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miércoles 03 de junio de 2026

Jaime Laventman presenta “La tierra donde volvimos a nacer” en el Hospital Ángeles

El 18 septiembre 18, 2025, Jaime Laventman, reconocido neurólogo de la comunidad judía, presentó su obra “La tierra donde volvimos a nacer” en el Hospital Ángeles.
Este es el texto con el que  Silvia Cherem, escritora y periodista, logró captar la esencia de la obra.

“Dictaba Benito Pérez Galdós que “donde quiera que el hombre va, lleva consigo su novela…”.

Eso, pienso, es lo que le sucedió a Jaime Laventman —neurólogo, hombre de temple renacentista y hoy consagrado novelista—, quien, estoy segura, desde muy joven cargó en su interior la historia que hoy nos convoca: La tierra donde volvimos a nacer. Una trama que maduró con los años y que escribió de manera febril, consciente de que el tiempo se agota. Es un mensaje a hijos y nietos, a amigos y colegas; un legado y un agradecimiento al México de oportunidades donde nació, creció, formó familia y desarrolló su prestigio como médico.

Ocupo el adjetivo “febril” para calificar el proceso creativo porque Jimmy, como lo conocemos, escribió este libro en tiempo meteórico con pasión, urgencia y disciplina. Durante el encierro de la pandemia mientras atendía a sus pacientes por Zoom, se sentó a escribir. Parecía que alguien le dictaba, impulsado por una prisa ardiente de reconciliarse con la memoria. En tiempo récord creó personajes redondos y una trama que atrapa. Cuenta que pudo hacerlo de corrido y en tan sólo tres meses, aunque por supuesto luego vendrían meses de corrección.

Su intención ha sido dejar un testimonio de la historia de los judíos que huyeron de Europa padeciendo odio, incomprensión y pobreza, pogromos barbáricos, y cuya suerte fue llegar a México en la década de 1920.

México, un oasis para florecer

México, que algunos veían como territorio de paso, se convirtió en fuente de esperanza, sentido de futuro y pertenencia. Por ello, desde el título mismo del libro: “volver a nacer”, el objetivo de Jimmy es agradecer a este país generoso que permitió consolidar una floreciente comunidad ashkenazí en la Ciudad de México.

Desde los primeros inmigrantes de comienzos del siglo XX hasta las cinco generaciones que hoy caminan México, la comunidad judía ha tejido un legado de trabajo, ética y esperanza. Orgullosamente seguimos construyendo esta nación, cada cual, desde su trinchera, para las generaciones que vendrán.

Bien entiende Laventman que, gracias a la migración de sus abuelos, pudo nacer en un México de oportunidades y paz. Aquí estudió medicina, formó una práctica y un hogar, ganó prestigio como doctor y humanista, liderando inclusive una sociedad médica. Sobre todo, pudo formar una familia a la que le ofreció educación, ejemplo de trabajo, valores, identidad, futuro y sentido de pertenencia como judíos mexicanos.

No obstante, hay que decirlo, este libro no es autobiográfico. Los personajes son ficticios, pero sirven de espejo porque La tierra donde volvimos a nacer explora los hechos con estricto rigor histórico y penetra en la piel, los sueños y la intimidad de dos familias: Yehuda y Natasha, Leah y Yakov, que, alternando los capítulos del libro, son reflejo de todos los ashkenazim que tuvieron la posibilidad de migrar y, sin saberlo en su momento, tuvieron la suerte de sobrevivir al Holocausto nazi.

Este libro, tan necesario hoy, el primero que Laventman escribe que no tiene que ver ni con medicina, ni con la música que tanto le apasiona, hace un viaje intergeneracional para reconstruir la vida familiar de esas dos familias desde finales del siglo XIX, hasta la mitad del siglo XX.

Aborda con solidez los nacionalismos y la creación de los Estados-nación. Explora las injusticias de los terribles pogromos antisemitas en Rusia y Europa del Este, la maldad y la polarización social. Describe, sobre todo, la incomprensión que vivían los judíos, condenados a libelos y a ser culpables de todo: desde la peste y las hambrunas, hasta el declive económico.

