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IRVING GATELL PARA ENLACE JUDÍO

Hablar de la espiritualidad, mística y/o religiosidad de los descendientes de los Judeo-Conversos es muy complicado. En primer lugar, porque no todos son religiosos: muchos, en el proceso, optaron por la cómoda postura anti-religiosa, e incluso algunos encontraron una alternativa en la Masonería; otros, más radicalizados, son abiertamente ateos. En segundo lugar, porque los que son religiosos no practican la misma religión: muchos siguen apegados al Judaísmo, pero otros son sinceros y hasta devotos católicos, y muchos otros son protestantes activos. Finalmente, porque algunos de los que siguen apegados al Judaísmo -que serían, en última instancia, los que nos interesan en este espacio- saben que no practican la religión judía en su forma correcta, e incluso se rehúsan a hacerlo (por extraño que parezca).

En este punto, otra vez tenemos que entender estas tensiones a partir de identificar los núcleos duros y los sectores periféricos de las familias que descienden de Judeo-Conversos: en los sectores periféricos -donde incluso más mezclas se han dado con no judíos- es donde podemos encontrar más frecuentemente la anti-religiosidad o la militancia en el Protestantismo, pero también -extrañamente- el mayor respeto y valoración del Judaísmo. En contraste y paradójicamente, en los núcleos duros -los que prácticamente no se han mezclado- es donde más podemos encontrar personas sincera y devotamente católicas, o firmemente arraigadas a su Judaísmo, pero sin intenciones de practicar la religión de manera abierta.

¿Qué fue lo que sucedió para que se llegara a una situación tan, aparentemente, contradictoria? En primer lugar, recordemos que durante tres siglos de persecución inquisitorial, muchos descendientes de Judeo-Conversos se convirtieron sinceramente o terminaron por asimilarse al Catolicismo. Sin embargo, muchos de ellos permanecieron dentro de los núcleos duros de las familias de origen judío que, a la fecha, no se mezclan más que con familias similares. ¿Por qué? Porque arraigó en ellos una profunda convicción de fragilidad e inseguridad ante la arbitrariedad de la Inquisición. Por ello, para estas familias no importaba tanto la postura religiosa: judío a escondidas o devoto católico, dieron siempre la preferencia al matrimonio endogámico para mantener el grupo lo más cerrado posible, toda vez que equiparaban esta cerrazón a una mayor seguridad (y tuvieron razón; el hecho de que muchas familias de origen judío hayan sobrevivido así demuestra que, en muchos sentidos, su apreciación fue correcta). Por eso, en los núcleos duros siempre convivió el Judaísmo con el Catolicismo, y esto incluso generó prácticas religiosas mixtas.

Sin embargo, si dentro de estos núcleos duros se podía ser un católico sincero y devoto, lo cierto es que en el otro extremo nunca se intentó ser un judío religiosamente pleno. La razón es simple: tal y como muchos registros confirman, los Cripto-Judíos estuvieron perfectamente conscientes de que, dadas las circunstancias, su práctica del Judaísmo no podía ser perfecta, lo que llevó a sus líderes a evitar cualquier intento por construir una religiosidad alterada. Es decir, por respeto al Judaísmo, se abstuvieron de intentar una práctica estricta que, inevitablemente, iba a resultar imperfecta. En sustitución a ello, desarrollaron un indestructible sentido de identidad, y generaron una gran cantidad de códigos y costumbres, claramente identificables con el Judaísmo, pero imposibles de definir como “estricto Judaísmo”.

Y aquí jugó un papel muy importante otro detalle: la identidad española. Los verdaderos Benei Anusim se saben, hasta la fecha, españoles al cien por ciento. Justamente porque no se han mezclado, no sólo conservan la esencia de su identidad judía, sino también la de su identidad española. Desde su perspectiva, la expulsión de España fue un despojo cometido por una religión intolerante, pero no una traición cometida por la que tenía quince siglos o más de ser su patria. Por ello, al igual que sus parientes y correligionarios en Turquía y otros países Mediterráneos, aunque de otra manera, conservaron intacta su identidad española. Naturalmente, fue una estrategia de gran utilidad, porque -sobre todo en la provincia mexicana- los demás habitantes se acostumbraron a que si eran “gente extraña”, la razón es que eran españoles. De ese modo, la identidad judía pudo conservarse en un mayor nivel de discreción.

