Juntos Venceremos
sábado 18 de julio de 2026

Irving Gatell/ Arabia Saudita en su laberinto

Se avecina (o ya llegó) una crisis entre Estados Unidos y Arabia Saudita, y gracias a ella podemos entender de un modo más preciso la compleja estrategia que Donald Trump está desplegando en su conflicto global. Una guerra integral cuyo objetivo es un giro completo en el orden económico global.

Además de mucho dinero (y una economía sólida, según empiezan a descubrir los rusos) hay dos cosas que debes llevar al frente de batalla si es que has decidido ir a la guerra. Una es una muy buena estrategia, una que tome en cuenta todas las aristas posibles, y en la que los resultados más importantes y determinantes dependen única y exclusivamente de ti, no de lo que hagan o dejen de hacer los demás (especialmente tus enemigos). La otra es una gran capacidad para adaptarte a lo que venga de tal modo que puedas rediseñar o corregir tu estrategia todas las veces que sea necesario.

Es muy difícil encontrar el equilibrio entre ambos puntos, pero si vas a la guerra, más vale que lo sepas hacer.

No cabe duda de que Estados Unidos e Israel llegaron al actual conflicto con Irán (iniciado el 28 de febrero de este año) con una estrategia muy bien diseñada. Funcionó. Las capacidades militares iraníes fueron brutalmente diezmadas, y por mucho que las Guardias Revolucionarias hoy nos quieran impresionar con el alarde de que se han restaurado, la realidad sobre el terreno es muy distinta. Si los combates se reiniciaran en este momento, Irán llegaría con una desventaja notoriamente mayor que la que evidenció durante el casi mes y medio que duraron los combates.

El éxito fue arrollador, y aquí es donde viene lo complicado, lo que obliga a Estados Unidos e Israel a reconsiderar sus estrategias: el vacío de poder provocado por la debacle iraní ha provocado una crisis en los países árabes, especialmente en Arabia Saudita.

Con esto, un factor nuevo se agrega a la ecuación, algo que no habíamos tomado en cuenta hasta el momento.

Lo que empieza a percibirse fue que, en resumidas cuentas, Arabia Saudita quiso pasarse de lista. Disfrutar de todos los beneficios obtenidos por esta guerra, pero sin cargar los costos y sin arriesgar su condición como líder del mundo árabe sunita y de las naciones del Golfo Pérsico.

A los políticos de Ryad les habría encantado que las cosas se quedaran congeladas a partir de hoy mismo, porque eso dejaría a Irán totalmente degradado.

¿Cuál sería la otra opción? Que los planes estadounidenses sigan adelante, el régimen iraní caiga, venga un nuevo gobierno aliado de occidente, venga una mega inversión para restablecer la economía iraní, y este país pase a convertirse en una potencia regional que con relativa facilidad podría superar a Arabia Saudita. A fin de cuentas, Irán puede volver a ser una potencia petrolera, tiene muchos más recursos naturales que la Península Arábiga completa, y tiene el triple de población —capital humano— que Arabia Saudita.

Eso es lo que no quiere la corona saudí. Quiere ganar, pero sin que eso se convierta en la posibilidad de que Irán se vuelva un rival económico.

A partir de ese posicionamiento, las relaciones entre Arabia Saudita y los Estados Unidos han comenzado a complicarse, y cada uno empieza a jugar sus cartas. Los saudíes, en conjunto con Qatar, han intensificado su coqueteo con Turquía, en una clara provocación que sugiere que podrían intentar formar un bloque aliado como contrapeso al de Estados Unidos, Israel y los Emiratos Árabes Unidos.

Es una pésima idea, porque Turquía no puede ofrecerles nada comparable con lo que se ofrece desde Washington. Además, el bloque de aliados de Israel incluye a Grecia, Chipre y la India, y todo ello supera en conjunto, y por mucho, lo que pueda organizarse desde Ryad, Doha y Estambul.

Tal vez si Arabia Saudita y Qatar tuvieran intacta su producción y exportación de petróleo y gas, las cosas serían distintas. El detalle es que sus infraestructuras estratégicas fueron dañadas por los ataques iraníes, y eso lo cambia todo. En este momento, la máxima potencia petrolera es Estados Unidos, no el mundo árabe.

Peor aún: en caso de una nueva guerra con Irán, es un hecho que las instalaciones energéticas de los países del Golfo volverán a ser atacadas. Incluso, lo más probable es que el ataque sobre estas sea más violento que un eventual ataque contra Israel, dado que todas las monarquías sunitas se encuentran al alcance de los miles de misiles pequeños y medianos de Irán.

Los Emiratos Árabes Unidos no perdieron el tiempo ante esta situación. Al contrario que sus vecinos saudíes, reforzaron su relación con Estados Unidos e Israel. ¿Resultado? Israel colocó en ese país varias baterías de defensa anti-aérea, convirtiendo a los Emiratos en el país árabe mejor defendido. Cuando llegue el ataque iraní, serán los que menos daños sufran.

Todo esto en conjunto es otra de las herramientas con las que Donald Trump combate no sólo a Irán, sino también a la decidia saudí. Prolongando la supuesta negociación con el régimen de Teherán le da tiempo al príncipe Bin Salman de reconsiderar su postura, y aceptar el ultimatum de unirse a los Acuerdos de Abraham tan pronto termine la guerra.

Bin Salman no quiere, y usará el pretexto de la necesidad de crear un estado palestino —algo que realmente no le interesa— para posponer la firma de un tratado de paz con Israel.

Mala jugada. La guerra puede empezar en cualquier momento y Estados Unidos puede comportarse muy laxo con la protección de Arabia Saudita. Bastan unos pocos “ups… ese misil no lo pude detener…” para que la capacidad productora y exportadora saudí se vea seriamente dañada.

El resultado inevitable sería la hegemonía total estadounidense en la zona, con Arabia Saudita relegada de los grandes contratos exactamente por la misma razón que Europa: por no querer colaborar.

Desde nuestra trinchera como sionistas a veces nos cuesta trabajo entender por qué Trump no acelera la debacle iraní.

Es chocante, pero hay que admitir la realidad de que una vez que Estados Unidos se involucró en esta guerra, las cosas se hacen al ritmo y gusto de ese país. Son los jefes. Son la mayor potencia militar y económica del mundo. Ellos mandan y no hay más que hacer.

Es evidente que su estrategia es muy distinta a la que habría desplegado Israel, porque sus objetivos también son diferentes.

Pero no son objetivos que no le resulten benéficos a Israel a la larga. Es cierto que la lentitud del proceso parece darle un respiro a Irán, pero eso es justo lo que Trump está aprovechando para meter en cintura a Arabia Saudita antes de que esta realmente pueda convertirse en un problema.

Algo que a casi nadie se le había ocurrido.

Ahí está la lección: tenemos que aprender a fijarnos en todo.

En Washington lo saben; en Jerusalén también; y acaso lo más interesante es que en Abu Dabi ya tomaron nota de eso, y con ellos los Emiratos Árabes Unidos han comenzado a dar los pasos para convertirse en el futuro líder económico de las monarquías sunitas.

Los saudíes van a ser rebasados por la izquierda y por la derecha, y no van a entender qué fue lo que sucedió.


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