El libro es más que actual porque ese tiempo ensordecedor que parecía olvidado en el ayer, hoy, por desgracia, reverbera y nos descoloca con su eco estridente.

A través de la pluma de Laventman conocemos los secretos más íntimos y dolorosos, las traiciones que modifican el rumbo y determinan muerte o vida. El destino de las generaciones por venir.

Simja Goldberg, un niño huérfano cuyos padres fueron asesinados por hordas de fanáticos antisemitas en uno más de los pogromos que padece la comunidad judía en Polonia a finales del siglo XIX —era común que por cualquier motivo quemaran sus casas, violaran a sus mujeres, asesinaran y robaran sus hogares—, tuvo la suerte de ser adoptado por Itzhak, de Zhytomir, ciudad que pasó de la Mancomunidad Polaca- Lituana, al Imperio ruso. Hoy, parte de Ucrania. Allí en Zhytomir, Simja pudo recomenzar su vida con un oficio y un futuro; sin embargo, su suerte fue un volado, tuvo que huir —migrar—, inclusive teniendo que cambiar su nombre: ser Yakov, para sobrevivir, para poder escapar.

En paralelo, Alter Nevalsky crece en la cosmopolita Odessa en franca disputa entre el jéder y la escuela laica, entre ser un hombre universal o un judío encerrado en sí mismo. Hijo de una pareja disonante: él secular; ella, religiosa, Alter también tiene que asumir la identidad de otro para subsistir.

Capítulo a capítulo transitamos por la historia. Conocemos con los personajes el surgimiento del sionismo en el siglo XIX y hoy que está tan de moda tildar al sionismo de algo perverso, entendemos el contexto como uno más de los movimientos nacionalistas de la época, aquellos que dieron origen a nuevos países tras el fin del Imperio otomano y el Imperio Austrohúngaro.

Conocemos los movimientos anárquicos y las luchas entre liberales y conservadores, entre imperialistas y demócratas. Somos testigos activos de la revolución que derrocaría al zar. También del asesinato de Francisco Fernando de Austria, hecho que desencadenó la Primera Guerra Mundial.

Cuando de 1918 a 1920 irrumpe la influenza española infectando a un tercio de la población mundial y dejando una estela de millones de muertos, sufrimos de la mano de los protagonistas de la novela, las temibles acusaciones con la que los hostigan por “haber provocado la pandemia”.

Entendemos la humillación de la Alemania obligada a pagar las compensaciones del Tratado de Versalles, y el germen del antisemitismo que muta y halla en “la raza” un nuevo pretexto, convirtiendo al judío en chivo expiatorio. Laventman evidencía cómo la ideología nazi, mediante la propaganda, lavó cerebros hasta culminar en la Shoá, el asesinato de seis millones de judíos en cámaras de gas, aniquilando a más de una tercera parte de la población judía mundial.

El odio al judío, el mutante antisemitismo, que hoy nuevamente se disfraza con la coraza de antisionismo.

La Europa herida se convertiría en un continente maltrecho que no sanaría. El siglo XX obligó a migrar a millones de personas. La juventud buscó asilo, rompió un mundo para renacer, para sobrevivir, y cientos de miles, entre ellos los personajes de esta novela, dejaron un mundo atrás en busca de paz y esperanza. Migraron de un continente a otro: América, Palestina, Latinoamérica…

Los shifbrider, “hermanos de barco”, son la nueva familia en ese columpio obligado de la identidad que se resiste a olvidar. Frente a un oleaje furioso, la novela nos lleva al México de las utopías, a esta tierra de libertad. Atracamos en Veracruz y reconocemos México a través de la mirada de los inmigrantes.

La lectura es sensorial: saboreamos frutas exóticas, cacao y caña de azúcar: nos pica el chile y descubrimos nuevos sabores. En La Parroquia escuchamos la marimba y sopeamos teleras en chocolate. Admiramos la vegetación, el bullicio, los zócalos y catedrales, mientras en las calles conviven autos de lujo con la gente humilde que pide limosna.

Tierra de contrastes, de volcanes y cielo azul —la región más transparente, diría décadas después Carlos Fuentes.

Los judíos que llegan a México cuentan con la solidaridad de quienes antes llegaron. De un día a otro tienen mercancía para vender como ambulantes en plazas y mercados, o de casa en casa. Conviven con otros migrantes en vecindades en cuyos patios centrales los niños juegan arropados por el olor de los platillos y la ropa común que, recién lavada, se mece en hilos tendidos al cielo.

Caminamos por el Centro de la Ciudad de México y en una de las librerías descubrimos con la pluma de Laventman, que ahí se vendía el periódico en ídish Di Voj, que publicaba Jacobo Glantz, el papá de Margo Glantz.

Los inmigrantes sobreviven con poco, trabajan de sol a sol construyendo sueños e identidad. La primera institución de la Comunidad Ashkenazí es una escuela (1924), sí: una escuela antes que una sinagoga o un cementerio.

El idish y la cultura ashkenazí son identidad cultural y punto de unión para polacos, galitzianer, lituanos, rusos, inmigrantes de Latvia, rumanos y ucranianos. Organizan actividades y excursiones para conocer la diversidad cultural, artesanal y gastronómica de México. Para ser mexicanos.

Inclusive, a través de Leah, la esposa de Yakov, amante de la buena música y asidua a conciertos —como Fey, la mujer de Laventman—, somos partícipes de las tertulias con la presencia de músicos como Silvestre Revueltas, Carlos Chávez o Manuel M. Ponce.

Creían haber quemado las naves, pero la realidad lo removió todo cuando se supo lo que había acontecido en Europa. Nuestros personajes juntaban dinero para traer a sus familiares, pero faltó tiempo… Resulta imposible salvar a padres, primos, tíos y amigos, al mundo que quedó atrás.

Vivir se convirtió entonces en una ruptura. Los migrantes sobreviven con un pie hundido en la tierra de ayer donde está su familia y otro pie en el presente, en el vacío y la perplejidad.

Laventman aborda con humildad la complejidad de las tramas. Como buen escritor y lector, describe con acuciosidad los detalles y no deja cabos sueltos en esta interesantísima y muy profunda saga familiar. Deambulamos con los protagonistas en la cuerda floja —“La cuerda floja”, como la columna que escribe Yakov en un periódico mexicano de divulgación nacional. Sufrimos con su agobiante culpa de estar vivos, con la asfixia y el desconsuelo, con el lamento agónico de saber que aquello sucedió de la mano del silencio y la indiferencia del mundo.

Jimmy Laventman vive con orgullo su judaísmo e identidad, su educación, la defensa de los valores liberales occidentales y, sobre todo, la ética moral con la que apela a dejar un mejor mundo de aquel al que llegó.

Él, que ha dedicado su vida a indagar el cerebro, a curar pacientes en su práctica como médico, bien sabe que la medicina no le permitirá encontrar la hebra fundacional de la vida, que la ciencia no le aportará el germen del pensamiento.

Quizá por ello, busca en la literatura el origen del mal, la deshumanización que provocan las teorías demenciales. Y es a través de la palabra, de la luz y de la oscuridad, que busca entender el enigma existencial. El mismo que hoy, en tiempos de inconsistencias e hipocresía, de odio que se reinventa, sirve como telón de fondo a nuevas narrativas.

La incertidumbre y el deseo de renacer son condiciones intrínsecas de lo humano. Esta novela —de ayer y de hoy— es actual.

La literatura, con sus “mentiras verdaderas”, abre puertas de esperanza frente a la adversidad, las ideologías, las dicotomías de buenos y malos, y las soluciones al vapor que pervierten y se multiplican sinsentido.

Lejaim, querido Jimmy, querido médico novelista. Enhorabuena. Quedamos en espera de tu próxima obra, porque la memoria compartida no es un ancla, podría ser una brújula. Soñar no cuesta. Leamos: La tierra donde volvimos a nacer como se brinda, para que la memoria y la consciencia de los hechos iluminen el porvenir”.


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