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Janucá y la importancia de luchar por lo que creemos

Enlace Judío México / Rab. Jonathan Sacks – Janucá es la festividad en que los judíos festejamos la victoria obtenida hace más dos mil años sobre libertad de credo. Trágicamente, esa batalla sigue siendo relevante hoy, y no sólo para los judíos, también para la gente de todos los credos.

La historia judía es sencilla. Al rededor del año 165 a. E.C. Antíoco IV, gobernante de la rama Siria en el imperio alejandrino, empezó a imponer la cultura griega a los judíos de Israel. Los recursos del Templo fueron robados y usados en juegos públicos y representaciones dramáticas; una estatua de Zeus fue colocada en Jerusalén y prácticas judías fueron prohibidas tal como la circuncisión y la observancia del Shabat. Fue una de las crisis más grandes en la historia judía. Hubo la posibilidad de que el judaísmo, el primer monoteísmo de la humanidad, se extinguiera para siempre.

Un grupo de judíos devotos se alzó en rebelión. Liderados por un sacerdote (Matatías de Modín) y su hijo (Judas el Macabeo), empezaron la lucha por la libertad. Superados en número sufrieron grandes tragedias, sin embargo, en el lapso de tres años habían asegurado la victoria. Jerusalén regresó a manos judías, el Templo fue consagrado nuevamente y las celebraciones duraron ocho días. Janucá que significa “consagración” fue establecida como una festividad para perpetuar la memoria de esos días.

Casi veintidós siglos han pasado desde entonces. Sin embargo, la libertad de credo sigue estando en peligro hoy en día en muchas partes del mundo. Los cristianos son perseguidos por todo el Medio Oriente y partes de Asia. En Mosul, la segunda ciudad más importante de Irak, los cristianos han sido perseguidos, torturados, crucificados y decapitados. La comunidad cristiana, una de las más antiguas del mundo, ha sido expulsada. Los yazidíes miembros de una religión Antigua, han sido perseguidos por el mismo genocidio.

En Nigeria, Boko Haram, un grupo islámico ha capturado niños cristianos y los han vendido como esclavos. En Madagali, los hombres cristianos fueron perseguidos y decapitados; sus mujeres fueron forzadas a convertirse en musulmanas y obligadas a casarse con los terroristas como esposas. Por si fuera poco, Boko Haram no se ha limitado a perseguir cristianos. También ha atacado a instituciones musulmanas por igual, y se sospecha que está detrás del ataque a la Gran Mezquita en Kano.

La violencia de sectas religiosas en la República de África Central ha llevado a la destrucción de casi 436 mezquitas. En Burma, 140,000 musulmanes ruangás y 100,000 cristianos jingpo han sido obligados a partir. No es sorpresa que los reportes internacionales de libertad religiosa declaren “una crisis humanitaria encendida por las olas del terror, la intimidación y la violencia.”

Países donde la crisis es tangible incluyen a Burma, China, Eritrea, Irán, Corea del Norte, Arabia Saudita, Sudán Turkmenistán, Nigeria, la República Central Africana, Egipto, Ira, Paquistán, Tajistán y Vietnam. Tan sólo en Siria, donde se realizan los peores crímenes contra la humanidad, 6.5 millones de personas han sido desplazados internamente, mientras que 3.3 se han vuelto refugiados en otro lugar.

La violencia no está confinada a estos lugares. Como se ha vuelto evidente en los últimos ataques terroristas en Francia e Inglaterra, donde cientos de personas han muerto, la globalización significa que el problema de un lugar puede ser exportado a cualquier parte del mundo. Sería difícil encontrar un precedente en la historia reciente de esta ola creciente de caos y barbarie. El final de la Guerra Fría resultó no ser el inicio de una era de paz, sino el comienzo de una era donde prolifera el conflicto tribal, étnico y religioso. Región tras región se ha reducido a lo que Thomas Hobbes llamó “la guerra todos contra todos” en la que la vida se vuelve “solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta”

¿Existe una salida hacia adelante? Hace más de medio siglo el filósofo inglés John Plamenatz señaló que la libertad religiosa nació en Europa en el siglo diecisiete después de una serie de guerras de fe. Sólo era necesario un cambio de creer que “la fe es lo más importante; y por ende todo el mundo debería honrar la única fe verdadera” a la creencia de que “la fe es lo más importante; por ende todo el mundo debería ser capaz de honrar su propia fe.”

Esto significa que la gente de todas las creencias finalmente tuvo la seguridad de que cualquiera que fuera la religión predominante del momento, él o ella aún tendrían la oportunidad de obedecer su propia conciencia. La conclusión tan asertiva de Plamenatz fue que la “libertad de la conciencia nació, no de la indiferencia, no del escepticismo, ni de la mera apertura de mente, sino de la fe.” El simple hecho de que mi religión es importante para mí, me permite entender que tu religión tan distinta a la mía es igualmente importante para ti.

Hubo mucho derramamiento de sangre antes de que la gente estuviera preparada para aceptar esta simple verdad, por lo cual nunca debemos olvidar las enseñanzas del pasado si queremos evitar repetir los mismos errores. Janucá nos recuerda que la gente siempre va a pelear por libertad de credo y el intento de separarlos de ello siempre acabará en una derrota.

El símbolo de Janucá es la menorá (candelabro), la cual prendemos por ocho días en memoria del candelabro del Templo, purificado y consagrado por los macabeos hace varios siglos. La fe es como una flama; si uno la cuida da luz y calor, pero si la deja suelta puede quemar y destruir. Necesitamos en el siglo veintiuno un Janucá global: una celebración de la libertad para todas las creencias del mundo. Ya que aunque mi fe no sea la tuya, y la tuya no sea la mía, si cada uno de nosotros somos libres de prender nuestra propia llama, podemos acabar con un poco de la oscuridad del mundo, juntos.

Fuente: Rab. Jonathan Sacks Online

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