LANGOSTAS Y OTROS INSECTOS
Cuando los diez espías regresaron de explorar la tierra de Canaán y describieron su experiencia, utilizaron una frase muy extraña, pero que posee una enorme profundidad psicológica. Y explica por qué esa generación no pudo entrar a la tierra de Israel:
“Allí vimos a los gigantes… y nos veíamos a nuestros propios ojos como langostas, y así nos veían (los habitantes de Canaán) con sus ojos” (Bamidbar 13:33).
Lo primero que hay que analizar es por qué los espías eligieron esta metáfora específica: las langostas.
En el Tanaj se mencionan muchos insectos. Las hormigas, descriptas como trabajadoras y organizadas (Mishlé 6:6), y que defienden su colonia con su vida. Las abejas y las avispas, pequeñas pero armadas con aguijón y veneno. La misma Torá dice que Dios enviará la tzir’á, -una especie de avispa capaz de atacar y poner en fuga a ejércitos enteros-, para expulsar a los enemigos de la tierra de Israel (Shemot 23:28). Los espías podrían haber dicho: “Nos vieron como hormigas”, y habrían transmitido pequeñez, pero también capacidad —o voluntad— de autodefensa. Podrían haber dicho: “Nos vieron como avispas”, y habrían transmitido pequeñez, pero con capacidad de hacer daño, atacar y vencer al enemigo. Tenían todo un repertorio de insectos para elegir.
Sin embargo, prefirieron compararse con el único insecto que no ataca ni tiene con qué defenderse: la langosta, que no pica como la abeja, no muerde como la hormiga, ni tiene veneno o aguijón como la avispa. La langosta es completamente indefensa y pasiva: su única estrategia de supervivencia es dejarse arrastrar por el viento de un destino a otro.
Al elegir este insecto, los espías estaban diciendo, en un profundo lapsus freudiano, algo mucho más que “somos chicos”. Estaban expresando su falta de autoestima y su pasividad: no podemos pelear, no podemos resistir, no podemos ganar una guerra y ni siquiera defendernos. La metáfora de la langosta no describe tamaño; describe derrotismo.
Hay un segundo lapsus, un poco más sutil. En aquellos tiempos —y todavía hoy en muchos lugares— las langostas eran comida (de hecho, ¡cuatro especies son kosher!). Sin darse cuenta, los espías se estaban describiendo a sí mismos también como potencial alimento del enemigo: estaban diciendo “somos ‘pan comido’ para el enemigo”.
LA CICATRIZ INVISIBLE
Ahora prestemos atención al orden de las palabras del pasuq:
Primero dicen “nos veíamos a nuestros propios ojos como langostas”, y recién después dicen “así nos veían con sus ojos”.
En realidad, no hubo ningún informe de inteligencia enemiga que reportara ese lenguaje o esa percepción de parte de los habitantes de Canaán. No hubo ninguna conversación en la cual se expresaron esas palabras. Lo de verse como langostas, ¡lo inventaron los espías! Se sintieron langostas, y a partir de esa autopercepción imaginaron que los demás los veían así: débiles y vulnerables.
Un experimento clásico de psicología social ilustra exactamente este mecanismo. A un grupo de mujeres se les aplicó, con maquillaje profesional, una cicatriz muy visible en la cara, y se les explicó que el objetivo era estudiar cómo reaccionaban los empleadores cuando entrevistaban a una persona con una marca facial. Les mostraron la cicatriz en el espejo. Pero antes de la entrevista, con la excusa de un retoque final, el maquillador borraba la cicatriz por completo — sin decírselo a las entrevistadas. Las mujeres conversaban con el entrevistador con la cara perfectamente normal, pero convencidas de que llevaban una visible cicatriz en sus rostros. Al terminar la entrevista, casi todas reportaban lo mismo: que el empleador les miraba fijamente la cicatriz, que estaba incómodo, que las trataba con condescendencia, sospecha o desprecio. Vieron en los ojos del otro algo que solo existía en los suyos.
Es lo que ocurre también con el que entra a una entrevista de trabajo con baja autoestima, convencido de que no lo van a tomar. O a una cita de shidduj convencido o convencida de que no tiene chance: interpreta cada gesto del otro de manera negativa, como una confirmación de su propio veredicto. Y eso fue exactamente lo que hicieron los diez espías: se miraron a sí mismos en el espejo de su baja autoestima y se vieron como langostas.
CUARENTA AÑOS
Esto explica por qué esa generación tuvo que quedarse en el desierto. No fue por debilidad militar: Dios los iba a ayudar. Habían visto el poder Divino que hizo colapsar a Egipto, la potencia más grande del mundo. El problema era otro. Una generación que se ve a sí misma como una plaga de langostas no puede conquistar una tierra, y tampoco puede defenderla de los futuros enemigos.
La tierra prometida estaba a solo once días de camino. Pero lo que la volvió inalcanzable fue la imagen que esa generación tenía de sí misma. Los cuarenta años en el desierto fueron el tiempo necesario para que creciera una generación nueva: una que no viera a Am Israel como una nube de langosta, sino como un pueblo de gigantes.
SHABBAT SHALOM
________________________________________________________________________________
Las opiniones, creencias y puntos de vista expresados por el autor o la autora en los artículos de opinión, y los comentarios en los mismos, no reflejan necesariamente la postura o línea editorial de Enlace Judío. Reproducción autorizada con la mención siguiente: © EnlaceJudío






