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ESTHER SHABOT

Siria fue uno de los pocos espacios donde algo de la presencia y la influencia rusa se conservó por los nexos con el régimen de los Al-Assad.

Con el inicio de bombardeos aéreos sobre territorio sirio por parte de fuerzas militares rusas se incorpora, ya de manera mucho más directa, un actor que había estado gravitando alrededor del conflicto sirio desde siempre, pero que ahora irrumpe oficialmente en dicho escenario. Hay que recordar que cuando la URSS estaba en pie y privaba en el mundo la llamada Guerra Fría, los intereses y la presencia de Moscú en Oriente Medio eran lo suficientemente intensos y amplios como para competir contra el bando opuesto representado por Estados Unidos en especial. Pero a partir de la disolución de la URSS y de la crisis consecuente a tal desmoronamiento, Rusia no tuvo más remedio que encoger su influencia regional durante cerca de dos décadas. En ese contexto, Siria fue uno de los pocos espacios donde algo de la presencia y la influencia rusa se conservó por medio del mantenimiento de nexos de diversa índole con el régimen de la familia Al-Assad, por lo que Putin maniobra ahora para restaurar parte del poder perdido, en sintonía con el resto de su política global.

Es imposible a estas alturas pronosticar las consecuencias que tendrá la abierta intervención rusa en Siria. La complejidad extrema que ha cobrado el escenario sirio con su crueldad infinita impide cualquier afirmación acerca de hacia dónde pueden moverse las cosas. La revoltura de fuerzas en conflicto, las alianzas cruzadas y la infinidad de intereses locales y externos que se mueven por debajo, oscurecen la visión no sólo de los observadores de este drama, sino también la de sus propios actores que se mueven en ese pantanoso terreno de los hechos.

Una probada de ese caos: está el viejo y tiránico régimen encabezado por Al-Assad, quien representa los intereses de la minoría alawita de Siria y es apoyado abierta y fervientemente por Irán, el Hezbolá libanés y la Rusia de Putin, sus respaldos no sólo de ahora, sino de siempre. Combatiendo en su contra están los variopintos movimientos rebeldes que han sido estimulados desde un principio por Occidente con recursos, armas y entrenamiento, pero que no han logrado cuajar en una oposición unificada y con un liderazgo firme y reconocido. Proliferan también bandas patrocinadas por agrupaciones islamistas de orientaciones diversas como el Frente Al-Nusra, filial de Al-Qaeda, el cual se mueve con base en su agenda particular. Además, desde hace poco más de un año se sumó a esta vorágine la irrupción del Estado Islámico o ISIS, el cual ha arrasado zonas amplias del país con su indescriptible salvajismo desplegado a fin de extender el califato que pretende restaurar. El ingreso al escenario de los bombardeos por parte de la coalición occidental liderada por Estados Unidos —con la pretensión de combatir simultáneamente a Al-Assad y al ISIS— se combina ahora con los ataques aéreos rusos cuyo objetivo es salvar a Al-Assad del resto de sus enemigos.

¿Qué resultado puede tener esta mezcolanza de posturas e intereses?, es enormemente impredecible. Lo único que por ahora puede decirse con certeza es que la inclemente guerra en Siria va para largo. En ese sentido, la huída de la población civil acosada no puede sino continuar y con ello, el drama de los refugiados que se agolpan a las puertas de una Europa desconcertada y balbuceante. Aunque con un mucho menor impacto regional, de 1975 a 1990 Líbano vivió una situación parecida en virtud de concentrar en su guerra civil una multiplicidad de fuerzas en choque igual de abigarrada que en el caso de la Siria actual. Quince años pasaron hasta que la guerra en Líbano concluyó, y es realmente espeluznante pensar en que con base en ese antecedente y en lo que se aprecia en el presente, pueda seguir Siria sumida por años en el infierno en que se ha instalado ya. Por desgracia, las cosas apuntan en ese sentido.

 

Fuente:excelsior.com.mx