Como ya mencioné en algunas notas anteriores, muchos de ellos no tienen interés en identificarse como judíos, y menos aún en integrarse a las comunidades judías formalmente constituidas. Se trata del inevitable marasmo consecuencia de cinco siglos de clandestinidad: se sienten cómodos con sus hábitos, y no tienen duda respecto a que si ya sobrevivieron cinco siglos, podrían sobrevivir otros más. Naturalmente, semejante actitud conserva un sesgo ligeramente absurdo, que sólo se puede entender con mejor claridad cuando lo vemos desde la perspectiva de su identidad española: ¿por qué las últimas familias de verdaderos Benei Anusim, y al mismo tiempo verdaderos Cripto-Judíos, no se han decidido a retornar abiertamente a la fe de sus ancestros? Porque no se identifican con las comunidades judías que hay en México. Resulta lógico en el caso de los Ashkenasim de origen polaco, ruso, lituano, latvio, estonio o húngaro. Incluso, con los Mizrajim de Damasco o Alepo. Pero ¿por qué no se identifican con los Sefarditas? Porque la tradición sefardita que conocemos en México (y en el resto del mundo) construyó su identidad en el Imperio Otomano. Es decir, estamos hablando de una comunidad básicamente turca, que integra también a sefarditas de Grecia y los Balcanes. Aunque sean sefarditas, la realidad es que tienen cinco siglos de una historia muy diferente a la de los Cripto-Judíos de México. Y, en resumidas cuentas, dichas diferencias se traducen en que ninguna de las comunidades judías de México es directamente española (marcando por el momento una diferencia entre “español” y “sefardita” que espero se entienda), y los Benei Anusim son, eminentemente, españoles.

Entendiendo los proceso históricos de unos y otros grupos, estoy convencido de que los Cripto-Judíos mexicanos podrían identificarse mejor -si no es que a la perfección- con los Sefarditas de Amsterdam. En primer lugar, porque también son Benei Anusim: aunque son una comunidad judía tradicionalista desde 1617, lo cierto es que entre 1497 y 1603 tuvieron que fingirse católicos, ya que sus ancestros fueron obligados a convertirse al Catolicismo. Sólo hasta que Holanda se liberó del dominio español pudieron practicar libremente su verdadera fe. Pero eso, técnicamente, los convierte en “descendientes de forzados”. Benei Anusim. Y es un hecho que estos sefarditas holandeses conservan mucho de la idiosincrasia que también tienen los Cripto-Judíos mexicanos, especialmente en lo concerniente al matrimonio endogámico. Y, en segundo lugar, porque la mayoría de los verdaderos Benei Anusim y Cripto-Judíos en México son descendientes de judíos portugueses. La limitante es que en México no existe una comunidad sefardita portuguesa (holandesa) formalmente organizada.

Todo esto explica, en parte, por qué el mayor interés por el Judaísmo se ha gestado en los sectores periféricos. Este tipo de descendientes de Judeo-Conversos, al ser también descendientes de no judíos en mayor o menor grado, no conservan las posturas más radicales de los núcleos duros, y por ello pueden acercarse con mayor espontaneidad al Judaísmo en cualquiera de sus formas: Ashkenazí, Jasídico, Sefardita turco, Masortí (Conservador), Reconstruccionista o Reformista.

Por esa razón es que de estos grupos periféricos es de donde han surgido la abrumadora mayoría de quienes han optado por la conversión, aunque esto ha generado un interesante problema que pocas veces se entiende (tanto por judíos como por Cripto-Judíos), y que ha provocado más fricciones de las estrictamente necesarias: el rechazo.

Por “rechazo” me refiero a algo muy sencillo: la reacción más común por parte de las autoridades rabínicas de México, ante la aparición de un mexicano que dice ser judío porque desciende de los Judeo-Conversos de la Colonia, ha sido decir, simple y llanamente, que no.

Hay que decir algo a favor de cada postura: a favor de las autoridades rabínicas de México -ashkenazíes o sefarditas, jasídicas o masortim, turcas o de Damasco- debe decirse que, efectivamente, desde un criterio halájico estricto es casi imposible considerar a estas personas como “judíos”. A favor de estos pretendidos “judíos mexicanos” hay que decir que el rechazo de las autoridades rabínicas es, en última instancia, injustificado, toda vez que surge de una amplia ignorancia del fenómeno del Cripto-Judaísmo Colonial. Dicha ignorancia era entendible hace sesenta o setenta años, cuando las comunidades judías en México estaban en plena consolidación y mayormente integradas por inmigrantes o hijos de inmigrantes. Pero a estas alturas es injustificable.

