La obesidad hoy día es una epidemia mundial vinculada con las principales causas de mortalidad como la diabetes, enfermedades cardiovasculares y cáncer, entre ellas. En EE.UU., alrededor del 40% de los adultos la sufren en mayor o menor grado, lo que obliga a políticas públicas de prevención y atención médica. Un problema para la gente, un problema de Estado.
En la península ibérica, en el siglo X, concretamente en el año 956 de nuestra era, un príncipe llamado Sancho accedió al trono del Reino de León. Era conocido como Sancho I “el Craso” (grueso), porque era muy gordo. En aquel entonces, la obesidad constituyó también una cuestión de Estado, pero no por afectar a la gente (en su mayoría “subnutridos”), no, no, ¡sino por afectarlo a él! Su condición dificultaba su capacidad para gobernar.
Tariq ibn Ziyad, un general bereber al mando de once mil soldados profesionales, cruzó el estrecho de Gibraltar en el año 711 d.C. Derrotaron a un ejército de cuarenta mil hombres del rey visigodo Don Rodrigo, que rodeado de intrigas, fue traicionado por varios de sus oficiales durante la famosa batalla de Guadalete.
En diez años se apoderaron de toda la península ibérica salvo una pequeña región montañosa en el norte, en la costa cantábrica. El territorio conquistado se convirtió en la provincia (valiato) de Al-Ándalus, totalmente dependiente del Califato Omeya de Damasco. Cincuenta años más tarde, la dinastía Abasí sustituyó violentamente a la dinastía Omeya y, Abderramán I, un príncipe sobreviviente de la masacre de su familia, escapando, llegó a la península, que estaba sumida en continuas revueltas. Puso orden y la convirtió en el Emirato de Córdoba, totalmente independiente, aunque mantuvo la unidad religiosa con el resto del mundo islámico. Construyó en su capital, Córdoba, la mezquita más impresionante de su tiempo.
Abderramán II, cuarto emir y bisnieto del primero, era amante de la naturaleza, la ciencia y la poesía. Gracias a la recaudación de impuestos, erigió monumentos, fuentes y jardines, amplió la Gran Mezquita, creó la Biblioteca de Córdoba, tradujeron textos antiguos del griego al árabe y del árabe al latín para que así llegara, entre otras, la filosofía clásica griega al resto de Europa. Promovió nuevos sistemas de riego en beneficio de la agricultura. El conocimiento floreció en todas las áreas…
Pero fue en el año 929 d.C. cuando Abderramán III, bisnieto del anterior (del II), unificó y pacificó definitivamente el emirato y lo convirtió en el Califato de Córdoba, esta vez con autonomía total tanto política como religiosa. Su reinado de cincuenta años trajo el máximo esplendor de la civilización islámica a la península, prosperidad económica, cultura, tolerancia y poderío militar. El califato se convirtió en una potencia mundial. Y es en este periodo cuando se desarrolla nuestra historia…
Un rey obeso
En el año 722 d.C., aquella pequeña zona con valles y montañas de la cordillera cantábrica que no pudo ser conquistada, se llamaba Covadonga. Allí Don Pelayo, un noble visigodo, junto con 300 hombres, emboscó e hizo retroceder al ejército musulmán. Esta región, convertida en el Reino de Asturias, fue el primer reino cristiano después de la invasión islámica y se le considera como la cuna de la Reconquista. Creció y se transformó en el Reino de León en el año 910, el más importante y que sería la base de los reinos cristianos en los años y siglos por venir.
Sancho I nació en el 935 d.C., era hijo del rey de León Ramiro II “el Diablo” (el tipo era muy cruel) y de su segunda esposa que se llamaba Urraca, sí, Urraca Sánchez. Ramiro repobló territorios y expandió la influencia cristiana hacia el sur. Vivían buenos tiempos…
Mientras los niños campesinos trabajaban en el campo, los niños nobles se entretenían con los juguetes de la época. Me imagino a Sancho como un niño gordito, jugando con marionetas, pequeñas espadas y caballitos de madera sostenidos por sus sirvientes, sin actividades que dependieran de mucha fuerza o velocidad, tal vez persiguiendo alguna pelota hasta donde pudiera. Su dieta debe haber sido la típica de la nobleza, rica en carnes, frutas secas, abundante pan blanco y mucha miel en frutas y bebidas. Al llegar a la adolescencia seguro que no movía ni un palmo del piso, todo se lo harían. Debió haber estado frustrado, avergonzado, temeroso, frágil y sobreprotegido, encontrando en la comida su único consuelo.
