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El tiempo y los años ¿Qué nos dice el judaísmo de la edad?

Enlace Judío México e Israel – En la cultura griega el tiempo se representa como un dios inmaterial que a veces toma forma de serpiente, león u hombre. Esto alude a los múltiples significados que el tiempo puede tener para nosotros. A veces es favorable y sabio como un anciano que nos acoge y a veces es una bestia dominante que destruye a dos amantes o acaba con la alegría de un joven. No importa cómo el tiempo siempre es más fuerte que nosotros; está ahí para destruirnos. En el judaísmo, la idea del tiempo es completamente diferente, al carecer de arquetipos pasa a representar una de las formas en que D-os mismo se expresa y nos guía para que aprendamos de cada etapa que la vida nos trae. En lo personal, encuentro está perspectiva bastante liberadora pues el tiempo se vuelve una compañía o un reto en vez de un enemigo. El siguiente artículo pretende hablar de cómo se perciben el tiempo y las edades en el judaísmo. Esperamos les guste

Midrash y Mishná

Como toda cultura que abarca más de mil años, el judaísmo tiene ideas y conceptos que se van desarrollando a lo largo del tiempo y que no tienen una fuente tajante como lo sería un tratado específico, una disertación o un manifiesto. La edad es una de ellas, a diferencia de la siembra, el cultivo, los juzgados o las festividades no existe un tratado talmúdico que hable específicamente del tiempo o las edades; no hay un compendio que nos diga cómo debemos comportarnos a los cinco años o que actividades son ejemplares para la vejez. Lo que tenemos son citas en el Tanaj y la Torá regadas por todo el texto, referencias a las edades de los personajes, relatos de la tradición oral, comentarios en distintos tratados del Talmud, referencias de la Kabalá y análisis hechos por rabinos posteriores. Aunque hay mucha información de cómo se debe ver la edad en el judaísmo no hay un texto que la resuma toda y que la vuelva una perspectiva tajante. Usualmente, la gente cuando busca consuelo se refugia en los ritos judíos que se hacen en ciertos momentos claves de la vida como el bar mitzvá, el matrimonio o el “upsherin” (el primer corte de pelo en un niño). Éstos nos dan una pauta bastante completa y profunda de lo que es la edad, sin embargo, hay periodos enteros de la vida que quedan desatendidos a los cuales nadie pone atención y la Mishná o el midrash sí abordan. Trataremos de dar la perspectiva más completa que nos sea posible.

Toda reflexión sobre las edades y el paso del tiempo en la persona empieza por dividir la vida en distintas etapas. Nunca es igual un anciano que un niño, ni un adulto en su primera juventud que a la puerta de la vejez. Dependiendo de cómo hagamos la división va depender de cómo veamos cada etapa. En el judaísmo cada perspectiva distinta tiene su propia división. La Kabalá divide los años de una persona en doce, correspondientes a los doce meses del calendario judío y los doce símbolos del zodiaco. En la Torá, el Tanaj y el Talmud encontramos divisiones muy generales que se refieren a las personas como niños, jóvenes, adultos o viejos; sin embargo, en la Mishná y los midrashim encontramos divisiones más especificas que separan cada etapa en dos o tres fragmentos; de tal manera que la vida se puede dividir en siete, diez o catorce etapas. Cada uno tiene su razón de ser y se basan en metáforas para trasmitir su significado.

Nosotros haremos la división más tradicional y referiremos lo que dice cada fuente a cada edad específica. Sin embargo, nos basaremos primordialmente en la división por edades que marcan los dos textos más famosos en el tema, los cuales son: Pirkei Avot (Dichos de nuestros padres) 5° capítulo y Midrash Tanhuma. El primero habla de las edades a través de los retos que uno encuentra con cada uno con los años, siendo la adultez y la vejez su enfoque principal; mientras que el segundo habla del desarrollo del hombre a través de su parte corporal y las respuestas sociales que recibe, se enfoca primordialmente en la infancia. El primero nos lleva a una reflexión de cómo cada etapa nos ayuda a crecer espiritualmente, mientras que el segundo nos hace ver que sin un sentido espiritual que se mantenga a lo largo del tiempo, la vida puede ser profundamente básica, casi animalesca.

