“Los Niños de Teherán”: el libro que rescata del olvido a los 1,000 niños judíos que sobrevivieron el Holocausto en Irán
La escritora israelí-estadounidense Mikhal Dekel tardó diez años en reconstruir una historia que nadie quería contar: la de su padre y los cientos de niños judíos polacos que, huyendo del nazismo, encontraron refugio en Asia Central y en Irán. Hoy, ese libro llega al mundo hispanohablante.
Hay historias que el mundo decide no escuchar. La de los casi mil niños judíos polacos que sobrevivieron el Holocausto refugiándose en la Unión Soviética, Uzbekistán y finalmente en Irán es una de ellas.
Durante décadas, estos sobrevivientes —los llamados Niños de Teherán— no fueron invitados a hablar en escuelas, no aparecieron en los museos del Holocausto y, en muchos casos, ni siquiera se consideraron a sí mismos sobrevivientes. “Estos fueron los afortunados que se salvaron“, decía la narrativa dominante. “No estuvieron en campos de concentración.”
Mikhal Dekel decidió romper ese silencio. Lo que comenzó como una investigación sobre su propio padre —un hombre lacónico y cerrado que jamás habló de su pasado— se convirtió en una obra monumental que tardó diez años en escribirse y que ahora llega al español: Los Niños de Teherán.
Un cuarto de millón de judíos polacos olvidados
El libro de Dekel no solo rescata la historia de esos niños. Detrás de ellos hay un capítulo mucho más amplio, el de aproximadamente un cuarto de millón de judíos polacos que sobrevivieron el Holocausto refugiándose en Asia Central y el Medio Oriente, una historia prácticamente ausente de la memoria colectiva y de la historiografía del Holocausto.
“Lo que más me sorprendió fue la escala de la historia y lo poco que se sabía de ella”, dijo Dekel en entrevista con Enlace Judío. La investigación la llevó a Rusia, Uzbekistán, Polonia, Irán y Karachi —lugares donde los archivos no siempre están disponibles y donde, en algunos casos, la investigación histórica puede resultar peligrosa. En Rusia llegó a ser seguida por agentes de civil mientras investigaba en regiones remotas del interior del país, lejos de Moscú, donde la atmósfera sigue siendo marcadamente soviética.
“Los soviéticos no documentaron”, explica Dekel. “Los nazis, con todo el horror que eso implica, sí lo hicieron. De los gulags no existe filmación. No hay películas como las que tenemos de los campos de exterminio.”
“Los afortunados”: una etiqueta que Dekel desmonta
De los 3.5 millones de judíos polacos que existían antes de la guerra, el 90% fue asesinado. De los 350,000 que sobrevivieron, entre 230,000 y 250,000 lo lograron precisamente por esta ruta, huyendo hacia la Unión Soviética, Asia Central e Irán. Son las cifras que dan toda su dimensión a este capítulo olvidado.
Y sin embargo, a quienes tomaron ese camino se les llamó “los afortunados”. Dekel lo desmonta con una sola frase: “Si esto es suerte, solo lo es comparado con morir en una cámara de gas.” Porque un cuarto de las personas que tomaron esa ruta murió de hambre extrema, enfermedades o en los gulags soviéticos. No fue suerte. Fue otra forma de infierno.

El padre que, de pronto, habló en yiddish
La investigación también reveló a Dekel un hombre que no conocía: su propio padre. Entre los documentos que encontró había un testimonio que él dio en Jerusalén en 1943, escrito en yiddish. “Yo jamás lo había escuchado hablar una sola palabra en yiddish en toda mi vida. Y el testimonio era hermoso. El lenguaje era expresivo, descriptivo. Era casi como descubrir a otra persona“, comenta Dekel.
Ese padre silencioso e introvertido —producto, en parte, del mandato israelí de “olvidar el pasado y construir algo nuevo”— había enterrado dentro de sí un mundo entero. Dekel también descubrió que su familia en Polonia había sido enorme; ocho generaciones, a veces siete hijos por generación. Todos, prácticamente todos, fueron asesinados:
“De pronto entiendes que perteneces a algo muy grande y que eres solo el remanente de algo inmenso.”
Irán: refugio inesperado
Uno de los capítulos más sorprendentes del libro es el rol que jugó Irán. En agosto de 1942, los niños polacos —identificados ante las autoridades como ciudadanos polacos, no necesariamente como judíos— llegaron a Teherán en condiciones físicas deplorables. El gobierno iraní de la época, bajo el joven Shah que asumiría el poder hasta la Revolución Islámica de 1979, los acogió.
“Relativamente a otros lugares, los aceptaron y los trataron bien“, menciona Dekel. “Hubo muchos actos de bondad individual: gente que les compraba dulces, fruta.”
Pero el encuentro más significativo fue con la comunidad judía iraní e iraquí que vivía en el país. Por primera vez en la historia, ashkenazíes polacos y judíos persas se encontraron cara a cara. En septiembre de 1942, para Rosh Hashana y Yom Kippur, llevaron a los niños a la sinagoga y adaptaron una sección para que pudieran rezar como lo habían hecho siempre. Era la primera vez, después de tres años y medio en la Unión Soviética, que podían practicar libremente su religión.
