Nos dicen que financiando a las Fuerzas Armadas Libanesas vamos a consolidar el alto el fuego, asegurar las fronteras y, mágicamente, neutralizar a Hezbolá.
Cien millones de euros. Esa es la última cifra que la Unión Europea ha puesto sobre la mesa para, supuestamente, “comprar la paz” en el sur del Líbano.
¿El problema? Que en el mundo real del análisis de seguridad, los cuentos de hadas no detienen los misiles.
Mientras Bruselas firma cheques, sobre el terreno la realidad les da un bofetón: la tregua pende de un hilo y las bajas de cascos azules de la ONU demuestran que allí nadie respeta las reglas de juego. Hoy, vamos a desmontar la fantasía occidental en el Líbano y a ver por qué este dinero es, en realidad, un placebo geopolítico.
Empecemos por la premisa oficial. La estrategia de Occidente se resume en una frase: “Si fortalecemos al Estado libanés, debilitamos a Hezbolá”. Suena impecable en un despacho de Bruselas, pero es un insulto a la inteligencia militar.
Las Fuerzas Armadas Libanesas no sufren un problema que se solucione solo con transferencias bancarias. Sufren una crisis de identidad y de poder.
Este nuevo paquete de la UE no va destinado a comprar cazas de combate de quinta generación ni sistemas de defensa aérea para sellar la frontera. Va destinado a pagar salarios de subsistencia, combustible y raciones de comida para evitar que los soldados deserten debido al colapso económico del país.
Europa no está creando un ejército capaz de desafiar a una de las milicias hiper-armadas más veteranas del planeta; está financiando una fuerza de mantenimiento logístico.
Pero supongamos que el dinero obra un milagro y el ejército libanés se despliega con éxito en el sur. Aquí viene la pregunta que los diplomáticos evitan responder: ¿Quién le va a dar la orden al ejército de desarmar a Hezbolá.?
Para que un ejército actúe contra una milicia nacional, se necesita una orden política directa del gobierno de Beirut. Y el Líbano no es un Estado moderno funcional; es un sistema de reparto sectario donde el brazo político de Hezbolá tiene derecho de veto.
Ningún gobierno libanés va a firmar una orden que desencadene una guerra civil interna.
Por lo tanto, el ejército desplegado en el sur no será un factor de contención; será, en el mejor de los casos, un espectador VIP en primera fila de la próxima escalada.
Y todo esto ocurre mientras el tiempo corre hacia un abismo institucional. La misión de la ONU en la región, la UNIFIL, tiene los días contados. Tras años de ineficacia flagrante para evitar el rearme al sur del río Litani, su mandato expira definitivamente este 31 de diciembre.
La ONU se va porque ya no puede justificar su presencia como escudo humano. Y este apuro de la Unión Europea por financiar al ejército libanés no es una estrategia de victoria; es una maniobra de pánico de última hora para intentar llenar el vacío que la ONU dejará en la frontera antes de que termine el año.
Inyectar millones en un ejército atado de manos por su propio gobierno no es una estrategia de seguridad; es una póliza de seguro para que la diplomacia occidental pueda decir que “hizo algo” cuando el alto el fuego salte por los aires. La paz en Oriente Medio no se compra con partidas presupuestarias de asistencia humanitaria militarizada.
Por lo tanto, la “contención” de Hezbolá no es un proceso diplomático ni una operación policial interna libanesa; es un equilibrio de poder estrictamente militar. La única fuerza real en la región con la capacidad operativa, la tecnología y, sobre todo, el incentivo de supervivencia para degradar el arsenal de Hezbollah y frenar sus avances es el estamento de defensa de Israel.
Al final del día, la seguridad de la frontera no dependerá de los cheques de Bruselas, sino de la capacidad de disuasión y de la fuerza que Israel esté dispuesto a aplicar sobre el terreno.
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