Este Shabbat por la mañana comenzaremos la lectura del libro de Debarim. Y al finalizar, leeremos una Haftará especial del libro de Yesha’ayahu (Isaías).
A esta Haftará se la conoce como «Jazón» “visión profética”, por su primera palabra y, por extensión, al Shabbat anterior al 9 de Ab se lo llama Shabbat Jazón.
La Haftará se encuentra en el libro de Isaías 1:1-27, donde este gran profeta de Israel reprende a los habitantes de Jerusalem por su falta de integridad y su corrupción. La Haftará describe los pecados que provocaron que Dios ignorara nuestras oraciones y plegarias, y que eventualmente llevaron a la destrucción de nuestro primer Bet haMiqdash, el día 9 del mes de Ab de 586 a.e.c.
Entre los puntos que denunció el gran profeta de Israel, vale la pena recordar su crítica sobre la hipocresía religiosa.
Así le dijo a los habitantes de Yerushalayim en nombre de Dios:
“Cuando extienden sus manos en oración, apartaré Mis ojos de ustedes; aun cuando Me ofrezcan múltiples oraciones, no los escucharé, [porque] sus manos están llenas de sangre” (Isaías 1:15).
Yesha’ayahu denunció que estas personas corruptas —que mataban, robaban, engañaban en sus negocios, practicaban el soborno y corrompían la justicia— ¡iban al Templo a rezarle a Dios! Y encima pretendían que Dios escuchara sus oraciones y respondiera a sus pedidos.
Yesha’ayahu denunció que llegaban al Templo «con sus manos manchadas de sangre» y ofrecían sacrificios. ¿Para qué? ¿Para “sobornar” a Dios con regalos u ofrendas, como hacían los paganos con sus dioses falsos? Los dioses paganos —representados por sus corruptos sacerdotes—nunca rechazaban un buen soborno que les servía a los criminales para limpiar su nombre, y a los corruptos para comprar con dinero, un poco de prestigio religioso.
Yesha’ayahu les explicó que en el judaísmo no existe el divorcio entre lo que uno hace dentro y lo que hace fuera del Templo. Un judío no puede practicar todo tipo de inmoralidades en su vida cotidiana y luego ir al Templo a rezar como si nada hubiera pasado, o como si Dios no supiera lo que realmente hizo. La honestidad, la moralidad y la protección de los más débiles no son obligaciones “morales”: son obligaciones religiosas. Y cuando una persona se comporta piadosamente en el Templo, pero es corrupta en sus negocios, ¡es un hipócrita! Dios —dice el gran profeta de Israel— detesta la hipocresía religiosa, ¡incluso más de lo que detesta la falta de religiosidad!
Dios rechaza la oración de los corruptos y demanda que nuestra vida sea honesta y virtuosa no solo en el Templo, sino también —o especialmente— fuera del Templo.
Dios no acepta los sacrificios que provienen de quienes actúan mal y no se arrepienten ni se hacen cargo de sus errores o transgresiones. Ese sacrificio es inaceptable y ofensivo hacia Dios. Nuestra Torá le dice «NO» a la hipocresía religiosa, que no era poco común en otros pueblos y religiones.
Por otro lado, Yesha’ayahu también ofrece esperanza. Le dice al pueblo que una persona que actuó mal no está condenada de por vida a ser ignorada por Dios. Si el corrupto se arrepiente de verdad, mejora su comportamiento y se vuelve honesto, Dios lo aceptará nuevamente.
Para que esa situación se revierta y Dios esté dispuesto a escuchar sus oraciones, Yesha’ayahu les indica lo que deben hacer:
Isaías 1:16-17 “… Purifíquense [de sus malas acciones]. Dejen de hacer el mal, aprendan a practicar la justicia, busquen la rectitud, defiendan a los oprimidos, luchen por la causa del huérfano y defiendan a las viudas.”
Cuando HaShem ve nuestro arrepentimiento, nos acepta y escucha nuestras oraciones.
Nuestros Sabios eligieron este texto para ser leído específicamente antes de Tishá BeAb con el fin de inspirarnos a reflexionar sobre nuestras acciones, y así merecer que el Bet HaMiqdash sea reconstruido en nuestros días.
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