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Amemos a los machos

 

POR JESSICA KREIMERMAN LEW

 

 

Hay diferentes tipos de machismo y no todos los machos son iguales. Existe un lado del macho que es vulnerable, romántico y responsable. Piensa que la mujer pertenece al hogar y se debe dedicar a sus cositas, y en ese recuadro la respeta y la trata con cariño. De hecho, muchos machos resultan ser, de buenas a primeras, los más cordiales y los más generosos galanes. El macho caballeroso tiene unas ideas muy fijas acerca de la mujer, pero la adora, como si fuera una figura de cristal caro. El problema con esa figura es que para que el macho caballeroso la siga adorando, no se puede  salir de su papel y se le exige que se comporte sólo de la manera que su galán considera apropiada. Los hombres no machistas no son tan diferentes en el cortejo y en el trato cotidiano de la mujer. Estos tienen más balanceada su parte femenina y su parte masculina, y saben que no necesitan encajonarse ni a ellos mismos ni a la mujer en estereotipos de género para tener una buena pareja.

En algún lado está escrito que la caballerosidad era buena en su momento, porque en ese sistema existían reglas muy claras acerca de cómo tratar a una mujer y cómo ser un hombre. Decía el artículo que en Estados Unidos, cuando los géneros pudieron quitarse los guantes blancos, comenzaron una horrible guerra  que es más que evidente en las universidades y en las oficinas. La caballerosidad en su manera más superficial sirve para mantener a los hombres alejados de las mujeres y para contener el lado animal de cada persona, cuyos únicos instintos son la autopreservación (comer, protegerse de la intemperie), la reproducción (el sexo) y la protección de sus hijos (que es lo mismo que la autopreservación).

El macho normal nada más es molesto. Se vive con él porque tiene muchas partes redimibles y se le quiere. Pero el macho en su destiilación más pura (y abundan) es destructivo, e irresponsable. A ese tipo habría que darle un par de cachetadas y decirle: “¿no te das cuenta de lo que te estás haciendo a ti mismo?” (y eso porque no serviría recordarle lo que hace a los demás, porque no le importa).

No es asunto de odiarlos, porque no saben lo que están haciendo. Son gente inconsciente, que vive en automático, que no puede controlar sus partes obscuras. Son gente que se la pasa boxeando con su sombra. Hacen sufrir a los demás, pero luego ellos mismos sufren mucho. Hay muchas historias de hombres que cerca de la muerte, lloran todo lo que no pudieron llorar en su vida: les da pánico, piden perdón a la gente que maltrataron años, porque como creen en el cielo y en el infierno, piensan que saben a donde van a ir a dar.

Amemos a los machos.

 

Fragmento del libro: “La Vida en Rosa, El Príncipe Azul: Mujeres y Amor en México” (1997)

 

 

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