Rubén Kaplan / Irán, el mundial del fútbol y la batalla de los relatos

En teoría, el deporte debería representar uno de los pocos espacios capaces de trascender fronteras, ideologías y conflictos políticos. Sin embargo, la realidad demuestra con frecuencia algo muy distinto: camisetas, estadios y selecciones nacionales terminan convirtiéndose también en escenarios donde se disputan batallas políticas, narrativas históricas y enfrentamientos ideológicos mucho más amplios.

Un episodio reciente volvió a ponerlo de manifiesto. Imágenes difundidas el 13 de mayo por la televisión estatal iraní mostraron la despedida del seleccionado que participará en el Mundial organizado por Estados Unidos en medio de consignas como “Muerte a América”, uno de los lemas más emblemáticos surgidos tras la Revolución Islámica de 1979. En la misma transmisión también apareció un cantante que interpretaba una canción cuya letra hacía referencia a “golpear el corazón de Tel Aviv con un Shahed”, en alusión a los drones desarrollados por Irán.

La escena resulta particularmente reveladora. Mientras Teherán mantiene negociaciones diplomáticas y procura evitar una nueva escalada militar con Washington, la narrativa revolucionaria que constituyó uno de los pilares ideológicos del régimen parece permanecer inalterada.

La despedida multitudinaria realizada en la plaza Enghelab —“Revolución” en persa— tampoco pareció una simple celebración deportiva. Banderas, consignas y mensajes patrióticos terminaron convirtiendo el acto en algo más que una expresión de respaldo a un equipo nacional. Resultaba difícil separar la pasión futbolística de la narrativa política, como si el viaje hacia el Mundial también transportara una parte del discurso ideológico construido por el régimen durante décadas.

La paradoja resulta difícil de ignorar. El mismo país que busca acuerdos con Estados Unidos participará en una competencia organizada por la nación a la que durante décadas identificó como el “Gran Satán”. Por momentos daba la impresión de que, junto a las camisetas y los balones, también viajaran consignas políticas y mensajes de confrontación. Como si algunos partidos comenzaran a jugarse mucho antes del pitazo inicial.

Sin embargo, la utilización política del deporte no constituye un fenómeno nuevo ni exclusivo de Irán. Existe un episodio histórico mucho menos conocido que revela otra forma de resignificación simbólica y narrativa.

En 1939, la selección de Palestina realizó una extensa gira futbolística por Australia. En años recientes, algunos sectores utilizaron imágenes de aquel equipo como supuesta prueba de la existencia de un Estado palestino previo a Israel. Pero la realidad histórica resulta bastante más compleja y paradójica.

Aquella selección pertenecía al Mandato Británico de Palestina y sus jugadores eran prácticamente en su totalidad judíos, muchos vinculados al Maccabi Tel Aviv. Las fotografías de la época muestran camisetas con una Estrella de David y antes de los partidos sonaba el Hatikvah, futuro himno del Estado de Israel.

El episodio expone cómo los hechos históricos, cuando son extraídos de su contexto, pueden adquirir interpretaciones completamente distintas. Lo que originalmente representaba a la población judía asentada en Palestina durante el Mandato Británico termina siendo utilizado décadas más tarde para sostener una narrativa completamente diferente.

Quizá los partidos más importantes no siempre se jueguen sobre el césped. Algunas veces las disputas más intensas ocurren fuera de la cancha: en la historia, en la memoria colectiva y en la lucha por imponer determinados relatos.

Rubén Kaplan
Periodista y escritor
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