán frente a una decisión que, por el momento, parece improbable: abandonar un programa nuclear considerado central para su proyección regional y estratégica.

Sin embargo, incluso si existiera un acuerdo parcial o una pausa militar prolongada, el núcleo del conflicto permanece intacto. Altos funcionarios israelíes ya advirtieron recientemente que concluir la guerra sin eliminar o recuperar el uranio enriquecido iraní equivaldría, pese a los logros militares alcanzados, a un fracaso estratégico.

La situación del estrecho de Ormuz confirma además que el conflicto excede ampliamente el plano regional. Por esa vía transita una parte sustancial del petróleo mundial, y cualquier alteración en su circulación genera consecuencias inmediatas sobre la economía internacional. La presión sobre Ormuz se ha convertido así en una herramienta de disuasión estratégica de alcance global.

El problema de fondo no radica únicamente en las negociaciones actuales, sino en la dificultad persistente de Occidente para interpretar la lógica estratégica con la que actúan Irán y otros movimientos islamistas de la región.

Durante la denominada “Primavera Árabe”, la administración de Barack Obama interpretó el ascenso de movimientos islamistas como parte de una evolución democrática en Medio Oriente, minimizando en numerosos casos su dimensión ideológica y religiosa. La Hermandad Musulmana, apoyada políticamente y recibida en la Casa Blanca durante aquel período, fue presentada frecuentemente como una fuerza islámica moderada, pese a que sus postulados históricos y sus alianzas regionales indicaban otra dirección.

Estados Unidos parece comenzar ahora a revisar algunas de aquellas premisas. La decisión de priorizar la lucha contra el terrorismo islamista y particularmente contra organizaciones vinculadas a la Hermandad Musulmana podría indicar un cambio gradual en la percepción de amenazas que durante años fueron subestimadas o interpretadas de manera insuficiente.

Irán, heredero de una civilización milenaria asociada desde antiguo al ajedrez, parece jugar una partida estratégica de largo plazo basada en paciencia, cálculo y acumulación gradual de poder. Frente a ello, buena parte de Occidente continúa buscando soluciones inmediatas, anuncios rápidos de paz y acuerdos cuya durabilidad histórica permanece incierta.

La experiencia tampoco favorece el optimismo. A lo largo de las últimas décadas, el régimen iraní ha demostrado una marcada capacidad para utilizar negociaciones, pausas y ambigüedades como instrumentos dilatorios sin modificar necesariamente sus objetivos estratégicos de fondo.

El núcleo del problema sigue siendo el mismo: mientras Irán conserve capacidad de enriquecimiento nuclear y continúe desarrollando sistemas misilísticos capaces de portar eventuales cargas nucleares reducidas, y los principales actores islamistas de la región rechacen cualquier desarme efectivo, el conflicto difícilmente pueda considerarse resuelto.

La posibilidad de una nueva escalada militar, lejos de haber desaparecido, continúa formando parte del escenario.

Rubén Kaplan

Periodista y escritor.
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