Juntos Venceremos
domingo 19 de julio de 2026
Plato de Pésaj

Irving Gatell/ La Ley y la Libertad

Otra vez es Pésaj, y otra vez volvemos a reflexionar en lo que significa la libertad para el pueblo judío. En tiempos en los que los autoritarismos están más desaforados que de costumbre, vale la pena reflexionar en lo que ha representado la Ley en la construcción de sociedades libres y prósperas.

A muchos podría parecerles paradójico, si no es que absurdo: liberar al pueblo de Israel del yugo del faraón, sólo para llevarlo al desierto y darle una ley bajo la advertencia de que, en caso de no cumplirla, tendrá que soportar el castigo divino.

¿Para eso se quería la libertad? ¿Para terminar sometidos a un nuevo código legal?

El concepto de ley es algo que ha obsesionado a la humanidad ya desde muy antiguo. La existencia de una normatividad que regule las relaciones humanas es tan antigua como las sociedades mismas. Y mientras más grande es el grupo, más complejas son las reglas de convivencia. En un clan de cazadores que no supera unas pocas decenas, la ley es algo que puede enseñarse oralmente, y su aplicación puede depender directamente del jefe del grupo. Pero cuando empezaron a proliferar las sociedades sedentarias y agrícolas, integradas por miles o decenas de miles de personas viviendo en una misma ciudad o una misma región, los códigos legales empezaron a ser más sofisticados y, por necesidad, empezaron a ponerse por escrito.

Lógicamente, esos marcos jurídicos tenían como función principal mantener el control de la conducta colectiva, y a efectos prácticos eso se traducía en un mayor poder del aparato estatal (monárquico por definición, en aquellas épocas).

Eso es acaso lo más interesante de la Torá como concepto de ley en la experiencia del Éxodo.

El pueblo judío se libera de la opresión de un rey, pero no rechaza la necesidad de una ley. Lo inaudito es que es un marco regulatorio totalmente ajeno a una estructura estatal. El pueblo que le dice a D-os que acepta su Ley, es uno que estará vagando durante cuarenta años en un desierto inhóspito, y que luego se asentará en Canaán sin más liderazgo político que los caudillos locales (jueces). Los reyes van a llegar cientos años después de la Torá, y no sin la molestia del profeta Samuel y de D-os mismo.

Con este planteamiento inserto en un relato que a muchos les parece mejor folclor típico de un pueblo ganadero y campesino de la antigüedad, la tradición judía se le adelantó por mucho a los grandes liberales de la Ilustración (como Locke), o incluso a los más destacados anarquistas del siglo XIX (como Bakunin).

¿Te imaginas? Un pueblo en el que la Ley no es una regulación al servicio del aparato estatal y del rey, sino algo que vale por sí mismo.

La Torá se nos presenta como un marco legal que no depende de la noción de que una sociedad debe vivir controlada, sino de la convicción de que lo correcto se debe hacer porque es lo correcto, y lo incorrecto se debe evitar porque es lo incorrecto.

Es un parámetro moral, no un parámetro político.

Pero afecta en lo político, por supuesto. No se trata de evitar una cosa por la otra, sino de ponerlas en su orden correcto. Es decir, la base de todo no son los intereses del rey (o del estado), sino los de la ciudadnía, los del ser humano libre.

Hace 33 siglos no eran épocas fáciles para que estas ideas prosperaran. Faltaba mucha historia por recorrer, mucha evolución social por alcanzar, mucho desarrollo económico por lograr.

Si nos ponemos medianamente exquisitos, fue hasta después de la Revolución Industrial que se sentaron las bases para el desarrollo de economías lo suficientemente prósperas como para realmente poder combatir la pobreza, y por ello fue también hasta la era moderna que pudimos comenzar a dimensionar la importancia de la Ley como algo que vale por sí mismo.

La mejor sociedad es aquella en la que sus integrantes son libres. Paradójicamente, eso implica reconocer la libertad del otro y, por lo tanto, asumir los propios límites. Así pues, libertad no es lo mismo que carecer de límites, aunque sí significa tener la capacidad de tomar las decisiones propias.

¿Cómo encontrar el sutil y a veces difuso equilibrio entre los derechos propios y los demás?

Ese es el punto donde la Ley funciona como el dinero.

Velo de este modo: el trueque puede parecer muy lindo como modo de intercambio, y lo podemos romantizar todo lo que querramos, pero la realidad es que es muy impráctico. Cada transacción debe seguir su propia lógica, porque cada producto —dependiendo del peso y del tamaño— puede tener un valor distinto, incluso en la percepción de cada cliente o de cada vendedor.

Por eso se inventó el dinero: un territorio conceptual intermedio que VALE LO MISMO PARA TODOS y, por lo tanto, facilita la transacción.

Así es la Ley, aunque no para la transacción de productos o servicios, sino para la transacción de conductas. Es el punto intermedio conceptual que al marcar mis límites como individuo, define al mismo tiempo el espacio en el que me puedo desenvolver libremente. En el comercio, no tengo que preocuparme por la opinión que el otro —vendedor o cliente— tenga sobre el valor del producto que le vendo o le compro. Sólo tengo que cumplir con el precio vigente. En las relaciones sociales, tampoco tengo que tratar de descifrar la apreciación subjetiva de cada uno de mis vecinos respecto a lo que puedan significar sus conductas o la mía propia. Sólo tengo que cumplir la ley.

¿Y cuál es el peor enemigo para el cumplimiento cabal de la ley?

La experiencia humana ha demostrado, en los últimos tres siglos, que es el estado. El estado es violencia, por definición. Lo complejo es que el ser humano todavía no tiene la capacidad de vivir sin esa estructura de autoridad por encima y vigilando que todo se haga conforme a la ley, pero mientras más poderoso es el estado, más se reduce el margen de libertad del ser humano. Es lógico: además de los límites que la ley me impone para que respete el espacio de mis semejantes, aparecen los límites que me impone para que respete al estado.

La Torá, modelo legal para el pueblo judío, parámetro de lo que debe ser la forma correcta de organizar las relaciones entre los seres humanos, se dio en el desierto. Es decir, en un lugar en el que no había estado. Es una ley que vale por ser la ley, no porque la valide una estructura de poder. En otras palabras, es la ley que vale por lo que representa como una experiencia humana entre iguales, entre semejantes, entre hermanos.

Por supuesto, le podemos dar un valor religioso y apelar a que por encima de todo eso está D-os, pero acaso lo más impresionante del concepto judío de Ley es que incluso el ateo puede y debe acomodarse a ella. Aun sin la valoración religiosa, el no creyente puede vivir bajo la ecuánime convicción de que lo correcto es lo correcto, y por eso se hace; y lo incorrecto es lo incorrecto, y por eso se evita.

En una sociedad que ha logrado ese nivel de madurez, el estado queda reducido a mero administrador de los intereses comunes, y cada uno tiene entonces la libertad de luchar por sus propios objetivos, a sabiendas de que no va a interferir o a dañar los de otras personas.

Una sociedad libre.

Hace 33 siglos, vagando en Sinai y a la expectativa de alcanzar la Tierra Prometida (donde no íbamos a tardar en pelearnos con los filisteos), las circunstancias todavía no estaban listas para que esa libertad promedita pudiera lograrse de manera plena.

El reto sigue ahí, delante de nosotros.

¿Será que lo podremos culminar en esta generación?


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