Enlace Judío México e Israel –  La vida sexual no es solamente una actividad más que comparten los miembros de una pareja, como podría ser un deporte que practican juntos o el gusto por la ópera.

La vida sexual es uno de los pilares más importantes de una relación. Es en realidad el recipiente que contiene a la relación. Por sexo no me refiero solo a lo que sucede en la cama sino a todo el contacto físico y emocional entre la pareja: cuando se hablan, cuando se ven, cuando se tocan, cuando están juntos o separados. Si el recipiente está defectuoso o roto, su contenido se va a fugar y eventualmente a desaparecer y si se trata de repararlo con un mal parche, este contenido se puede llegar a contaminar y volverse nocivo.

En esta época de pandemia y reclusión se están poniendo a prueba las relaciones. Las buenas, mejoran, y las malas, empeoran. Se dan infinidad de escenarios; la pareja que quedó separada y que ha pasado semanas extrañándose, comunicándose solo por medio de celular y que ansía el momento de poder tocarse, besarse y hacerse el amor; la pareja que quedó encerrada pero que alguno de los dos –o ambos– mantenía una relación extramarital, que no puede atender y no puede fingir que siente deseo ni placer por su cónyuge; los recién casados, que apenas empezaban a conocerse y que en un curso ultrarrápido tienen que aprender las costumbres, manías y gustos del otro, sin tiempo para adaptarse, y se plantean si se casaron con la persona adecuada y empiezan a considerar el divorcio en cuanto termine el aislamiento.

Pero también están las parejas que, por el exceso de trabajo y la costumbre, se habían olvidado de quién era el otro y por qué lo habían elegido como compañero de vida y este encierro les sirvió para reencontrarse y refrendar su amor y su compromiso.

Lo que es innegable es que ahora que sobra tiempo para practicar sexo, este se ha vuelto, en la mayoría de los casos, problemático y una fuente de angustia y frustración.

Todo el futuro es incierto, empezando por el miedo a la muerte que cada vez visita a personas más cercanas a nosotros. El aspecto económico, si nuestro negocio sobrevivirá o si tendremos trabajo, lo que afectará a nuestro nivel de vida y los planes de educación de los hijos, retiro, vacaciones, pequeños o grandes placeres, etc.

Al no poder salir a las calles a trabajar, a distraernos, a ver a otras personas, todo el estrés queda encerrado dentro de nuestra vivienda, haciéndonos intolerantes y malhumorados. Esto tiene un efecto directo en la libido, en el apetito sexual. El sexo es una de las actividades más relajantes, cuando es satisfactorio, pero también es una de las más angustiantes cuando es lo contrario. Los hombres muestran problemas de erección o eyaculación prematura, las mujeres, anorgasmia, dolor, falta de lubricación. Y ambos, falta de deseo, lo que trae consigo sentimientos de rechazo o falta de capacidad, de los que estamos poco acostumbrados a hablar y por esto, se manifiestan en actitudes agresivas o depresivas.

Por eso, en estos momentos se vuelve más importante de lo que ya normalmente es, el tener un acercamiento, una apertura sana a los temas sexuales.

El artículo anterior terminó con la experiencia del encuentro con otra persona y el primer beso, lo que eso significa como el primer paso a la aceptación y la intimidad con una persona en particular.

Pasar al siguiente nivel de intimidad es algo escabroso: la desnudez. Al ser expulsados Adán y Eva del Edén, recibieron un terrible castigo: la vergüenza física. Se les condenó para siempre a sentirse avergonzados de sus cuerpos desnudos. Siglos después, es evidente que usamos ropa no solo para protegernos de los elementos sino, y quizás en primer lugar, para evitar el rechazo al permitir que otros vean nuestras carnes. Aún en la juventud más atlética, siempre hay detalles en nuestros cuerpos que desearíamos cambiar. Este malestar es más existencial que estético. Hay algo fundamentalmente vergonzoso en mostrar a otros nuestro cuerpo adulto, un cuerpo capaz de desear y tener sexo.

Esta inhibición comienza en la adolescencia, cuando maduramos y empezamos a estar listos para el sexo. Se empieza a separar nuestra vida pública de nuestra identidad sexual privada y nos es imposible compartir nuestras fantasías sexuales y nuestras características físicas. Al ir creciendo, la división de nuestras dos identidades también crece. Por un lado, está la persona que es socialmente aceptada mientras que por dentro tenemos pensamientos lujuriosos y fantasías sexuales que consideramos inconfesables.

Y así crecemos, hasta que estamos con esa persona, con la que nos besamos, por la que sentimos deseo y con la que nos desnudamos. Es este un momento de reconciliación de las dos personalidades sexuales secretas, escondidas, que salen, por fin, de su soledad “pecadora” y a través de caricias, se encaminan en la misma dirección, a encontrarse con sus, hasta entonces inconfesables fantasías.

Los dos se dan cuenta de la reacción y la excitación de su compañero, que es una señal de aceptación. Esta no solo es una satisfacción erótica. Es intensamente emocional, ya que las señales de excitación no pueden ser ejecutadas a voluntad, como lo son las interacciones sociales de amabilidad en la vida cotidiana. Si hay erección es que hay un deseo que no puede ser fingido.

El placer sexual, incluyendo el orgasmo, es mucho más que la pura sensación física generada por la fricción de dos paquetes de órganos sexuales que obedecen el mandato de propagar la especie. El placer que obtenemos del sexo está ligado a nuestro reconocimiento y aprobación de determinados ingredientes de una buena vida que hemos encontrado en la otra persona. Si analizamos detenidamente lo que consideramos cono “sexy”, entenderemos claramente que el erotismo es la sensación de excitación que experimentamos cuando nos encontramos con otro ser humano que comparte nuestros valores y el significado de nuestra existencia.

En el sexo pleno, el orgasmo marca el momento supremo cuando nuestra soledad y alejamiento desaparecen por un instante. Todo lo que hemos ido gozando de nuestra pareja se combina en un destilado concentrado de placer que deja a cada uno particularmente tierno y vulnerable hacia el otro. Repito, en el sexo pleno, que es muy diferente del sexo comercial o desviado.

Y todo esta experiencia extraordinaria –por lo menos así debería ser– es sorprendentemente breve. Al terminar vienen diferentes reacciones y maneras de retomarla.

Lo mágico es que siempre tenemos el equipo, el hardware para hacerlo. En lo que tenemos que enfocarnos es en el software

Continuará…

 


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