El problema es complejo y debe enfrentarse, porque -a fin de cuentas- se trata de Judaísmo y seres humanos vinculados o deseando vincularse con el Judaísmo. Naturalmente, eso merece reflexiones directamente enfocadas a ello, y lo dejaremos para la próxima entrega.

Por el momento, hagamos un resumen de la mística de los verdaderos Benei Anusim en México, información indispensable para entenderlos como fenómeno social, cultural y religioso.

Tras la expulsión de España, los judíos sefarditas conservaron, de uno u otro modo, su vínculo espiritual con la Península Ibérica. “Españoles fuimos, españoles somos”, sigue siendo el credo no oficial. Sin embargo, hubo diferencias importantes: los grupos que se establecieron en Marruecos, Túnez, Argelia, Egipto, Israel, Siria y Líbano asimilaron mucho de esta identidad a la del Judaísmo oriental, y de todos ellos sólo los marroquíes conservaron un fuerte vínculo con España gracias a la consolidación de un idioma propia, el Jaquetilla. En cambio, los que se establecieron principalmente en Turquía, pero también en Grecia y los Balcanes, fueron los que preservaron una identidad propia vinculada al idioma Ladino, que no es otra cosa sino español del siglo XV fosilizado, con algunos hebraismos y arabismos turcos agregados.

La experiencia de los sefarditas de Amsterdam y de Italia fue diferente, porque se mantuvieron en el contexto europeo. Los que se establecieron en alguno de los reinos que actualmente conforman Italia se asimilaron con mucha facilidad al Judaísmo de los Italkim, tan antiguo y bien organizado como el Sefardita. En cambio, los de Amsterdam se encerraron en su identidad lusitana (recuérdese: Portugal también es Sefarad) debido a que Holanda está en el norte de Europa, donde la mayoría del Judaísmo era Ashkenazí. La diferencia de estos judíos portugueses con los ashkenazim circundantes provocó que los sefarditas de Amsterdam optaran por ningún tipo de asimilación.

Muy diferente fue la experiencia de los Benei Anusim en México: en términos simples, nunca salieron de España. Más bien, tres siglos después de que llegaron al continente americano, su país se independizó de España.

Allí está el origen de su “extraña” identidad: los sefarditas turcos son netamente españoles, pero su identidad actual está construida por cuatro siglos en Turquía y uno más en México (en el caso de nuestra comunidad). Los sefarditas de Marruecos, Siria, Líbano y otros países de Oriente han incorporado a su identidad muchos elementos netamente orientales (y era lo obvio: a fin de cuentas, son los más próximos al Israel histórico). En cambio, los Benei Anusim en México -me refiero a los núcleos duros- siguen siendo, simplemente, españoles, sin más idioma que el español. Y, después de cinco siglos de separación, resulta lógico que no se identifiquen fácilmente con el resto de las comunidades sefarditas. Hay algo que les resulta “extraño” en cada una de ellas. Acaso, la única excepción serían los sefarditas de Amsterdam, con los que tuvieron un fuerte contacto durante los siglos XVI al XVIII, pero que en la actualidad es prácticamente nulo.

Los sectores periféricos vinculados a los Benei Anusim mexicanos son distintos. En términos generales, comparten la identidad mestiza característica de México, y eso les ayuda a la hora de ser más accesibles o de desarrollar un mayor interés en el Judaísmo, sin importar de donde provenga: ashkenazi, jasídico, turco, conservador, etc.

Con esto en mente, en la próxima nota analizaremos las opciones que existen alrededor de este fenómeno. El objetivo es simple: ubicar las cosas en su lugar para que, en condiciones óptimas, los Benei Anusim sepan cómo relacionarse con el Judaísmo tal y como existe en México, y -sobre todo- qué esperar del mismo. Naturalmente, también lo contrario: que los liderazgos religiosos y laicos de la Comunidad Judía de México entiendan un poco mejor el fenómeno de los Benei Anusim en México -único por razones muy especiales que ya comentamos en notas anteriores-, y sepa qué posturas tomar y, sobre todo, qué puede ofrecer.

La parte más interesante de esta dinámica es la que tiene que ver con los integrantes de lo que hemos venido llamando “sectores periféricos”, toda vez que estos son los que han manifestado más interés en el acercamiento. Y, dadas las características del proceso histórico que tienen como antecedente, donde más dificultades surgen a la hora de ponerse frente a frente ante aquello que saben que de algún modo les pertenece, pero que todavía a muchos les parece tan distante: el Judaísmo.

Hasta la próxima.