Según algunas crónicas, a los 20 años, ya hacía siete comidas al día, de hasta 17 platos por vez, principalmente carne de caza, lácteos, pescado, pan, vino, especias y azúcar, recién introducida por los árabes y considerada un lujo en la nobleza (fui cirujano bariátrico y tuve pacientes que comían una docena de arepas rellenas con tres litros de Coca-Cola regular en una sentada). A esa edad llegó a pesar 240 kilos (83 de IMC aproximadamente, según reconstrucción moderna).
Sancho llamaba mucho la atención en la España cristiana de la época donde el pueblo, sometido a trabajos físicos, alimentado básicamente de cereales, legumbres y verduras (cualquier otro alimento era un lujo), mantenía un permanente déficit nutricional. Además de ser “dormilón”, por su sobrepeso no se podía levantar de la cama. Corrían los rumores de que “no podía yacer” con ninguna mujer y que sería incapaz de engendrar un hijo (típico de los súper obesos). Y lo que era peor, su extrema obesidad le impedía montar a caballo y empuñar una espada para dirigir batallas, algo esencial para un rey medieval. Nadie lo quería…
En el año 951, después de la muerte de su padre Ramiro II, Sancho que tenía dieciséis años, vio cómo ascendía al trono Ordoño III, su medio hermano mayor. Su reinado no duró mucho, falleció en el otoño del 956. Una muerte oportuna para él porque había disputado su derecho monárquico, pero extraña para los ciudadanos al verlo asumir el poder como el rey Sancho I de León “el Craso”.
Sancho tenía un tío muy poderoso, Fernán González, conde de Castilla, con quien la relación siempre fue tensa. El tío lo acusaba abiertamente de inútil por su incapacidad física y de no poder tener descendencia, “su linaje se perdería entre comilona y comilona” decía. Su rechazo entre la nobleza se materializó dos años más tarde cuando lo destronaron con el pretexto de su excesiva gordura. Una conjura liderada por el tío Fernán lo expulsó del poder y colocó en el trono a Ordoño IV “el malo”, un primo hermano de Sancho.
Después del sitio de la ciudad de León el 3 de agosto del 958, Sancho, derrotado y humillado, escapó “como pudo” al vecino Reino de Navarra donde su abuela Toda Aznárez, la mamá de Urraca, era la reina regente. La reina Toda de Navarra, tenía ochenta años. Era sabia y resuelta, quería rescatar la reputación de su familia y la de su nieto. Sabía que para restaurarlo en el trono tenía que perder peso primero, pero ¿cómo? Envió un mensajero al califa cercano, Abderramán III, con quien estaba emparentada, pidiendo ayuda a cambio de un acuerdo diplomático…
El médico judío
La presencia judía en la península ibérica se remonta a los tiempos babilónicos. Pero fue a partir del año 70 d.C., después de la destrucción del Segundo Templo de Jerusalén, que una mayor afluencia, en una diáspora obligada, se estableció primero en las costas y luego en el resto de la península, que más tarde llamarían Sefarad.
Al principio mantuvieron una vida relativamente tranquila, dedicándose a la agricultura, artesanía y el comercio, incluso durante el inicio del dominio visigodo, cuando los reyes aún profesaban el “arrianismo”, una rama del cristianismo considerada herética por la Iglesia Católica. En el 589 d.C., el rey Recaredo se convirtió al catolicismo y decretó la unidad religiosa del reino, que siempre estaba en constante rebeldía. A partir de ese momento se agravó la intolerancia y comenzó la persecución legal de los judíos, llegando a decretar en el año 711, poco antes de la invasión musulmana, la confiscación de sus bienes y la separación de los hijos de sus padres para su cristianización forzada.
El ejercicio de la medicina era una ocupación frecuente y destacada entre los judíos de la Edad Media. Se practicaba fuera de la estructura de los gremios, en los que a los judíos se les prohibía participar. Requería de una alta alfabetización y habilidades lingüísticas, que eran características de la tradición cultural judía. No tenían las restricciones religiosas de la época para su práctica, y menos en el mundo islámico. Aunque demonizados por el clero y la población general, los médicos judíos eran los preferidos por los nobles, reyes, alguno que otro papa, y califas…
Con la llegada del dominio musulmán comenzó la “Edad de Oro” de los judíos en España entre los siglos X y XI, gracias a una tolerancia relativa y a una mejor integración social que la existente en el resto de Europa (hasta la llegada a la península de las dinastías bereberes más fundamentalistas). Hasdai ibn Shaprut (915-970 d.C.) fue uno de los mayores exponentes de ese apogeo.