Cabe rescatar que aunque se marquen las etapas dentro de los textos judíos; no quiere decir que su interpretación necesariamente deba ser literal, las edades a veces son referencias metafórica. Deben ser vistas más como una pauta o una guía para entender el mundo que nos rodea y nuestro desarrollo interno, más que como una meta que debe cumplirse. No son definiciones pensadas para obligar a la gente a comportarse de una manera determinante, sino en sí describen los anhelos que se tienen a esas edades o la condición en la que se vive.

Infancia y Juventud

Los tres años. Individualidad

En relación a la infancia, las fuentes judías básicamente marcan tres etapas distintivas. La primera es entre que el niño nace y adquiere conciencia, la segunda cuando empieza a ser letrado y la tercera cuando tiene mayor noción moral y de su entorno. De la primera etapa se nos dice muy poco, los relatos orales primordialmente describen al bebé como una especie de rey que no tiene conciencia del entorno que lo rodea, sin embargo relatan como lentamente la persona reconoce las situaciones sociales en las que está inmiscuido, hasta que ya puede pararse erguido, caminar y ya no siente fascinación por ensuciarse.

Se considera que el final de esta etapa llega alrededor de los tres años; a esta edad el niño ya está configurado como individuo, ya reconoce plenamente a sus padres y se comunica con ellos. Ésto se celebra con una tradición llamada “upsherin” en donde al cumplir los tres años se realiza el primer corte de cabello al niño, lo que se está festejando es la evolución que ha tenido. La halajá también reconoce un cambio a partir de esta edad, en leyes sobre como educar a los hijos se le recuerda constantemente a los padres la carencia de conciencia que un niño de esta edad tiene, está determinantemente prohibido pegarles y se les recuerda que el niño a esta edad no tiene ninguna obligación halájica. Usualmente no se les enseña ninguna norma ni mitzvá antes de que cumplan esta edad.

Los cinco años. La edad de la lectura

La segunda etapa que se rescata en los textos judíos es la etapa en la que el niño empieza a desarrollar curiosidad intelectual por el mundo que lo rodea; los textos recomiendan que sea a esta edad que se le empiece a enseñar a leer. En las escuelas y yeshivot existe una tradición muy antigua de enseñar al niño a leer con miel, se escriben las letras en una tabla de tal forma que siguiendo la forma de la letra con su dedo o con la lengua puede saborearla mientras la aprende. Constantemente los textos nos recuerdan que es muy importante fomentar el interés del niño en esta etapa. En Pirkei Avot se nos dice que a esta edad uno empieza a aprender Torá, a leer de ella. Aunque en algunas escuelas ortodoxas el procedimiento pedagógico que se lleva a cabo es exactamente éste (es a los cinco años que los niños leen por sí mismos los relatos bíblicos) el pasaje no necesariamente implica que debe ser de esta forma, sino es una manera de mostrarnos cuál es el primer acercamiento que tiene cualquier persona a la tradición. También es una forma de señalar la profundidad con la que un niño de esta edad se relaciona.

Al mismo tiempo existen también muchas leyes halajicas que hablan sobre la obligación que tienen los padres de enseñar a su hijo y contratar un maestro en caso de que ellos mismos no puedan o no sepan hacerlo. En estas leyes se considera la forma en que se debe de hablarle a los niños, los temas que se enseñan y la paciencia que se debe de tener.

Nueve y diez años. Inicio de la conciencia

Si bien se considera que la persona no adquiere conciencia moral plena hasta la edad de Bar / Bat Mitzvá (12 o 13 años), es a los nueve que empieza a tomar conciencia moral. Si a los cinco años, el niño sólo tiene responsabilidad sobre su estudio, a los nueve ya se hace responsable de casi todas las leyes judías y aunque aún no se considera que sea acreedor a un castigo por incumplirlas se espera de él que las lleve a cabo. Incluso en épocas del Sanhedrín a los nueve años una persona ya podía ser llamado frente a una corte judía y ser juzgado por crímenes graves como pegar a los padres. Pirkei Avot remarca el nuevo surgimiento moral señalando que es a los diez años que uno empieza a aprender de la Mishná. Eso implica que a esa edad uno está envuelto con disertaciones internas sobre la forma de actuar correctamente. Es el final de lo que sería la etapa infantil.

