Juntos Venceremos
lunes 13 de julio de 2026

Diego Sciretta / Carta abierta al Comité Central del Partido Comunista de la Argentina

​El origen de una identidad y el peso de la realidad

​Quienes dirigen el partido no reciben estas líneas desde la comodidad de un escritorio distante, sino desde la primera línea de la realidad más descarnada: vivo desde el año 1999 en Israel, actualmente resido en la frontera con la Franja de Gaza y soy sobreviviente del 7 de octubre. Desde este rincón del mundo, donde la geopolítica se traduce diariamente en alarmas, estruendos y una constante tensión por la supervivencia, las abstracciones teóricas pierden su valor si no están firmemente ancladas en la verdad y en la ética.

​Mi trayectoria no es ajena a las luchas sociales ni al análisis de la realidad. Como periodista, he dedicado años a desarmar discursos y relatar los hechos con rigurosidad. Mi vínculo con el ideal que ustedes dicen representar comenzó hace décadas; me afilié al partido a los 15 años, movido por la urgencia juvenil de construir un mundo más justo. Fui brigadista en Nicaragua durante la mítica época de la “revolución de los poetas”, entregando mis esfuerzos a lo que creíamos un despertar de libertad. Con el tiempo, esa misma convicción me llevó a la acción colectiva en esta tierra: fundé y dirigí un sindicato, así como una central obrera aquí en Israel, defendiendo los derechos de los trabajadores en el terreno real. Además, convencido de que la fraternidad es la única salida al dolor de la región, fundé y dirigí un movimiento por la paz palestino-israelí.

​Sin embargo, el paso de los años, la gestión sindical y el peso de los acontecimientos históricos transformaron profundamente mi mirada. Hoy debo ser categórico ante este Comité Central: no creo en el socialismo. Aquella Revolución Sandinista fue abiertamente traicionada, devorada por el autoritarismo y corrompida desde adentro, exactamente de la misma manera que lo fueron absolutamente todas las revoluciones que hubo en la historia. La experiencia demostró con creces que ese modelo invariablemente deriva en una alarmante falta de democracia y de libertad, construyendo un sistema verticalista que asfixia a toda la población que no forma parte del aparato partidario.

​Aprendamos a aprender de nuestros errores: El precedente de la Dictadura

​Para entender la ceguera y la complicidad actuales, es imperativo apelar a la memoria histórica y asumir una dolorosa verdad: este Comité Central arrastra una incapacidad crónica para aprender de sus propios errores. No es la primera vez que la sumisión de ustedes a una línea dogmática e impuesta desde despachos ajenos a la realidad empuja a la organización a la abyección moral.

​Debemos recordar aquella época oscura en Argentina, cuando la dirección del partido planteó la locura de la “convergencia cívico-militar”. Bajo esa premisa falaz, la cúpula llegó al extremo de calificar al dictador Jorge Rafael Videla como un “demócrata”, sosteniendo de manera insólita que representaba el sector más moderado y democrático dentro de las Fuerzas Armadas.

​Esa distorsión política no fue solo teórica; tuvo consecuencias humanas devastadoras para las bases. A la militancia de a pie, en medio del terror, se le prohibía pintar consignas o exigir la aparición con vida de los desaparecidos. La insensibilidad burocrática de este organismo llegó al extremo de prohibir de forma explícita ir a las cárceles a visitar a presos políticos que no fueran estrictamente de nuestro partido, abandonando a su suerte a miles de compañeros de lucha bajo un sectarismo miserable. El dogma de la dirección, una vez más, se impuso sobre la solidaridad humana básica y la defensa de los derechos humanos.

​La falacia central: El factor religioso omitido y el hilo de la infamia

​Hoy, la historia se repite con el mismo patrón de ceguera analítica por parte de ustedes. Al examinar el conflicto actual en Medio Oriente, el Comité Central comete el más falaz de todos sus errores: la incapacidad absoluta de ver que esta es, en su núcleo más profundo, una lucha de carácter religioso.

​Obstinados en aplicar un análisis reduccionista de “liberación nacional” o lucha de clases sacado de manuales del siglo pasado, ustedes ignoran deliberadamente que el 90% de la población palestina está imbuida en una ideología básicamente islámica. No se trata de un movimiento secular de resistencia; se trata de un entramado social, cultural y político profundamente atravesado por el fundamentalismo religioso. Negar este factor no es solo ceguera analítica, es una distorsión peligrosa que los lleva a defender un proyecto teocrático que va en contra de cualquier principio de emancipación humana.