Hasdai nació en Jaén en el seno de una familia judía acomodada. Se formó como médico de manera autodidacta, con la guía de tutores en la ciudad de Córdoba (no existían escuelas de medicina formales como hoy). Gracias a su dominio del griego y el latín, pudo leer y estudiar tratados médicos. Se hizo famoso por descubrir una “panacea” (remedio universal) llamada Al-Faruk, una suerte de antídoto contra venenos. Así llegó a la corte de Abderramán III…
Allí demostró grandes cualidades para la resolución de conflictos diplomáticos. Hablaba hebreo, árabe y romance primitivo (más o menos un castellano temprano). Se convirtió en el ministro de asuntos exteriores, aunque sin el título de visir. Sus habilidades médicas lo hicieron ideal para una misión especial del califa, lidiar con la Reina Toda y mediar en las pugnas entre los reinos de León y Navarra. Hasdai iba a “matar dos pájaros de un tiro”…
Un tratamiento protobariátrico medieval, el protocolo cordobés
El poderoso califa Abderramán III envió a Hasdai ibn Shaprut, su principal diplomático, a la corte de Navarra para negociar un tratado de paz y una alianza política. Aprovechó también la misión para evaluar la condición del depuesto rey Sancho. A cambio de su asistencia médica, obtuvo para el califato la concesión de diez fortalezas a orillas del Duero en el reino de León, si Sancho lograba recuperar su trono. Y para eso, lo primero que había que hacer era llevárselo a Córdoba, el centro más avanzado de la época, para ponerlo bajo su custodia y tratamiento.
Convencida la reina Toda, se puso en marcha una gran comitiva de nobles y sirvientes desde Pamplona, en un viaje terrestre que cruzó ríos y montañas, llevando al rey en un carromato jalado por bueyes, y que duró alrededor de cuatro semanas. Algunos dicen que Hasdai, como primera parte de la cura, obligó a Sancho a recorrer el camino a pie…
Llegaron a Córdoba (con cien mil habitantes cuando Roma tenía veinte mil), al Palacio de Medina Azahara, de una arquitectura sofisticada, diversa, con cuatro mil columnas de mármol, arcos en herradura tallados exquisitamente con motivos vegetales, paredes incrustadas de piedras preciosas, techos dorados con bloques de alabastro para crear ambientes luminosos, fuentes, jardines, en fin, la representación del “paraíso en la tierra”. Pero a Sancho no le esperaba ahí una estancia llena de lujos, no, no, todo lo contrario, ¡sería un calvario!
Al llegar lo encerraron en una habitación, y le cosieron los labios para impedir que comiera alimentos sólidos dejando un pequeño orificio para ingerir solo líquidos, posiblemente a través de algún tubo de plata o cobre (los pitillos o pajillas no existían) fabricado para ese fin. Dormía con las manos atadas a la cama para impedir que se quitara las suturas.
Su dieta era líquida y farmacológica a la vez, incluía agua salada, vegetales, frutas licuadas e infusiones de hierbas diuréticas y purgantes (sen, ruibarbo, aloe, alcachofas). Le agregaban tónicos amargos como Teriaca que podía contener hasta setenta ingredientes, junto con aceite de ricino y opio para controlar el apetito. Todo bajo las órdenes de Hasdai ibn Shaprut.
Al iniciar su pérdida de peso, comenzaron a sacarlo de su habitación para largas caminatas por los jardines del palacio, luego lo hacían correr con los pies amarrados entre sí, obligándolo a dar pasos cortos. Al terminar cada sesión, lo sentaban por horas en un baño de vapor para ayudar a eliminar el exceso de agua acumulada en su cuerpo. Además, le impusieron un régimen intensivo de masajes para tensar la piel flácida sobrante.
La meta era que pudiera caminar cinco kilómetros sin cansarse, levantar una espada y montar a caballo. Lo logró con creces. Perdió 120 kilos, la mitad de su peso corporal, en cuarenta días, según algunas crónicas medievales (algo improbable médicamente). Otras fuentes indican que su rehabilitación duró seis meses, lo que resulta mucho más creíble.