Doce y trece años. Edad de las mitzvot

Si bien la conciencia moral empieza a forjarse a los nueve años, no es sino hasta los doce o trece años que realmente se termina de desarrollar. Y es a esta edad en que la persona entra a la etapa adulta para el judaísmo, porque el pensamiento lógico y moral ha terminado de construirse y la persona ya puede hacerse responsable de sus acciones, porque ya puede entender con plenitud las consecuencias de las mismas. Hasta antes de este punto se considera que el niño actúa de forma más instintiva o emocional que consciente; no se le puede inculpar plenamente por sus errores.

A esta edad se celebra lo que se conoce como “Bar Mitzvá” (en caso de los hombres) y “Bat Mizvá” (en caso de las mujeres), lo cual quiere decir “hijo o hija de los mandamientos”, ya que es hasta este momento que uno está obligado a ellos, porque antes no tiene las herramientas para aceptarlos, ni entender sus implicaciones. Aunque se considera al joven un adulto ciertos temas, hay aspectos en los cuales aún se le libra de culpas frente a las cortes rabínicas. En épocas de Sanhedrín hay ciertos castigos a los cuales uno no era acreedor sino hasta los veinte años y en el Talmud es explicito que no existe juicio divino, ni pena en el Cielo para aquellos que son menores a dicha edad.

Dieciocho y veinte años. Matrimonio

Curiosamente los textos judíos hablan de esta etapa como la etapa de mayor vigor y libertad que tiene el hombre:“Puede ser comparado con un caballo alegre que corre a galope y confía en su juventud” (Midrash Tanhuma). En casi todos se recuerda que es la edad en donde uno persigue el amor y que el mayor reto del hombre en este momento es formar una pareja con la que después tendrá familia: “A los dieciocho la jupá (el casamiento) y a los veinte la búsqueda.” También se recuerda que es el momento que la persona sale a forjarse camino en el mundo; a buscar su propio sustento.

El rito que más se resalta en esta etapa es el de la boda, porque concreta el sentido de todo lo que el judaísmo defiende. Es la máxima expresión de amor e intimidad en este mundo y poder encontrar una pareja con la cual compartir la vida es uno de los ideales más altos a los que la persona puede aspirar.

Adultez y Vejez

Uno de los aspectos más interesantes del judaísmo es que en lugar de ver a la vejez como años de declive o decadencia, la ve como la mejor época de la persona, porque es la época en la que más sabiduría tiene y en que empieza a cosechar los frutos de los años pasados. Sin embargo, no es una cosecha pasiva, sino el momento de mayor construcción. El rebe de Lubavitch solía decir que “si perdimos el tiempo en la juventud, con mayor razón no lo vamos a perder en la madurez” la edad madura bajo esta luz es el momento de recuperar el tiempo que desperdiciamos de jóvenes. Esto lo podemos ver también con las edades de los personajes en la Torá, la gran mayoría de ellos empiezan su labor más difícil después de los ochenta años y hablan con D-os hasta muy entrada su vejez, Sará da a luz a los noventa años, Moisés y Aarón hablan con el faraón a los ochenta años.

¿Por qué es esto así? ¿Por qué D-os le da a sus seguidores la tarea más difícil en sus años menos vigorosos? Porque son los años que mayor fortaleza espiritual tienen y las pruebas que les da jamás las hubieran podido realizar si no hubieran tenido esa edad. La vejez aunque carece de ritos para el judaísmo es la etapa más importante de la vida, porque son cuando vienen a nosotros los retos más grandes que tenemos.

Ahora, Pirkei Avot nos recuerda que este ascenso al conocimiento y a la sabiduría es paulatino, al igual que el niño y el joven se desarrolla por etapas. El adulto y el viejo adquieren sabiduría con las décadas también.

A los cuarenta, el entendimiento; a los cincuenta, el consejo; a los sesenta la sabiduría; a los setenta, la plenitud; a los ochenta la fortaleza.

Al final lo que los textos nos comunican es que cada año vale de distinta forma, porque cada año es un reto distinto, desde el mundo de las letras que se le abre al niño hasta la fortaleza de carácter que el viejo desarrolla. Pirkei Avot es una advertencia de cómo aprovechar bien los años y cómo conocer nuestros anhelos.

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