Inicio » Opinión » Análisis » 14 de mayo de 2018: Un día histórico para Israel

14 de mayo de 2018: Un día histórico para Israel

Enlace Judío – ¿Impide este movimiento un acuerdo de paz con los palestinos? Absolutamente no. De hecho, tal vez a largo plazo acelere las posibilidades al señalar a su liderazgo de que no necesariamente tienen el continuo lujo de evitar la mesa de negociaciones y rechazar un acuerdo tras otro.

DAVID HARRIS

El 14 de mayo se avecinó en 1948.

Era la fecha, según el calendario secular, cuando nació el moderno Estado de Israel. Fue un momento de éxtasis. Habían pasado casi 19 siglos desde que fue destruida la última oportunidad para la soberanía judía. Pero las oraciones por un regreso a la tierra ancestral y a Jerusalén, el latido del corazón del Pueblo Judío, nunca se detuvieron a través de todos los años errantes, de exilio y de persecución.

Y ahora volvamos al 14 de mayo de 2018.

Este día será recordado, sobre todo, por otra celebración: el traslado de la embajada norteamericana desde Tel Aviv al lugar que le corresponde en Jerusalén.

Estoy en la capital de Israel para unirme a las festividades y expresar mi agradecimiento, en nombre del apartidista Comité Judío Estadounidense (AJC), a la administración Trump por su valiente decisión.

No debió de haber sido tan valiente. Todos los países deberían tener derecho a elegir su propia capital. Pero esa regla política básica se aplica a cada nación en la tierra, excepto una.

Piénsenlo. Los otros 192 estados miembros de la ONU escogen el sitio para su capital y no es asunto de nadie más.

Sin duda, los diplomáticos asignados a Australia preferirían estar situados en Melbourne o Sydney, pero la elección política fue Canberra y eso fue todo.

Tampoco nadie hizo ningún comentario cuando Alemania, tras la reunificación, trasladó su capital de Bonn a Berlín, obligando a los gobiernos de todo el mundo a gastar una fortuna para encontrar nuevas instalaciones en Berlín.

Lo mismo ocurre con Kazajstán, que decidió trasladar su capital de Almaty a Astaná en 1998, lo que trastornó las vidas de todos los países que tenían un puesto diplomático en la nación de Asia Central.

O tomemos a Nigeria, que decidió abandonar Lagos y crear una nueva ciudad capital en la distante Abudja en 1991.

Pero Israel, y solamente Israel, se ha encontrado en la posición única de tener su autoproclamada capital en Jerusalén, mientras que otras naciones insisten en que su capital está en Tel Aviv, donde ubican sus embajadas y residencias.

¿Por qué?

Bien, se nos dice, es porque la resolución original de la ONU que recomendaba una solución de dos Estados, adoptada en noviembre de 1947, designaba a Jerusalén como un corpus separatum, una ciudad sin afiliación soberana a los Estados árabes y judíos propuestos.

Pero el mundo árabe rechazó la resolución en su totalidad y declaró la guerra a Israel. Afortunadamente, Israel, aunque superado en armas y soldados, prevaleció. La parte occidental de Jerusalén quedó bajo control israelí. Las oficinas del presidente y el primer ministro, la Knéset, la Corte Suprema y el Ministerio de Relaciones Exteriores se establecieron allí.

Durante casi siete décadas, hemos sido testigos de la anomalía de los líderes mundiales, cuyos países rechazan a Jerusalén como la capital de Israel, viajando justamente a esa ciudad para reunirse con presidentes y primeros ministros israelíes, ver a los miembros de la Knéset y dialogar con el Ministerio de Asuntos Exteriores.

Qué absurdo tan evidente.

También se nos ha tratado con la afirmación de que el status de Jerusalén no debería determinarse hasta que haya un acuerdo de paz definitivo. Pero eso les da a los palestinos poder de veto sobre el proceso, incluso si han rechazado una propuesta tras otra, incluidas aquellas que esencialmente dividirían a Jerusalén en dos partes.