“Es un punto de encuentro. Y esa relación continuó después: cuando Israel fue fundado, los políticos israelíes establecieron vínculos con el Shah. Hay relaciones entre Israel e Irán hasta 1979″, dice Dekel.
Judíos que sobrevivieron en tierras musulmanas
Hay un dato en el libro que sacude los lugares comunes sobre el conflicto entre el mundo judío y el mundo musulmán: la mayoría de los judíos polacos que sobrevivieron al Holocausto lo hizo en tierras de mayoría musulmana —Uzbekistán, Turkmenistán, Kazajistán, Irán—. “Eso dice algo“, afirma Dekel. “No tenemos que ser enemigos eternos.”
La coexistencia, sin embargo, tenía sus condiciones. Cuando polacos judíos y polacos cristianos compartían el gulag, con los soviéticos como enemigo común, se ayudaban mutuamente. Cuando salieron y cada grupo volvió a su mundo, las tensiones regresaron. “Es circunstancial. Bajo ciertas condiciones, todos pueden llevarse bien“, dice Dekel.
México en la historia del rescate
La historia también tiene un capítulo mexicano. El Joint Distribution Committee —la mayor organización de ayuda judía, cuya sede estaba en Nueva York pero con oficinas en México, Argentina, Montreal y Londres— coordinó los esfuerzos de rescate internacionales.
La comunidad judía de México contribuyó económicamente para comprar medicamentos, ropa y alimentos para los refugiados, y para financiar el traslado de los Niños de Teherán hacia la entonces Palestina Británica.
“La comunidad judía fue increíble durante la guerra“, dice Dekel. “No solo en términos de ayuda financiera, sino de presión política ante los gobiernos británico, polaco, ruso y estadounidense. Los refugiados no habrían sobrevivido sin esa ayuda.”
La judía que se quedó en Samarcanda
Durante su investigación en Uzbekistán, Dekel encontró a una mujer que había formado parte del grupo de los Niños de Teherán pero que nunca llegó a Israel. Tenía exactamente la misma edad que su padre. A los 15 años, sin familia —su madre y sus hermanas habían muerto—, aceptó la propuesta de matrimonio de un joven uzbeko de 17 años y se quedó. Vivía en Samarcanda, en una casa humilde, rodeada de sus nueras. No se había convertido al islam, o al menos se presentaba como judía.
Cuando Dekel le preguntó cómo caracterizaría su vida, la mujer respondió: “Empezó muy mal, pero se convirtió en algo bueno. Me casé con un buen hombre. Tengo una buena familia.”
“Fue un momento que me hizo entender que cada punto del tránsito también puede ser un punto final. Muchas personas simplemente se quedaron”, comenta Dekel.
El libro que cambió a su autora
Dekel no duda en afirmar que este libro cambió su vida. La acercó a la historia judía, a las comunidades judías del mundo y, paradójicamente, al resto de la humanidad:
“Cuanto más conoces tu propia historia, más puedes conectarte con la historia de otros. No tienes que ser un nacionalista para eso. Es lo contrario: cuando conoces tu pasado en concreto, dejas de tener miedo del mundo en general.”
El libro también la conectó con el presente más inmediato. El año pasado, mientras cuidaba a su madre enferma en Haifa, vivió dos semanas en un refugio antiaéreo cuando los misiles cayeron sobre Israel. La escritora que pasó una década reconstruyendo una historia de refugiados se encontró, de pronto, siendo ella misma parte de una.
Para Dekel, ser judía, israelí y estadounidense en un mundo de migrantes no es una contradicción sino una síntesis: “La identidad judía, la historia judía y la religión judía van más allá del lugar“.
Israel es su centro —ahí nació, ahí vive su madre, ahí regresa seguido— pero no el único. Donde quiera que ha viajado ha encontrado comunidades judías que se sostienen a sí mismas con una vitalidad que la asombra: “Aquí en México siento que la comunidad es increíble, muy unida”, afirma. El libro, en ese sentido, no solo reconstruyó el pasado de su padre, le devolvió el sentido de pertenecer a algo que no tiene fronteras.
Su mensaje a las nuevas generaciones judías —y en particular a las comunidades hispanohablantes— es que este libro enseña una parte de la historia del Holocausto que la mayoría desconoce, y muestra lo que las comunidades judías de la diáspora sí hicieron para salvar vidas cuando el mundo miraba hacia otro lado:
“A veces se tiene la sensación de que la comunidad judía de la diáspora no hizo suficiente. Creo que este es un libro sobre lo que sí hicieron.”
Y agrega:
“No huyan de su historia, por terrible que sea. La historia judía es, por un lado, una historia de trauma horrible. Por el otro, es una historia muy gloriosa. Hay que reclamar los dos lados“, concluye Dekel.
Los Niños de Teherán, de Mikhal Dekel, ya puede leerse en español.







