Juntos Venceremos
miércoles 03 de junio de 2026
Israel, canta y no llores

Israel, canta y no llores

Ah, el glorioso y para nada tenso relato del derecho a la defensa israelí, ¡una comedia de errores que dura ya unas cuantas décadas!

Imaginen la escena: un recién nacido Estado de Israel, como un bebé rodeado de vecinos no precisamente amantes de las nanas, gritando: “¡Eh, dejadme en paz, solo quiero construir un kibutz y quizá inventar el mejor hummus del mundo!”.

Los vecinos, con una paciencia comparable a la de un mosquito en una sinagoga, responden con un estruendo de “¡Ni hablar! ¡Este barrio es nuestro y tu cuna está en el salón equivocado!”. Y así, nuestro pequeño protagonista, Israel, aprende la primera y más importante lección de su vida: en este vecindario, si no llevas un sonajero que también dispara balas de goma (y a veces no tan de goma), te van a quitar el chupete y la tierra prometida.

Luego vinieron los años de “¡A ver quién tiene el ejército más molón!”. Israel, con su astucia proverbial (y la ayuda de algunos amigos con buenos contactos), siempre se las apañaba para tener el último modelo de tirachinas supersónico y tanques con nombres pegadizos. Los vecinos, por su parte, invertían en ejércitos enormes, solo para descubrir que la calidad a veces supera a la cantidad, especialmente cuando tu estrategia principal es “¡Somos muchos, ya los aplastaremos!”. Spoiler: casi nunca funcionó.

La Guerra de los Seis Días fue un momento estelar de esta tragicomedia. Imaginen a Israel, en plan “¡Sorpresa!”, mostrándole a sus vecinos que, efectivamente, había estado yendo al gimnasio en secreto. Fue como esa escena de película donde el debilucho se quita las gafas y resulta ser un experto en artes marciales. El resultado fue un cambio de mobiliario en el vecindario, con Israel quedándose con algunas “llaves” de casas ajenas, solo “temporalmente”, claro.

Y luego está la eterna telenovela de “¡Me atacan, me defiendo! ¡No, tú me provocaste, así que te ataco para defenderme de tu futuro ataque!”. Un círculo vicioso tan entretenido como un partido de ping-pong con granadas. Cada vez que Israel hace algo, hay un coro de “¡Violación del derecho internacional!” seguido por un coro de “¡Terroristas intentaron cenar a nuestros niños anoche!”.

La verdad, a veces uno necesita un diccionario de crisis de Oriente Medio para entender quién está defendiéndose de quién y por qué.

Pero a pesar de todo el drama, las alarmas antiaéreas que suenan como recordatorios de que la vida es emocionante (demasiado, quizás) y los debates sobre la “proporcionalidad” que harían que un matemático se tirara de los pelos, Israel sigue aquí, defendiendo su derecho a existir con una mezcla de ingenio, tecnología punta y una pizca de esa terquedad que solo da vivir en un lugar donde el mapa parece un jeroglífico sin resolver.

Así que, brindemos por el derecho a la defensa de Israel, una historia tan compleja y a veces absurda que bien podría ser el guion de una serie de comedia negra de esas que te hacen reír por no llorar. Y esperemos que algún día, el humor de esta historia se vuelva puramente eso: humor. Sin necesidad de los “efectos especiales” de la vida real.


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