Sancho, en el año 959, comandando un ejército musulmán prestado por Abderramán III y apoyado por tropas de Navarra, marchó sobre Zamora y derrotó a los aliados de su tío para recuperar el trono leonés…
Epílogo
Ordoño IV al ser derrocado, le pidió ayuda a Abderramán para regresar al poder. El califa se negó manteniéndose fiel al pacto original con Sancho, el ya no tan “Craso”.
Sancho, luego de ser coronado, nunca cumplió con el compromiso de ceder las diez fortalezas prometidas a Abderramán III. Siguió reinando seis años más. Murió a los treinta y cinco años, comiendo, al meterle un diente a una “manzana envenenada”. ¿Por alguna deuda pendiente? ¿Será que le quitaron la vida los mismos que le quitaron los kilos de más?…
A Sancho lo sucedió su único hijo, Ramiro III, de cinco años, quien gobernó a través de regentes hasta cumplir los quince, edad en la que asumió plenamente el poder durante los siguientes diez años.
Con la muerte de Al-Hakam II, hijo de Abderramán III, comenzó la disgregación del califato en pequeños reinos independientes (taifas) proceso que terminó en 1031. Más tarde llegaron tribus musulmanas fundamentalistas desde el norte de África, los almorávides y los almohades, mientras los reinos cristianos avanzaban en la Reconquista. La dinastía Nazarí, la última del linaje andalusí, sobrevivió entre 1238 y 1492, cuando capituló en Granada ante los Reyes Católicos de España.
Reflexiones contemporáneas
Los árabes, además de imponer una nueva estructura de poder y una religión, dejaron un legado en la preservación del conocimiento clásico. Fundaron los primeros hospitales con salas separadas para diferentes enfermedades y con fines docentes. Introdujeron el alcohol (“Al-Kuhl”) como “poder limpiador”, y todos los “Al”, álgebra, algoritmos, alquimia, entre otros. Y también avances en agricultura, astronomía y navegación, e incluso un nuevo protocolo para comer …
Los visigodos tenían una dieta ruda, con banquetes desordenados a base de carnes, pan y vino. Comían pedazos grandes cortados con sus cuchillos personales. Los imagino sentados a la mesa, comiendo con las manos sucias y sin tenedores (que aún no se conocían en Europa). En la corte de Abderramán III, en cambio, se utilizaban cucharas y tenedores, había un orden en tres partes, sopa, plato principal y postres, protocolo que mantenemos hasta hoy. Nuestras albóndigas vienen de la “al-bunduqa”, que significa “bola pequeña”, cuando introdujeron el arte de picar la carne en pedazos pequeños, sazonarla con especias y crear bocados individuales más refinados…
Mi colega y correligionario Hasdai ibn Shaprut, en el año 958, le practicó a Sancho un tratamiento impecable para su obesidad, aplicando los mismos principios que utilizaba yo en 2019, solo que separados por mil sesenta años de distancia. Mis resultados, en el corto plazo, eran sorprendentemente parecidos a los suyos, aunque los problemas, como entonces, llegaban después, casi siempre al “hincarle” los dientes a manzanas envenenadas, no de arsénico sino de calorías excesivas.
La obesidad extrema es una enfermedad muy difícil de tratar. Son pacientes que triplican sus pesos ideales, con enfermedades asociadas y limitaciones similares a las de Sancho en su tiempo. La hospitalización, dietas hipocalóricas, el uso de diuréticos, laxantes e inhibidores del apetito, la cirugía bariátrica restrictiva, ejercicios aeróbicos de bajo impacto e incluso el manejo de la piel flácida sobrante, forman parte del abordaje integral moderno. Ibn Shaprut aplicó, en esencia, esos mismos principios hace más de mil años. No contaba con los análogos de la GLP-1 como el Ozempic, ni con las terapias genéticas, que están por venir, pero de haberlos tenido a su alcance, estoy seguro de que Hasdai los habría utilizado. Además, tenía metas claras y correctas, lograr que Sancho se montara en un caballo y que pudiera empuñar una espada, algo equivalente hoy a transformar a un súperobeso inválido en una persona funcional.
Alberto Salinas
Escritor y cirujano bariátrico retirado
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