Primero fueron las pancartas
Durante las exequias del líder supremo iraní, Ali Jamenei, miles de personas congregadas en Teherán levantaron carteles con consignas inequívocas: “Muerte a Trump” y “Mataremos a Trump”. No eran expresiones aisladas de algunos exaltados. Fueron mensajes exhibidos públicamente en una ceremonia de Estado, difundidos por medios oficiales iraníes y reproducidos por la prensa internacional.
Pocos días después, la amenaza adquirió una dimensión aún más inquietante.
Según un informe del Instituto de Investigación de Medios de Oriente Medio (MEMRI), publicado el 16 de julio de 2026, la agencia Tasnim News Agency, estrechamente vinculada a la Guardia Revolucionaria Islámica, difundió en su canal de Telegram un video en inglés titulado “Where To Kill Trump” (“Dónde matar a Trump”).
El solo título resulta estremecedor. Pero su contenido lo es todavía más.
El video presenta un análisis minucioso de los movimientos y protocolos de seguridad de Donald Trump. Describe la composición de su caravana, el recorrido desde su residencia de Mar-a-Lago hasta el aeropuerto cercano e identifica un punto estratégico de esa ruta como “un lugar que parece muy adecuado para los pueblos libres del mundo”.
También analiza, entre otros escenarios para consumar el asesinato de Trump, el trayecto hacia su campo de golf en Palm Beach y el recorrido desde el aeropuerto LaGuardia hasta la Trump Tower de Nueva York. Incluso explica que el núcleo de la caravana está formado por la limusina presidencial, conocida como “La Bestia”, escoltada por una réplica idéntica y seguida por vehículos del Servicio Secreto y equipos de contraataque.
No estamos ante un panfleto anónimo difundido en los márgenes de Internet, sino frente a un material distribuido por una agencia estrechamente vinculada al aparato de poder de un Estado. Esa diferencia lo cambia todo.
Una cosa es corear consignas violentas en una manifestación. Otra muy distinta es producir y difundir un material audiovisual que describe lugares y recorridos para asesinar al presidente de la principal potencia mundial.
En ese contexto, otra información adquiere una relevancia especial.
Días antes, Israel había avisado a Estados Unidos sobre un presunto plan iraní para asesinar a Donald Trump. En aquel momento algunos pudieron considerar esa advertencia como una hipótesis más dentro de la prolongada confrontación entre Jerusalén y Teherán.
Sin embargo, los hechos posteriores obligan a examinar aquella señal desde otra perspectiva.
Los servicios de inteligencia israelíes acababan de demostrar, durante las dos recientes guerras contra Irán, una capacidad de penetración sin precedentes dentro de la estructura militar y política de la República Islámica. La eliminación selectiva de altos mandos, la obtención de información extremadamente sensible y operaciones ejecutadas con notable precisión revelaron un conocimiento profundo del funcionamiento interno del régimen teocrático.
Cuando el Mossad, que posee semejantes antecedentes transmite una alerta de esta naturaleza, resulta difícil relegarla al terreno de las simples especulaciones.
Naturalmente, ello no significa que el video difundido por Tasnim constituya por sí mismo la prueba de un plan operativo de asesinato. Tampoco permite afirmar que ambos episodios formen parte de una misma operación.
Pero sí revela una secuencia imposible de ignorar.
Primero, las amenazas públicas durante el funeral del líder supremo.
Después, la advertencia israelí sobre un presunto atentado.
Finalmente, la difusión de un video titulado “Dónde matar a Trump”.
Las amenazas ya no se limitan al lenguaje político. Evolucionan hacia una representación visual de cómo podría ejecutarse un magnicidio contra el presidente de los Estados Unidos.
La historia ofrece demasiados ejemplos de regímenes que utilizaron la propaganda para preparar psicológicamente aquello que luego intentarían llevar a la práctica. Antes de las persecuciones, antes de los atentados y antes de los genocidios, casi siempre hubo palabras destinadas a deshumanizar al enemigo, glorificar la violencia y convertir el crimen en una causa legítima.
Por eso el video difundido por Tasnim no puede ser visto como una mera provocación propagandística.
Cuando un medio estrechamente vinculado al aparato militar de un Estado publica un material titulado “Dónde matar a Trump”, la cuestión deja de ser un problema de libertad de expresión. Se convierte en un asunto de seguridad internacional.
Las palabras importan. Mucho más cuando provienen de un régimen como la República Islámica de Irán, que dispone de recursos, organizaciones armadas y un prolongado historial de terrorismo y operaciones encubiertas. Por eso, un video titulado “Dónde matar a Trump” no puede ser interpretado como una simple pieza de propaganda. Es un indicio que el mundo democrático tiene la obligación de tomar con la máxima seriedad.
Rubén Kaplan
Periodista y escritor
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