​Este movimiento plantea públicamente, de forma gráfica y periodística, la destrucción del Estado de Israel y el asesinato de todos los judíos. No es una interpretación exagerada; está escrito en sus estatutos, en sus proclamas y en sus medios de difusión. Además, lo han demostrado históricamente, no solo el 7 de octubre. Se evidencia en las décadas de terrorismo sistemático, en los miles de atentados perpetrados, en la masacre de Múnich y a lo largo de una línea de sangre que se extiende desde la aparición de la llamada Organización de Liberación de Palestina (OLP) y mucho antes.

​Esta hostilidad exterminadora no nació con la ocupación ni con las guerras contemporáneas; existía mucho antes de la creación del Estado de Israel. El hilo conductor de este odio teológico y político se remonta a figuras como el Muftí de Jerusalén, Amin al-Husseini, amigo personal de Adolf Hitler, quien colaboró activamente con el nazismo en sus planes de exterminio. Que este Comité Central se alíe con este entramado ideológico bajo la bandera de la izquierda es una aberración histórica insostenible.

​El oportunismo de la izquierda y el despojo de sus banderas

​Aquí es donde la ceguera ideológica de la conducción se transforma en un burdo oportunismo político y en una bancarrota conceptual frente al “fenómeno Milei”. Incapaces de comprender las dinámicas modernas, este Comité Central y sus satélites locales pretenden utilizar el alineamiento del gobierno de Javier Milei con Israel como un simple caballito de batalla para su consumo interno, reduciéndolo a una supuesta “sumisión al imperialismo”.

​Están atrapados en su propia retórica y no logran ver la dimensión real del escenario. El alineamiento de Milei con Israel no es un capricho ideológico; responde a la construcción de un proyecto estratégico, político y económico de largo plazo, sumamente beneficioso para la Argentina.

​Pero el fracaso de la dirección va más allá de la geopolítica. Al carecer por completo de propuestas económicas reales y alternativas, ustedes han permitido que Milei les robe algo vital, convirtiéndose ante la sociedad en una opción disruptiva y revolucionaria mucho más potente que la propia izquierda. Milei tuvo la audacia de denunciar al Estado opresor —un Estado que asfixia y aplasta al ciudadano a través de los impuestos— y ejecutó un plan concreto para achicarlo.

​Mientras tanto, el Partido Comunista cayó en una contradicción histórica grotesca: en lugar de enfrentar al aparato de opresión, terminó defendiendo al Estado opresor del pueblo argentino. Con esta claudicación, Milei les arrebató las dos banderas históricas más importantes: la libertad y la rebeldía. Esas mismas banderas fueron las que yo tomé a mis 15 años al afiliarme, y las que sigo sosteniendo hoy, con el mismo romanticismo y la misma utopía que me definen como ser humano.

​La trampa de la infalibilidad y el dogma lineal

​Esta incapacidad para leer la realidad es el resultado directo de otro vicio destructivo de su cultura institucional: la pretensión de una supuesta infalibilidad en el análisis político. Cuando un Comité Central se aferra a un esquema rígido y vertical, lo único que demuestra es su absoluta incapacidad para sostener un debate político serio, profundo y ético. Sustituir el examen crítico de la realidad por dogmas preestablecidos transforma la teoría de la organización en una repetición monocorde; un pensamiento mecánico que intenta encajar escenarios complejos y dinámicos en una línea fija y lineal.

​Este reduccionismo burocrático les bloquea cualquier posibilidad de autocrítica saludable y divorcia por completo a la dirigencia de las urgencias morales del presente.

​Las sombras del financiamiento e Irán como un Estado suicida

​Sostener posturas geopolíticas indefendibles bajo el desgastado pretexto del “antiimperialismo” ha terminado por socavar la legitimidad ética del partido. Es de una claridad meridiana que el fundamentalismo islámico representa a la ultraderecha religiosa más reaccionaria. Este Comité Central siempre ha estado conformado por cuadros de un alto nivel intelectual y probada capacidad de análisis. Es, por lo tanto, lógicamente imposible que personas con la preparación de ustedes no se den cuenta de lo que realmente es el régimen teocrático de Irán.

