Palabras que matan

Resumen de la Parashá Matot-Masei; Números 30:2-36:13

Matot-Masei ( «Tribus»-«Viajes» ), una doble porción de la Torá y la última del Libro de los Números.

MATOT

Moisés enseña las leyes que gobiernan la anulación de promesas o juramentos a los líderes de las tribus de Israel. Se lucha una guerra contra Midián por provocar la destrucción moral de Israel, y la Torá da un recuento detallado del botín de la guerra y cómo fue distribuido entre la gente, los guerreros, los Levitas y el Sumo Sacerdote.

Las tribus de Reubén y Gad (más tarde acompañados por media tribu de Menashé) piden las tierras del este del Jordán como su porción de la Tierra Prometida, siendo estas tierras aptas para la cría de ganado. Esa parte es ahora Jordania. Moshé inicialmente se enoja con este pedido, pero más tarde concuerda con la condición de que ellos primero se unan y lideren a Israel en la conquista de las tierras al oeste del Jordán.

Los cuarenta y dos viajes y campamentos de Israel a través del desierto son listados, desde el Éxodo de Egipto hasta el establecimiento en las planicies de Moab, al otro lado del río, frente a la Tierra de Canaan. Los límites de la Tierra Prometida son enumerados y las ciudades de refugio designadas como lugares de exilio para asesinos involuntarios, es decir por accidente.

MASEI

La parashá Masei relata los viajes de los hijos de Israel. El rabino Abraham Twerski nos enseña que «la enumeración de los viajes y campamentos era para repasar todo lo ocurrido durante los 40 años en el desierto».

El Midrash imagina a Dios diciéndole a Moisés: «Escribe todos los lugares por los que Israel viajó para que recuerden los milagros que obré para ellos».  Cada viaje era un avance hacia una meta y la disciplina de levantar y volver a colocar el campamento,  sirve para dar humildad al espíritu. Como dice Rab Twerski: «Quien tiene un propósito y una meta en la vida se detendrá de vez en cuando para evaluar cuánto ha logrado para alcanzar su objetivo».

A veces estamos tan seguros del objetivo que verbalizamos su cristalización. A este respecto, la Torá dice:

“Si un hombre hace un voto al Creador o hace un juramento imponiéndose una obligación, no romperá su promesa; deberá cumplir todo lo que ha salido de sus labios” (Números 30:3).

Las palabras son uno de los talentos con que los humanos nos distinguimos de los animales.

Abraham Twerski, en su libro “Viviendo cada semana”, cita cinco maneras en que se puede definir al ser humano:

“1) Un ser humano tiene la capacidad de aprender de la historia.

2) Un ser humano tiene la capacidad de reflexionar sobre el propósito de su existencia.

3) Un ser humano tiene la capacidad de pensar en la autoperfección y en mejorar su carácter.

4) Un ser humano tiene la capacidad de tomar decisiones morales libres y no dejarse dominar por impulsos biológicos.

5) Un ser humano tiene la capacidad de contemplar las consecuencias de sus acciones”

Las palabras tienen poder y, en realidad, reflejan nuestra percepción del mundo, de nosotros mismos y nuestra relación con poderes que nos trascienden.

El mundo en el que vivimos está saturado de palabras.

En muchos sentidos, vivimos en una época que adolece de una promiscuidad informativa y hasta terror lingüístico. A veces es difícil ver la verdad o el valor en medio de la avalancha diaria de verborrea.

Quizás el mensaje de la Torá sirva para revisar las palabras que decimos. Retener las palabras antes de que salgan y sea demasiado tarde.

Unas palabras pueden confortar pero también lastimar. Tenemos dientes y labios para tener doble cerrojo, un poco de decencia, antes de dejar salir una frase, de la que quizá nos arrepentiremos después.


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Ricardo Silva: