Juntos Venceremos
lunes 20 de julio de 2026

Rubén Kaplan / La prisión de una Nobel y la política del miedo en Irán

Los asesinatos recientes de manifestantes y activistas no alteraron la conducta del régimen iraní. La respuesta oficial no fue introspección ni contención: fue más represión. Más arrestos, desapariciones y aumento de castigos ejemplares.

Organizaciones de derechos humanos registran más de mil ejecuciones en el último año. Irán no reacciona ante el costo humano porque el mismo es parte del sistema. La violencia no es un error: es una política de Estado.

La desaparición de Bita Shafiei, de 19 años, detenida junto a su madre y mantenida incomunicada, ilustra el mecanismo central del poder iraní: borrar personas para disciplinar a la sociedad. No se trata solo de encarcelar opositores, sino de administrar la incertidumbre. El miedo cerval no proviene únicamente de la violencia visible, sino de la negación del paradero, del silencio forzado, de la destrucción deliberada de los vínculos familiares. Cada desaparición es una advertencia colectiva.

La persecución de la Premio Nobel de la Paz, Narges Mohammadi, confirma que la represión no distingue entre anonimato y prestigio internacional. Condenada por un tribunal revolucionario a más de siete años de prisión por cargos políticos, su caso demuestra que ni siquiera el reconocimiento global ofrece protección frente al aparato represivo iraní. La sentencia no busca justicia: persigue la pedagogía política. El régimen castiga símbolos porque les teme. Cada prisión pública es un mensaje dirigido a millones.

Las mujeres están en el centro de esta confrontación. Desde la muerte de Mahsa Amini en 2022, la rebelión femenina se convirtió en el núcleo moral de la protesta iraní. Por eso la respuesta estatal es especialmente feroz. El control del cuerpo femenino sigue siendo un pilar ideológico de la teocracia. Cada mujer que desafía el velo obligatorio cuestiona la legitimidad misma del sistema. Y éste responde como sabe: con coerción.

No estamos ante una crisis pasajera, sino ante un régimen que solo puede sostenerse generando miedo. Arrestos arbitrarios, juicios políticos, confesiones forzadas y silenciamiento legal no son desviaciones: son arquitectura de poder. La estabilidad que proyecta Irán no es fortaleza; es administración permanente del terror.

Sin embargo, la persistencia de las protestas revela una paradoja: cuanto más reprime el régimen, se acentúa su fragilidad. Un poder que necesita encarcelar a sus mujeres más valientes para sobrevivir está reconociendo, sin admitirlo, que perdió la batalla moral.

La pregunta ya no es si Irán reprime. Eso es incuestionable. El interrogante es cuánto tiempo puede sostenerse un sistema que convierte la persecución de su propio pueblo —y especialmente de sus mujeres— en su principal herramienta de gobierno.
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