Juntos Venceremos
sábado 20 de junio de 2026

Rabino Yosef Bitton / Koraj: ¿Cómo se pierde una guerra en Medio Oriente?

Ganar a medias

En la parashá de esta semana, la Torá nos muestra que hay conflictos que solo se resuelven arrancándolos de raíz. Cuando Koraj desafió el liderazgo de Moshé, Moshé no se conformó con un resultado ambiguo ni a medias. No pidió una señal en el cielo para demostrar que él tenía razón: pidió algo mucho más extremo. “Si estos hombres mueren como muere cualquiera —dijo—, no fue Dios quien me envió. Pero si Dios hace algo nunca visto, y la tierra abre su boca y se los traga vivos…”. Y así fue: la tierra se abrió y desaparecieron de este mundo, sin dejar rastro ni duda. Hay conflictos que no pueden resolverse con resultados parciales.

Tras largos meses de combate y sucesivos altos al fuego, Estados Unidos e Irán firmaron esta semana un memorándum de entendimiento —expresión que a cualquier judío argentino le trae nefastas memorias de un pasado no tan lejano—. Algunos salieron a celebrar; otros lo tomaron con más cautela, o con franco pesimismo, porque la derrota de Irán fue parcial, ambigua, a medias.

La celebración de Irán

La mayor celebración, sin duda, es la de Irán. Imaginémoslo como un combate de box. Irán es el boxeador que está en la lona, derribado, casi noqueado. El árbitro se inclina sobre él y empieza la cuenta: uno… dos… tres… El público ya da por terminada la pelea. La cuenta sigue: siete… ocho… nueve… Un segundo más y todo habrá acabado.

Y entonces ocurre lo insólito. No es Irán quien se levanta, ni su propia esquina la que pide que se termine la pelea: es la esquina del rival —Estados Unidos, que tenía el triunfo asegurado— la que de pronto ¡arroja la toalla! El árbitro detiene la cuenta. El combate se suspende. A Irán, que estaba por perder por nocaut, le regalan una victoria o, en el mejor de los casos, un empate técnico. Por eso los líderes del régimen de los ayatolás festejan más que nadie: saben, mejor que cualquiera, lo cerca que estuvieron del final. No ganaron la pelea en el ring. Se la regalaron.

La victoria del presidente Trump

Para el presidente Trump, este acuerdo con Irán —llámese entendimiento, paz o alto al fuego— es también positivo: no hay enfrentamientos militares activos, no caen soldados norteamericanos, y la reapertura del estrecho de Ormuz hizo que el petróleo bajara, que los precios se contuvieran y que los mercados treparan cada vez más alto. Y eso, para Washington, es motivo de fiesta. Porque en Estados Unidos —y para el presidente Trump— el triunfo y la derrota se miden con un termómetro muy específico: la economía. Si los precios bajan y la bolsa sube, se celebra. Y la bolsa subió.

Y hay, también, un cálculo político. Aunque buena parte de su propia administración está muy incómoda con este acuerdo, para el presidente sigue siendo un triunfo: es un problema menos en una agenda que, dentro de pocos meses, estará dominada por las elecciones al Congreso de noviembre. La confrontación con Irán, que podía perjudicar a sus candidatos republicanos en esa contienda, acaba de quedar desactivada. Y no es un detalle menor: si el Partido Republicano pierde la Cámara de Representantes o el Senado, Trump quedaría prácticamente paralizado para cualquier decisión que quisiera tomar en los dos últimos años de su gestión. En esas urnas, lo que define el voto no es Irán ni Israel: es, otra vez, la economía.

Los desafíos para Israel

La sensación en Israel es bastante más dura.

