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¿Quién fue Shálom Schwarzbard y por qué mató a Petlura?

COMUNIDAD JUDIA DEL PRINCIPADO DE ASTURIAS

Historias de abuelos.

Recuerdo que, desde muy niño, me persiguió el nombre de Petlura. Cuando les preguntaba a mi madre Golde o a mi abuelo Reb Hersch Basis, por qué habían venido a la Argentina a comienzos de los años 20, ellos me reiteraban sus relatos de la vida errante que debió emprender la familia desde fines de 1918, por los terribles pogroms de Petlura. Y así supe que mi abuela Jane había muerto en el camino, a raíz de tantos disgustos y vicisitudes.

No faltó quien intentara disuadir al abuelo de dirigirse al Buenos Aires de aquellos años, con cuatro hijas mujeres (la Organización “Migdal” de los rufianes, todavía funcionaba). Pero la imposibilidad de llegar a Estados Unidos o a Éretz Israel por un lado, y el temor al vandalismo de Petlura por el otro, lo encaminaron finalmente hacia estas tierras.

Han transcurrido más de 90 años desde los comienzos de los pogroms del General Semión Petlura, a fines de 1918, después de la Revolución Rusa de 1917. Dicha circunstancia nos induce a rememorar la historia de un judío casi olvidado, Shálom Schwarzbard, que el 25 de Febrero de 1926, en París, expresando en cierto modo la ira de miles de hermanos suyos que habían padecido esos y otros pogroms en la Rusia zarista, se vengó ajusticiando al General ucraniano Petlura.

Un hijo de la pobreza.

La ciudad de París se estremeció. En una de sus calles principales, en pleno día, un judío llamado Shálom Schwarzbard había herido de muerte al jefe de las bandas que, años atrás, habían perpetrado los más feroces pogroms contra los judíos de Ucrania.

¿Quién era Shálom Schwarzbard, ese vengador de su pueblo? ¿Actuó por cuenta propia o en nombre de una organización?

Schwarzbard era un hijo de la pobreza judeo-ucraniana. Había nacido en 1886 en Izmaíl (Besarabia), de padres sumamente humildes. Su madre murió muy joven y la numerosa prole quedó a cargo del papá. Shálom pasaba hambre junto a sus hermanos. De muy niño lo colocaron en una sastrería, donde debió servir sin recibir ninguna paga. Más tarde trabajó con un relojero. El niño era muy sensible y sintió prematuramente la amargura del mundo.

Ideales de justicia.

Todavía muy joven, empezó a frecuentar los círculos revolucionarios. De ideas anarquistas, militó en el movimiento socialista judío clandestino, en Ucrania. Su rico temperamento pronto lo llevó al liderazgo y se distinguió como activista contra el régimen del zar.

En 1906 fue descubierto y debió huir de Rusia. Así pasó a Austria-Hungría y más tarde a Suiza. Por último, en 1909 recaló en París, donde trabajó en su oficio de relojero.

Durante la Primera Guerra Mundial se alistó en la Legión Extranjera. Herido en combate, fue condecorado con la Cruz de Guerra.

La gran decepción.

Cuando estalla la Revolución de 1917, vuelve a Rusia. En Odessa se incorpora a la “Guardia Roja”, que combatía a los contrarrevolucionarios de las “Fuerzas Blancas”. Sectores de éstas últimas, cosacos encabezados por Simón Petlura y su secuaz Smessenko, desencadenaron en el invierno de 1918-1919, en Ucrania, pogroms de una crueldad inusitada (Golpizas, destrucciones, crímenes, violaciones, etc.). Schwarzbard presenció la masacre y formó parte de los grupos sionistas que organizaron la autodefensa, aunque no fue mucho lo que pudieron hacer.

Los pogroms de Petlura costaron la vida de 50.000 judíos, hombres, mujeres y niños; entre ellos había 15 familiares directos de Shálom Schwarzbard.

Éste retornó a París en 1920, decepcionado y dolorido. El mismo año publicó un volumen de poemas en ídish, titulado ”Troimen un vírklejkait” (“Sueños y realidad”). En París se casó y siguió trabajando como relojero. Pero ya nada seguía siendo igual, y no pudo recuperar la calma.

Encuentro en parís.

Cuando supo que Semión Petlura se encontraba en la ciudad, donde vivía libremente sin haber purgado sus crímenes, sintió que su cerebro estallaba. Rastreó en los periódicos todas las noticias referentes al bandido antisemita, averiguó su domicilio y qué lugares frecuentaba; hasta que logró sorprenderlo en la calle y darle muerte.

La noticia conmovió al mundo, especialmente en aquellos sitios en que vivían judíos. Fue recibida por unos con beneplácito, al haberse librado su pueblo de un enemigo; por otros con reticencia, ya que se trataba de un acto de terror.

