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miércoles 24 de junio de 2026

Rubén Kaplan / Mamdani, AIPAC y otra embestida antisemita

Las recientes declaraciones del alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, contra AIPAC, principal organización de lobby estadounidense a favor de Israel, formuladas durante un acto proselitista junto al senador demócrata y judío Bernie Sanders, constituyen un nuevo episodio de una tendencia cada vez más visible dentro de ciertos sectores de la izquierda radical occidental: la demonización sistemática de instituciones vinculadas a Israel y a la comunidad judía, acompañada por un llamativo silencio respecto de otras organizaciones e intereses que operan activamente en el mismo escenario político.

Durante el acto de campaña, Mamdani no se limitó a cuestionar las posiciones políticas de AIPAC. También denunció que la organización se financia mediante lo que calificó como “fondos oscuros” destinados a influir en la política estadounidense. Acto seguido afirmó que AIPAC y sus aliados “no son bienvenidos” en la ciudad, en el estado ni en el país, para finalmente calificarlos de “monstruos”.

En cualquier democracia, el debate sobre la influencia de los grupos de presión es legítimo. AIPAC, como cualquier otra organización política, puede ser criticada, cuestionada o combatida en el terreno de las ideas. Sin embargo, existe una diferencia fundamental entre la crítica y la demonización.

Calificar a una organización de “monstruosa” implica no discutir sus argumentos ni refutar sus posiciones. Supone situarla fuera de los límites de la legitimidad democrática. Los monstruos no son interlocutores; son entidades a las que se considera intrínsecamente malignas. La finalidad de ese lenguaje no es persuadir sino deslegitimar.

La acusación relativa a los llamados “fondos oscuros” también merece atención. Más allá de los debates legítimos sobre el financiamiento de campañas y actividades políticas en Estados Unidos, la insinuación de redes financieras opacas vinculadas a organizaciones asociadas con Israel evoca narrativas que históricamente han ocupado un lugar destacado en diversas manifestaciones del antisemitismo político. Criticar una organización es una cosa; sugerir la existencia de poderes ocultos que operan detrás de las instituciones democráticas es algo muy diferente.

Pero quizás el aspecto más revelador no sea lo que Mamdani dijo, sino aquello que omitió.

Mientras AIPAC es presentada como una fuerza oscura y amenazante, raramente se escucha una crítica semejante hacia organizaciones como el Council on American-Islamic Relations (CAIR). Durante años, CAIR ha sido objeto de controversias por presuntos vínculos históricos con redes relacionadas con el financiamiento de Hamás. Aunque la organización rechaza categóricamente tales acusaciones y nunca fue condenada por cargos criminales, su aparición en la investigación federal sobre la Holy Land Foundation generó un debate que continúa hasta nuestros días.

Sin embargo, quienes denuncian obsesivamente la influencia de AIPAC suelen mostrar escaso interés por examinar el papel de estas organizaciones o por analizar determinadas corrientes ideológicas vinculadas al activismo islamista. La contradicción resulta aún más evidente si se observa el propio universo de organizaciones vinculadas a Israel.

J Street, identificada con posiciones progresistas, frecuentemente alineada con reivindicaciones palestinas y crítica de numerosas políticas de los distintos gobiernos israelíes, desarrolla una intensa actividad de lobby en Washington e interviene activamente en los debates sobre Oriente Medio. Sin embargo, rara vez es presentada como una amenaza para la democracia estadounidense, como una organización financiada por “fondos oscuros” o como una fuerza siniestra que manipula la política nacional.

Ello demuestra que el problema no parece radicar en la existencia de grupos de presión —una realidad inherente a cualquier democracia— sino en la demonización selectiva de determinadas agrupaciones asociadas con Israel.

La misma asimetría aparece cuando se observan determinados flujos de financiación provenientes del exterior. Durante años, Qatar ha destinado cientos de millones de dólares a universidades estadounidenses y a diversos programas académicos. Investigadores y centros de estudio han advertido sobre la posible influencia de estas inversiones en la formación de narrativas crecientemente hostiles hacia Israel dentro de numerosos campus universitarios.

Puede discutirse la magnitud exacta de esa influencia. Lo que no puede negarse es que amerita un debate legítimo sobre la cuestión. Sin embargo, mientras cada actividad de AIPAC es presentada como prueba de una supuesta manipulación política, las inversiones qataríes en instituciones educativas rara vez reciben una atención comparable.

La analogía es inevitable: ciertos grupos de presión son objeto permanente de sospecha mientras otros reciben un tratamiento mucho más indulgente.

La respuesta a esa comparación parece residir menos en los hechos que en los prejuicios ideológicos. Para amplios sectores de la nueva izquierda, Israel ocupa el lugar simbólico del opresor universal, mientras que cualquier actor enfrentado al Estado judío es percibido automáticamente como una víctima o como un aliado circunstancial de causas progresistas. Bajo esta lógica, el escrutinio deja de ser una herramienta para buscar la verdad y se convierte en un instrumento selectivo de combate político.

La consecuencia es preocupante. Cuando organizaciones asociadas con la comunidad judía o con la defensa de Israel son descritas como entidades malignas y presentadas como fuerzas oscuras que controlan gobiernos o manipulan sociedades, el discurso abandona el terreno de la crítica democrática y comienza a transitar senderos tristemente conocidos de la historia del antisemitismo.

Las palabras importan. La violencia política rara vez comienza con agresiones. Empieza con narrativas que despojan de legitimidad a personas e instituciones, que las convierten en símbolos del mal y que las presentan como ajenas a la comunidad política.

Por eso las declaraciones antisemitas de Mamdani merecen atención. No porque cuestionen a AIPAC, sino porque revelan una visión del mundo donde la condena moral se aplica de manera selectiva y donde las instituciones vinculadas a Israel parecen ocupar un lugar de excepcionalidad negativa que ninguna otra organización recibe.

La crítica es compatible con la democracia. La demonización, en cambio, siempre ha sido el primer paso hacia algo mucho más peligroso.

Rubén Kaplan
Periodista y escritor
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