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Ben O’Levi

REBECA CIMET PARA ENLACE JUDÍO

Ayer escuché la conferencia que Fabio Levi impartió en la Universidad Hebraica sobre Primo Levi. Excelente presentación en donde datos y situaciones puestas en un contexto real tomaron una nueva perspectiva en el problema judío en Italia.

Para ser honesta, por años no tenía idea de que hubiera una comunidad judía significativa en Italia. Fabio hablaba de que en la actualidad hay aproximadamente 30,000 judíos. Todo lo que dijo fue sumamente interesante y revelador de un sobreviviente, químico, escritor, y más que nada, inspirador del pensamiento judío del siglo XX.

Es curioso como funciona la mente humana, ya casi a punto de dormirme, recordé una experiencia relacionada con el nombre Levi y me pareció casi divertido poderla compartir.

A principios de los años 80 yo vivía en Los Ángeles, California. La mayoría de mi familia y amigos vivían en la Ciudad de México, y como seguro les ha pasado a muchos que han vivido un tiempo en Estados Unidos, mis amigos y familiares me pedían las cosas más absurdas que ni idea tenía de donde conseguirlas. No importando la complejidad, siempre trataba de darles gusto, sabiendo que México se mantenía en un aislamiento tal, que casi nada se conseguía

Así fue que una amiga me llamó para que yo averiguara quién podía hacer una foto porcelanizada para una tumba. La familia la había mandado hacer en Los Ángeles para el tío (¿o era la tía?) y ahora necesitaba la de la pareja.

Me tomó semanas correr la voz entre mis amigos judíos. Las tumbas en L.A. son placas exactamente iguales. Casi nadie había oído de esas fotos. Finalmente me dieron un dato en las calles de Fairfax, con un Mr. Ben O’Levi.

Lo fui a ver y le platiqué lo que me pedían desde la ciudad de México. Él tenía mucha experiencia y las hacía muy bien desde hacía mucho tiempo.

Mientras me tomaba los datos, yo, que tengo fascinación por las historias de otras personas, le empecé a preguntar de dónde venía?, cuánto hacía que vivía en U.S.A?, en fin, Ben empezó a relatarme su vida…

Había nacido en la URSS a principios de siglo. Cuando llegó a la edad adulta, 18 años, momento de ser reclutado en el ejército, su familia ya tenía prevista su salida del país. En esa época los jóvenes entraban al ejército y ahí se quedaban de por vida. Esa no era opción para un joven ortodoxo judío, así que su familia ya tenía lista su salida. Consistía en comprarle un caballo de pura sangre. Montado en él llegaría a la frontera y el oficial en turno se quedaría con el caballo.

Para poder ir atravesando las fronteras, hasta llegar al puerto requerido, llevaba unas hermosas botas con dinero en las tapas para sus necesidades hasta llegar a la nueva “tierra prometida”.

Ben llegó a la frontera, inseguro con el recorrido amenazante que le esperaba, solo con las palabras de sus padres, con todas las instrucciones de su futuro, resumidas en: entregas el caballo y caminas, caminas y caminas hasta llegar a los destinos acordados.

Al encontrarse con el oficial el encuentro sucedió exactamente como se lo había imaginado. En cuanto se bajó del caballo y empezó a caminar, el oficial le gritó. Se detuvo. Le exigió las botas, y así, Ben tuvo que darle las hermosas botas nuevas con todo el dinero en las tapas y dejar ahí los únicos medios que pensaba tenía para llegar a su destino final. Ben no me platicó mucho de sus peripecias para sobrevivir hasta que llegó a Ellis Island.

En ese punto tuve que volver a preguntarle: ¿Cómo un rabino como usted, dedicado a la elaboración de fotos porcelanizadas, que darán posteridad en las tumbas judías, tiene un nombre irlandés?

Me respondió que en cuanto bajó del barco, atarantado y sin una palabra de inglés, al pasar por migración, le preguntaron su nombre y el contestó en Ydish: Ij bin a Levi (yo soy de la tribu Levi). El empleado, quizás de origen irlandés, tradujo su respuesta a BEN O’ LEVI, nada que ver con su nombre ruso que ni siquiera me mencionó.

Creo que este tipo de historias, de tanta gente de nuestro pueblo que ha pasado por adaptaciones innumerables, son lo que al final nos da nuestra identidad. Nuestro universalismo. Esa identidad compleja, fracturada, que se reinventa en cada nuevo reto y circunstancia que nos va llevando nuestra necesidad de mantener con toda nuestra fuerza lo que podamos de nuestra cultura, tradición e historia.

De repente estaba escuchando a Fabio Levi, historiador, profesor universitario, capaz de compilar y transmitir la historia de un sobreviviente nacido en un mundo italiano, asimilado, ateo, que no hablaba Ydish y que con sus escritos ha dejado en cada uno de sus lectores toda una interpretación del Holocausto y su postura como judío.

Y por otro lado mi amigo Ben, judío ruso que gracias a su deserción del ejército pudo con un nombre, “casi” irlandés, sobrevivir en las calles de Farifaz manteniendo la tradición, hablando Ydish, con sus barbas y peyes, atender a una joven mexicana tratando de cumplirle un deseo a su amiga.

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