Por un lado, nadie puede negar lo que el presidente Trump ha hecho por Israel. Jamás un presidente norteamericano —ni, me atrevo a decir, ningún líder de ningún país— ha hecho tanto por el Estado judío. Pase lo que pase de aquí en adelante, ese legado no se puede olvidar. Israel se ha beneficiado enormemente de ese apoyo en varios frentes: en Siria, donde ha conquistado y conserva la parte norte del Hermón; en el sur del Líbano, donde el ejército judío ha avanzado hasta el río Litani y controla todo ese enorme sector, esencial para la paz en el norte de Israel; y en Gaza, donde hoy controla más del 60 % del territorio. En Medio Oriente, la victoria se mide por el territorio conquistado. Y hay que celebrar que Israel haya ganado todo ese terreno, que EEUU haya cooperado directa o indirectamente, y que el presidente norteamericano, por ahora, no lo haya presionado para que Israel se repliegue de esas tres zonas. Eso, para Israel, es un triunfo increíble, extraordinario e indiscutible.

Por el otro lado, el acuerdo con Irán —un cese al fuego de sesenta días— es un grave problema. No elimina la amenaza concreta de Irán, que para Israel no es económica sino existencial. La eliminación del material nuclear queda “sujeta a negociaciones futuras”: nadie sabe cuándo se revisará ese uranio, cuándo se destruirá, ni bajo qué supervisión. Tampoco se dice nada de los misiles de largo alcance de Irán, ni de su apoyo a organizaciones terroristas como Hezbolá y los hutíes. Mientras tanto, Irán hará lo que mejor sabe hacer: jugar con el tiempo y diplomacia. Ganará meses, ganará años. Y cuando esté listo, enriquecerá su uranio y volverá a amenazar a Israel con toda su fuerza.

Shaul y el presidente Trump

Desde el punto de vista de Israel, el desenlace de esta guerra se parece mucho al que vivió el pueblo judío hace tres mil años, cuando el primer rey de Israel, Shaul, tuvo la oportunidad de erradicar a Amalek: el enemigo arquetípico de Israel, el primer antisemita de la historia, aquel que una y otra vez, buscó obsesivamente nuestra destrucción. La instrucción Divina era clara: eliminar a Amalek por completo, y borrar esa amenaza existencial al cien por ciento.

Shaul tenía un ejército poderoso. Salió a la guerra ¡y ganó! Pero no terminó su misión. Se dejó llevar por las opiniones de sus consejeros y dejó con vida al rey Agag —el liderazgo político de Amalek—, de pie, junto con buena parte de sus riquezas y recursos. El triunfo de Shaul fue quizás del 90 por ciento. Pero en este tipo de batallas, cuando no se elimina la amenaza hasta el final, ganar el 90 % ¡equivale a una derrota!

Y los hechos lo confirmaron. Unos quinientos años más tarde, un descendiente de aquel linaje amalekita al que Shaul le perdonó la vida —Hamán— se levantó contra el pueblo judío e intentó aniquilarlo, y solo un milagro nos salvó del exterminio. La terrible decisión de dejar la misión incompleta nos arrastró hasta ese conflicto: la “semilla” de Amalek sobrevivió, y volvió a amenazar a los judíos una vez más.

Netanyahu y el rey Shaul

El primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, sabe muy bien que en Medio Oriente no se puede cantar victoria mientras el enemigo sigue de pie. Las consecuencias de no erradicar hoy ese liderazgo político iraní —de dejarlo de pie, sobreviviente— son una carga terrible que Israel, y quizás en un plazo mayor también Estados Unidos y el mundo entero, sufrirán en el futuro, cuando Irán se haya rearmado.

Confío en que, con la ayuda y la inspiración de Dios, Netanyahu sabrá navegar este océano tormentoso, en el que no puede quedar mal con Trump ni puede repetir el error que cometió el rey Shaul: dejar sin terminar la tarea de eliminar a Amalek.

Creo que el primer ministro sabe muy bien el papel histórico que le toca jugar. Y debe estar evaluando la posibilidad de que ahora, o en un corto plazo, Israel deba enfrentarse “sola” a Irán —sin la ayuda de Estados Unidos—. El mayor logro de Netanyahu sería, y esto es lo más delicado, que el presidente Trump no se oponga a que Israel termine lo que comenzó hace exactamente un año, en la Guerra de los Doce Días, para eliminar el peligro de Irán. Para eso, vamos a necesitar mucha ayuda de “las fuerzas del cielo”.

Que HaShem ilumine a nuestros líderes y los inspire para alcanzar la victoria que, en Medio Oriente, es la única fórmula para obtener la paz.
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