Estaba en lo profundo de la selva amazónica colombiana, conviviendo durante tres meses con el pueblo Desana sin teléfono ni internet, cuando el mundo cambió para siempre.
Adam Louis-Klein regresó a la civilización el 9 de octubre de 2023, abrió su computadora y encontró dos cosas a la vez: las imágenes del ataque más mortífero contra judíos desde el Holocausto, y a sus propios colegas académicos justificando la masacre en nombre de la resistencia.
Esa doble conmoción —el horror del 7 de octubre y la reacción de la izquierda intelectual ante él— transformó a este filósofo y antropólogo, doctorando en McGill con maestrías de la New School y Chicago y licenciatura de Yale, en una de las voces más incisivas y originales del debate contemporáneo sobre el odio antijudío.
Una nueva categoría para un odio renovado
La tesis central de Louis-Klein es radical en sus implicaciones al afirmar que el antisionismo no es el antisemitismo clásico disfrazado. Es algo diferente, es una ideología nueva, con sus propios tropos, sus propias calumnias y su propia lógica interna, y combatirla con las herramientas conceptuales del pasado es una estrategia condenada al fracaso.
“El antisemitismo clásico imaginaba al judío como el infiltrador no blanco en las sociedades europeas, el banquero de nariz ganchuda”, explica. “Hoy el arquetipo es otro: el colonizador blanco, el israelí genocida, el colono fundamentalista mesiánico.”
Estos tropos no son críticas políticas contingentes que Israel podría responder mejorando su conducta. Son imágenes que construyen al israelí como inherentemente malvado, proyectando sobre él los grandes pecados morales que la conciencia progresista contemporánea considera imperdonables: el colonialismo, el apartheid, el genocidio. El mecanismo es el mismo de siempre, pero con ropaje nuevo.
El chivo expiatorio de turno carga con los crímenes que más le duelen a la época, dice Louis-Klein.
La trampa del debate factual
Una de las ideas más provocadoras de Louis-Klein es su crítica al enfoque tradicional de la comunidad judía frente a estas acusaciones; el intento de refutarlas con datos y hechos.
“Es un gran error”, sostiene, “porque asume que estas afirmaciones están diseñadas para ser refutadas, que son críticas de buena fe. No lo son.”
La calumnia del colonizador, por ejemplo, no tiene respuesta factual que valga, porque no es un argumento, es una etiqueta moral que pone a quien la recibe en posición de tener que justificar su propia existencia.
Entrar en ese debate es ya concederle legitimidad, argumenta.
Su propuesta alternativa es lo que llama “voltear la mirada“, dejar de hablar de sionismo para hablar de antisionismo. No defender a Israel, sino describir y nombrar al antisionismo como lo que es, un movimiento de odio con historia, con víctimas, con una trayectoria de daño documentable. “El antisionismo no es una reacción espontánea a Israel. Tiene su propia historia, y esa historia es fea“, afirma.
Y esa proyección tiene una resonancia particular en México y América Latina; el colonizador blanco que invadió, robó tierras y esclavizó pueblos es una figura que aquí se conoce de cerca. Los anti-sionistas explotan deliberadamente esa memoria histórica para cargar a Israel con esos mismos crímenes.
De Lenin al Muftí: las raíces del anti-sionismo
En esa historia, Louis-Klein identifica dos linajes fundacionales que preceden incluso a la creación del Estado de Israel.
El primero viene de Lenin, quien acusó al Bund judío —que ni siquiera era sionista— de ser como los sionistas, es decir, de ser “nacionalistas burgueses” que dividían a la clase trabajadora al negarse a disolverse en la revolución universal. Esa lógica sentó las bases para la Yevsektsiya, la sección judía del Partido Comunista soviético, que desmanteló sistemáticamente la vida judía bajo la bandera del antisionismo.
El segundo linaje viene del eje nazi-islamista: Hajj Amin al-Husayni, el Muftí de Jerusalén, que vivió en Berlín durante la Segunda Guerra Mundial, colaboró con los nazis y difundió propaganda antisemita en árabe por todo el Medio Oriente. De ese tronco brotan todos los grandes movimientos yihadistas: la Hermandad Musulmana, Al-Qaeda, Hezbolá, ISIS, afirma Louis-Klein.
La forma contemporánea y “depurada” del antisionismo, sin embargo, nació de la alianza entre la Unión Soviética y los nacionalistas árabes después de 1948, cuando la guerra fría convirtió a Israel en símbolo del imperialismo occidental.
MAAZ: el movimiento que nombra lo que nadie nombraba
Fundado apenas hace poco tiempo, el Movimiento contra el AntiSionismo (MAAZ, por sus siglas en inglés) tiene una apuesta conceptual que lo diferencia de organizaciones como la ADL, no combate el antisemitismo, combate el anti-sionismo. Y la diferencia no es semántica.
“Cuando alguien dice ‘no soy antisemita, solo soy antisionista’, los marcos del antisemitismo clásico se quedan sin respuesta. Nosotros tenemos una: el anti-sionismo mismo es una intolerancia, un movimiento de odio, y lo nombramos así”, explica Louis-Klein.
La estrategia es deliberadamente de confrontación. MAAZ rechaza el modelo reactivo —esperar la acusación y responder con datos— y apuesta por establecer límites: no acepto el antisionismo, no voy a debatir si el Estado de Israel tiene derecho a existir, porque no debato la realidad.