Pero en la Prefectura de París, una vez llenados los documentos oficiales, Schwarzbard recibió el trato debido a un héroe. También en la prisión fue mirado con respeto por los reclusos. Su acción merecía elogios y eso lo reconfortaba. Más aún cuando uno de los líderes del Partido Socialista Francés, el famoso abogado Henri Torres, asumió su defensa.

Toda la opinión pública francesa, con excepción de los elementos ultra-conservadores, parecía estar del lado del judío que había vengado a su pueblo.

El proceso.

El 2 de Junio de 1926 tuvo lugar la primera audiencia. El juez, en un tono firme, pero benévolo, indagó a Schwarzbard por haber disparado los cinco proyectiles de su arma cuando, según los dichos de los testigos, “Monsieur Petlura” había muerto luego de recibir los dos primeros. Schwarzbard respondió que los testigos nada sabían, pues habían huido al primer disparo. Él, por su parte, reconoció que habían sido cinco, y que luego de cada uno había gritado: “¡Toma por Proskurov!” ”¡Toma por Zitomir!” Y así por varias otras ciudades masacradas.

El juicio cobró ribetes dramáticos. Llegaban cartas y telegramas de todo el mundo, especialmente de quienes habían vivido los pogroms, o habían quedado inválidos o perdido a sus más allegados; de sufridas poblaciones en Ucrania; de la ciudad de Kíshinev, que exhibía el “honor” de haber soportado uno de los primeros ataques, y de los más virulentos; de los Estados Unidos y hasta de la lejana Buenos Aires.

Escritores de la talla de Romain Rolland y Máximo Gorki, intelectuales, políticos y hombres de ciencia, aunaron esfuerzos por la absolución de Schwarzbard.

No obstante, el abogado defensor estimó oportuno viajar a Rusia, para investigar las actividades de Petlura en el lugar de los hechos, ya que habían arribado a París un hermano del bandolero asesinado, dispuesto a declarar contra Schwarzbard, y otros “testigos” según los cuales Petlura había sido amigo de los judíos…

Por su parte, el fiscal se disponía a acusar a Schwarzbard, no sólo del asesinato, sino también de prohijar ideas comunistas y anarquistas, y de haber ejercido en el pasado actividades revolucionarias.

El proceso se inició en una sala repleta de público, abogados, corresponsales de todo el mundo, intelectuales y humanistas. Se percibía un ambiente favorable al acusado.

El presidente del tribunal halló para sus preguntas el tono justo, que daba paso a las adecuadas respuestas del defensor.

Quedó en claro que Schwarzbard se había encontrado con Petlura en dos oportunidades anteriores, y que a pesar de hallarse preparado para la acción, no disparó contra él porque lo vio acompañado, una vez por una mujer y otra por una niñita.

En cuanto a los cargos de anarquismo, Schwarzbard no los rechazó, sino que refirmó orgullosamente sus ideas, con lo cual confundió un tanto a la fiscalía. En este aspecto, ayudaba el hecho de que el proceso transcurriera en Francia, país con una tradición periodística, por esos años, favorable a quienes luchaban por la justicia.

Entre los testigos de la defensa se encontraba Leo Motzkin, famoso líder sionista de la judeidad europea. Motzkin rememoró ante el tribunal un pogrom sufrido en su infancia, que había dejado en él huellas indelebles. También Vladimir Tiomkin hizo gran impresión con su imponente figura patriarcal.

Además llegó gente común, que había sufrido los desmanes de Petlura en carne propia, y otra que, de visita en Rusia después de la guerra, había recogido testimonios aterradores de los hechos, ya que sólo entre fines de 1918 y abril de 1919, las bandas de Petlura habían asesinado a alrededor de 50.000 judíos, y destruido centenares de aldeas y poblaciones. El relato que hizo una muchacha del pogrom de Proskurov, donde entre muchas otras atrocidades se vejaron mujeres embarazadas y se asesinaron a niños y ancianos – arrancó lágrimas a muchos de los presentes, y aun entre los miembros del jurado.

Shálom Schwarzbard fue absuelto en Octubre de 1927, luego de un conmovedor alegato de su abogado, Henri Torres. Sus experiencias quedaron registradas en su autobiografía en idioma ídish, “Inem Loif fun iorn” (“En el correr de los años”), que vio la luz en 1934.

Regreso a casa.

Una vez liberado, debió ocultarse un tiempo por temor a las represalias. Quiso dirigirse a Éretz Israel, pero las autoridades británicas le negaron la visa.

En 1937 pasó a Sudáfrica, en misión de la “Enciclopedia Judaica”. Falleció en Capetown al año siguiente (1938). Por su expresa voluntad, sus restos fueron trasladados a Israel (en 1967) y descansan en la granja cooperativa

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