Como se sabe, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó el 29 de noviembre de 1947 la repartición de lo que en aquella época era denominado Palestina en dos Estados, uno de ellos Israel. Era una época, luego de los horrores del nazismo, de simpatía y apoyo hacia el pueblo judío.
Hoy, en este siglo XXI, en el cual es el antisemitismo el que goza ahora de la más total y recóndita simpatía, cabe preguntarse seriamente si las Naciones Unidas en un nuevo 29 de noviembre, pero en este caso de 2025, apoyaría la creación del Estado de Israel.
Entre ambas fechas han pasado 78 años, pero parece que en términos culturales hubieran pasado siglos. ¿Cómo es posible que tras el Holocausto de los campos de concentración, de 6 millones de muertos, el Mundo ahora decide que probablemente el Holocausto quizás ni existió, que los 6 millones son propaganda sionista y que en definitiva todo se resuelve aceptando que, como siempre, los judíos son una “raza pérfida” dedicada a la mentira, el engaño y la manipulación?
No hay categoría racional capaz de explicar esta explosión incontrolable de antisemitismo, en su pura vertiente de pasión, violencia y odio. Es decir: como el Mal Radical mismo.
Ciertamente, Hanna Arendt ha enunciado la categoría de banalidad del mal, categoría que en su época fue mal interpretada como indiferencia frente al Horror, cuando creo que Arendt quería enfatizar justamente lo contrario: la total complicidad con el Horror. De esta manera, el Antisemitismo se transforma en el Mal Radical mismo cuando goza (como desgraciadamente goza) de la total complicidad del Mundo.
¿Este antisemitismo tiene un programa estipulado? ¿Busca algo concreto y pensable, como el antisemitismo medioeval buscaba crear la “raza pecadora y pérfida”? ¿Cómo el antisemitismo iluminista buscaba crear al “judío supersticioso y avergonzante”? Obsérvese que en el primer caso – el del antisemitismo medioeval- el judío era la oscuridad del pecado que se enfrentaba a la “luz” salvadora del Evangelio, mientras que en el segundo caso, el judío supersticioso era el que se interponía a la “luz” emancipadora del Progreso.
Luz contra oscuridad, pues. Los términos no pueden ser más vulgares y primitivos. Pero el antisemitismo es eso: vulgaridad y primitivismo.
De la misma manera, hoy el pueblo palestino es la luz, y el sionismo es la oscuridad imperialista, violenta y patriarcal que “ahoga” la libertad, la creatividad, la “vida” de aquél… En términos semánticos, pues, nada ha cambiado. Se trata del mismo relato primigenio y mítico, que con diversos retoques apunta siempre a este punto nodal: el Pueblo judío es la oscuridad, el Mundo es la luz.
La diferencia quizás radica en que aquel “barniz” intelectual de los antisemitismos precedentes ya ni se mantiene, siendo este antisemitismo no otra cosa que la expresión misma de un odio tanático irrefrenable, odio tanático que está legitimado como Luz, Denuncia, Exposición.
Los judíos deben ser Expuestos. Deben ser Avergonzados.
Muchas prácticas se ponen en juego a partir de aquí: diatribas, insultos, pintadas, expulsar a judíos de restaurantes, gritar consignas contra Israel en espectáculos deportivos, culturales, armar políticas de odio en las redes, pintadas, manifestaciones, y las formas se multiplican y se multiplicarán más y más.
Por un lado se intenta avergonzar al pueblo judío, mostrarle que no tiene motivo alguno de orgullo, que nada puede ni debe enarbolar. Ser judío, dice este antisemitismo, no es un orgullo, es una mácula oscura que revela crímenes y vejaciones.
Pero detrás hay otro motivo, un motivo fundamental: aislar al pueblo judío de los otros pueblos.
Condenar al judío a la soledad. Extirparlo de la Humanidad. Condenarlo a la Soledad.
Ese es probablemente el sentido último de este Mal Radical: imponer al judío una terrible soledad.
Los judíos se han de sentir solos, sin contactos con nadie, aislados, exiliados. Es decir una nueva versión de un gueto que en este caso no está hecho de muros, sino de prejuicios, mentiras, estereotipos, es decir: un gueto simbólico culturalmente autosuficiente y monadal.
¿Se espera que este castigo “ejemplar” de aislar y exilar al pueblo judío sirva de escarmiento? ¿Hay una expectativa de que a partir del mismo aparezca un “arrepentimiento” y el pueblo judío pida “perdón”?
Lamentablemente, parece que hay judíos que sí piden este perdón coactivo: los que se avergüenzan, los que se identifican con el agresor, los que dicen que son de “familia judía” pero que ellos no son judíos, los que se desesperan por ser asimilados, los que se abocan a ser los mejores profesionales, los mejores científicos, los mejores ciudadanos del Mundo…
Están condenados al peor de los fracasos, pero no por eso dejan de intentarlo. Pero lo único que logran es justificar y retroalimentar monstruosamente a este antisemitismo malévolo.
Para los otros, los judíos que se afirman como judíos, los que apoyan a Israel y al sionismo, los que están orgullosos de un legado y una transmisión, la cuestión es otra. Mucho más compleja y difícil: ¿Cómo ser parte de un Mundo que no quiere a los judíos?
No encuentro absolutamente ningún argumento de peso para suponer que el antisemitismo se extinguirá. Todo lo contrario. En su nueva versión de Mal Radical, el antisemitismo se robustece, se engrandece, se expande y ya no tiene límite alguno, ni siquiera desde la decencia ni la moral.
Así pues: ¿Cómo seguir siendo judíos y a la vez parte de un Mundo que ya no quiere a los judíos?
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