Lo que hago es describir el anti-sionismo y sus crímenes
El movimiento también apunta a reconstruir una memoria cultural del anti-sionismo que hoy no existe; la historia de Shafiq Ades, ahorcado en Basra en 1948 como “traidor sionista”; el éxodo de 850,000 judíos mizrajíes de los países árabes; el genocidio cultural de la Yevsektsiya soviética.
“La gente aprendió sobre el Holocausto. Nadie aprendió sobre el antisionismo. Por eso cuando un antisionista dice que no es como un nazi, suena creíble. Necesitamos que el anti-sionismo tenga su propio lugar en la memoria colectiva.”
El precio académico de decir la verdad
La trayectoria personal de Louis-Klein ilustra mejor que cualquier argumento teórico el estado de la academia occidental. Cuando expresó solidaridad básica con las víctimas del 7 de octubre, sus colegas vinieron a su muro a publicar fotos de banderas israelíes en llamas. Cuando siguió hablando, le dijeron que no podría tener una carrera en antropología si era pro-Israel.
“La academia está purgando a los sionistas de las humanidades”, dice sin rodeos. “Los que aún están han sido forzados al silencio.”
Lo paradójico es que esa misma academia que lo expulsó presumía de marcos éticos que exigen escuchar las voces de las minorías perseguidas, no ser cómplices de borrar identidades vulnerables, no imponer definiciones desde afuera a grupos minoritarios: “Todo eso es exactamente lo que les hacían a los judíos. Todo está patas arriba”, señala.
Su expulsión se convirtió, a la postre, en su credencial más poderosa. Alguien que habla desde dentro del lenguaje crítico progresista, que conoce sus propias contradicciones y las expone.
El pueblo indígena que el mundo no reconoce
Su experiencia en el Amazonas, sin embargo, le dejó un argumento que va más allá de la academia. Louis-Klein afirma que los judíos son un pueblo indígena, no porque siempre hayan permanecido en el mismo lugar, sino porque tienen un sitio de origen sagrado —la tierra de Israel— desde el que se dispersaron y al que siempre entendieron que estaban destinados a regresar.
Un ejemplo inesperado lo confirma. En Papúa Nueva Guinea, pueblos indígenas remotos organizan masivos desfiles ondeando banderas israelíes. Algunas comunidades se reivindican como “tribus perdidas” de Israel e incluso hacen aliyá.
Para Louis-Klein, ese fenómeno espontáneo, surgido al margen de cualquier red de solidaridad política, confirma que la conexión entre indigenidad y pueblo judío no es una construcción ideológica sino algo que otras culturas reconocen de manera natural.
Una guerra que no terminará con la guerra
A quienes esperan que el fin del conflicto en Gaza traiga consigo el fin del anti-sionismo, Louis-Klein les ofrece una advertencia: están invirtiendo la causalidad.
“El antisionismo no terminará cuando termine la guerra. Al contrario, la guerra tiene que terminar derrotando al antisionismo, no al revés. Cualquier evento en Israel, por menor que sea, será una nueva ocasión para circular calumnias. Ya está completamente saturado en la cultura popular.”
Y la solución al conflicto palestino-israelí, en su visión, tampoco vendrá por la vía del activismo anti-sionista sino exactamente por la contraria: “Para que los palestinos puedan tener algún arreglo político viable, las guerras antisionistas perpetuas tienen que terminar. Y para eso hay que responsabilizar a los regímenes y milicias que las sostienen.”
Trump: apoyo útil pero con costos
Louis-Klein también analiza el papel de Donald Trump en este debate con una mirada más matizada de lo que podría esperarse. Reconoce que Trump vio rápidamente lo que ocurría en los campus universitarios estadounidenses tras el 7 de octubre e intentó frenarlo, y que su apoyo a Israel ha sido claro. Pero señala un costo conceptual importante; al usar exclusivamente el lenguaje del antisemitismo, la administración Trump reprodujo sin querer la narrativa que más conviene a los antisionistas, aquella que les permite presentarse como víctimas de una conspiración de derecha que intenta silenciar su “discurso legítimo”.
“Mientras la única oposición al antisionismo venga de la derecha y use el lenguaje del antisemitismo, los antisionistas podrán descartarla fácilmente”, advierte.
Lo que realmente los desactivaría es demostrar que oponerse al antisionismo es también un valor progresista, que hay voces de izquierda que lo rechazan con los mismos argumentos éticos que ellos dicen defender. Ese frente aún está por construirse, sostiene.
La manzana y el espejo
Hay una imagen que Louis-Klein usa con frecuencia y que captura bien su método intelectual, la del antisionismo como una manzana. Cuando ves la manzana —cuando describes el fenómeno en sus propios términos, con sus bordes precisos, con sus rasgos identificables— ya no necesitas definir lo que no es. Los límites aparecen solos.
No se trata de decir dónde termina la crítica legítima y empieza el odio. Se trata de describir el odio hasta que sea visible por sí mismo. Es, en el fondo, la propuesta de un antropólogo: en lugar de argumentar, observar; en lugar de defender, nombrar; en lugar de reaccionar, mirar.
Y mirar, en este caso, es ya un acto de resistencia.
Para seguir el trabajo de Adam Louis-Klein y el Movimiento contra el AntiSionismo: adamlouisklein.com y maazaction.org.
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