¿Por qué debería la capital de Israel ser rechazada por la comunidad internacional ad infinitum porque los líderes palestinos se niegan a hacer un acuerdo?

En el caso de EE.UU., la situación fue un poco diferente. La retórica a menudo estaba en lo correcto, e incluso había legislación del Congreso (la Ley de la Embajada de Jerusalén de 1995) para respaldarla, pero los resultados nunca coincidían con las palabras.

En el año 2000, por ejemplo, George W. Bush dijo: “Algo sucederá cuando sea presidente. Tan pronto como tome posesión de mi cargo, comenzaré el proceso de trasladar la embajada de EE.UU. a la ciudad que Israel ha elegido como su capital”.

Durante ocho años, el presidente Bush tuvo la oportunidad de hacer precisamente eso. Durante ocho años, sin embargo, se negó.

En 2008, Barack Obama declaró, “Jerusalén seguirá siendo la capital de Israel, y debe permanecer indivisible”.

En los siguientes ocho años, el presidente Obama no solo no se movió para cumplir su compromiso, sino que realmente dio un gran paso atrás.

Cuando la oficina del secretario de prensa de la Casa Blanca publicó el texto completo del elogio del presidente Obama en el funeral de Shimon Peres en 2016, se incluyeron las palabras “Monte Herzl, Jerusalén, Israel” para indicar la ubicación.

Poco después, la Casa Blanca eliminó deliberadamente la palabra “Israel” del texto, para con ello, en efecto, dejar huérfana a Jerusalén. Ya no estaba ubicada en ningún país, incluso cuando Peres, con Obama presente, estaba siendo enterrado en Jerusalén como un estadista israelí.

En septiembre de 2016, Donald Trump se comprometió a trasladar la embajada estadounidense a Jerusalén. Algunos observadores, comprensiblemente, pensaron que simplemente estaba repitiendo lo que sus predecesores, haciendo una promesa de campaña que no tenía intención de cumplir. Pero quiso decir lo que dijo, y es por eso que todos nos reunimos en Jerusalén para conmemorar esta ocasión histórica, que se cumplirá dos días después.

En septiembre de 2016, Donald Trump se comprometió a trasladar la embajada estadounidense a Jerusalén. Algunos observadores, comprensiblemente, pensaron que simplemente estaba repitiendo el loro de sus predecesores haciendo una promesa de campaña que no tenía intención de cumplir. Pero quiso decir lo que dijo, y es por eso que todos nos reunimos en Jerusalén para conmemorar esta histórica ocasión, a la que seguirá dos días después, debe notarse, por la decisión guatemalteca de hacer lo mismo.

En el mundo hiperpartidario de hoy, es probable que muchos de los que se oponen al presidente en otros asuntos no le den ningún crédito por este movimiento. Pero seguimos siendo ferozmente no partidarios y los llamamos tal como los vemos.

El presidente Trump, como él dijo, simplemente reconoció la realidad: Jerusalén es la capital de Israel. Punto.

¿Impide este movimiento un acuerdo de paz con los palestinos? Absolutamente no. De hecho, tal vez a largo plazo acelere las posibilidades al señalar a su liderazgo de que no necesariamente tienen el continuo lujo de evitar la mesa de negociaciones y rechazar un acuerdo tras otro.

¿Y previene la posibilidad de un Estado palestino que incluya parte de Jerusalén dentro de sus fronteras, permitiendo que los palestinos declaren su propia capital? Nuevamente, de ninguna manera.

El 14 de mayo de 2018 es un día especial en la vida de Israel. Y es un orgulloso día para ser un amigo norteamericano de Israel.


Las opiniones, creencias y puntos de vista expresados por el autor o la autora en los artículos de opinión, y los comentarios en los mismos, no reflejan necesariamente la postura o línea editorial de Enlace Judío.

Fuente: The Algemeiner / Reproducción autorizada con la mención siguiente: ©EnlaceJudío

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *


Send this to friend