​No pueden ignorar que es un Estado que oprime salvajemente a su propio pueblo, donde los homosexuales son colgados de las grúas de forma pública, donde las mujeres son apedreadas y donde se masacraron a más de 40.000 personas en una sola semana en Teherán simplemente por manifestarse contra el gobierno. Tampoco pueden olvidar el veredicto de la historia: los miembros de los partidos comunistas y del Partido Socialista de los Trabajadores de Irán fueron los primeros en ser perseguidos, encarcelados y condenados a muerte apenas se consolidó la revolución de los ayatolás.

​Ustedes se niegan a ver que Irán es una potencia marcadamente imperialista y genocida. Pero hay un factor todavía más aterrador que omiten en sus análisis de manual: Irán es un Estado suicida. De allí proviene su peligrosa obsesión con la bomba atómica. Al tratarse de una conducción imbuida en un fanatismo místico y absolutista, les da exactamente lo mismo vivir o morir; para ellos, el conflicto terrenal es una extensión de su escatología religiosa, convencidos con fervor de que caer combatiendo los llevará directo al paraíso con Alá, sus vírgenes y sus banquetes de oro. Por eso, pese a ir perdiendo la guerra, el régimen continúa bombardeando y arrastrando a la región al desastre.

​Si este Comité Central es inteligente y posee las herramientas para procesar esto, su alineamiento no es ingenuidad. Obligatoriamente entra en juego el tufillo de la corrupción institucional, la sospecha persistente de un vergonzoso apoyo financiero de Irán a las arcas del Partido Comunista de Argentina. Han decidido vender la coherencia y el humanismo al mejor postor.

​El quiebre definitivo: La perspectiva del 7 de Octubre

​El quiebre definitivo con cualquier intento de justificación ideológica ocurre cuando la teoría se confronta con la barbarie. Haber vivido en carne propia los acontecimientos del 7 de octubre destruye cualquier posibilidad de mantener una mirada neutral o abstracta.

​No existe análisis lineal, abstracción teórica ni consigna de manual que pueda justificar la complicidad silenciosa o el respaldo explícito de ustedes a organizaciones terroristas cuyo único fin es la destrucción y el exterminio. La rigidez de la línea de este Comité Central se estrella de frente contra el dolor, el trauma y la urgencia ética de defender la dignidad y la vida humana; valores universales que terminaron sepultados bajo las directrices burocráticas de una cúpula completamente desconectada del sufrimiento real.

​Un llamamiento urgente: La fascistización de la izquierda mundial

​Por todo esto, finalizo dirigiéndome formalmente a este cuerpo de dirección, pero haciendo a la vez un llamamiento urgente y descarnado a los judíos comunistas, de izquierda, progresistas y democráticos que aún permanecen bajo su disciplina. Es hora de abrir los ojos de par en par. Tienen la responsabilidad moral de confrontar esta realidad e intentar cambiar sus organizaciones desde adentro, forzándolas a retomar un camino que sea lógico, ético y digno.

​Sin embargo, debemos comprender que estamos ante un fenómeno global: la fascistización de la izquierda a nivel mundial. Ante su absoluta desaparición y fracaso rotundo en el plano económico, direcciones como este Comité Central han recurrido a un desesperado manotazo de ahogado para garantizar la supervivencia de su aparato burocrático y resguardar el lucrativo negocio de la política corporativa que sostiene a sus diputados y funcionarios en diversos países.

​Para mantenerse a flote, han decidido aferrarse a una matriz ideológica fascista cuyo único y verdadero punto de cohesión es el antisemitismo camuflado bajo el rótulo de “antiisraelismo”. Sostener que el antisionismo no es antisemitismo es una falacia insostenible. El antisionismo exige explícitamente la destrucción del Estado de Israel; y si se destruye el Estado, se destruye inevitablemente a la población que vive dentro de él. Dado que en Israel viven más de 8 millones de judíos, postular la disolución de su hogar nacional es, por pura definición matemática y moral, antisemitismo puro y duro.

Si el aparato burocrático de este Comité Central anula el debate y los militantes descubren que es imposible transformarlo, la única opción digna es irse, romper las filas. No se queden a convalidar su propia destrucción.

Permanecer allí en silencio es aceptar la complicidad con el mismo absolutismo fascista que hoy se disfraza de progresismo en la dirección del partido, pero que históricamente ha tenido como primer objetivo exterminar la libertad, el pensamiento crítico y la existencia de nuestro propio pueblo.
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