En los videos se ve cómo arrebatan la lona de una madre buscadora para protegerse de la lluvia. No era una lona cualquiera; contenía los rostros de sus hijos desaparecidos.
En las últimas horas he recibido un sinfín de mensajes de amigos y conocidos pidiéndome algún comentario sobre las indignantes imágenes que circulan en redes y que han despertado una ola de repudio generalizado. Hechos que también han dado pie, tristemente, a expresiones de odio y antisemitismo.
Me refiero a las escenas en las que aparecen tres jóvenes, identificados como miembros de la comunidad judía que, durante los festejos por el triunfo de México, el mismo día de la inauguración del Mundial, protagonizaron en el Ángel de la Independencia una escena lamentable.
En los videos se ve cómo arrebatan la lona de una madre buscadora para protegerse de la lluvia. No era una lona cualquiera; contenía los rostros de sus hijos desaparecidos. Arrancarla para usarla como paraguas implicó una dolorosa incapacidad para comprender lo que representaba. Peor aún, cuando fueron confrontados por la madre misma y por un reportero, respondieron con altanería, burlas, prepotencia y expresiones ofensivas.
Lo que sucedió es reprobable en todos los sentidos. No porque sean judíos, como algunos desean señalarlos, sino porque su conducta contradice los valores más elementales de humanidad, respeto, empatía y sensibilidad al dolor ajeno.
Las madres buscadoras representan una de las heridas más profundas de México. En los últimos veinte años, México acumula cerca de 135 mil personas desaparecidas, una cifra equivalente a llenar dos veces el Estadio Azteca. Las madres buscadoras han dedicado años de su vida a buscar a sus hijos desaparecidos escarbando la tierra con sus propias manos. Hemos visto a esposas, madres, hermanas e hijas salir con una pala, una varilla y un dolor imposible de nombrar para remover la tierra en busca de restos humanos. Han cargado sobre sus hombros una responsabilidad que no les correspondía: hacer el trabajo que las instituciones del Estado no han sabido, no han podido o no han querido realizar.
Con enorme tesón y valentía, con el corazón roto, estas mujeres se han convertido en la conciencia de un país que aún les debe la verdad, la justicia y las respuestas que llevan años buscando. Por ello, en vísperas del Mundial, cuando tantos reflectores estarían puestos sobre México, ellas aprovecharon la atención internacional para visibilizar una tragedia que lleva años clamando por justicia.
Cuando desde el poder se intentó politizar su presencia en la Ciudad de México, Virginia Ponce Rodríguez respondió con contundencia:
“Yo le digo cómo llegamos, presidenta. De la misma forma que llegamos a cada búsqueda: con los pesos contados, cansadas, con hambre, rezando y sin saber si comeremos. Pídale a la Fiscalía que en lugar de perder tiempo para saber cómo llegamos, se pongan a investigar cómo se fueron nuestros hijos”.
Por eso mismo, duele profundamente la insensibilidad de esos jóvenes que, en medio de la euforia por el Mundial y el triunfo de México, reaccionaron como si nada pudiera ser más importante que su celebración. Se atrevieron a burlarse del dolor de una madre buscadora. Con ello transgredieron una frontera moral que nunca debió cruzarse y evidenciaron una absoluta incapacidad para comprender que detrás de cada cartel hay una familia desesperada. Una ausencia. Una espera interminable.
Arrancar esos rostros, o burlarse de quienes los sostienen, es una forma de negar su dolor y de invisibilizar una tragedia que sigue clamando por atención y justicia. Cuando se pierde la capacidad de reconocer el sufrimiento del otro, algo esencial se rompe. Cuando se humilla a quien vive una tragedia, se vulnera la empatía y la capacidad de relacionarnos como humanos.
Dicho esto, tan grave como la conducta de estos tres individuos es la tentación de convertir su falta en un juicio colectivo. En tiempos de indignación, la simplificación resulta seductora, pero ningún pueblo, religión o grupo social debe ser juzgado por las acciones de sus peores exponentes.
La condena frente a lo ocurrido es plenamente justificada. Lo que no resulta aceptable es utilizar este episodio para alimentar estereotipos, abrir la puerta al prejuicio y, en última instancia, al odio.
Rara vez sabemos y casi nunca preguntamos a qué religión, origen o ideología pertenecían quienes desaparecieron a los hijos de quienes hoy los buscan. El dolor de esas familias trasciende cualquier identidad.
Por eso resulta tan equivocado convertir la conducta de tres individuos en un juicio contra una comunidad entera. La misma sensibilidad que nos exige reconocer el sufrimiento de las víctimas, nos obliga a resistir la tentación del prejuicio, la estigmatización y la generalización.
La responsabilidad moral siempre es individual. Ahora que ha pasado la borrachera, bien harían estos jóvenes en ofrecer una disculpa pública y en acercarse a escuchar las historias de esas madres a las que humillaron. Tal vez entonces comprenderían que detrás de cada lona, de cada fotografía y de cada nombre hay una vida suspendida y una familia rota por la incertidumbre.
Porque el festejo, el alcohol y la soberbia pueden explicar una conducta —deplorable, por cierto—, pero jamás justificarla.
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