Durante siglos, el alma del pueblo judío latía en los pueblos de Europa del Este: sinagogas, escuelas, familias enteras dedicadas al estudio y a la fe.
Pero entre 1939 y 1945, ese mundo fue arrasado. La Shoá, el Holocausto, no solo asesinó a seis millones de judíos… también destruyó casi por completo el corazón espiritual del judaísmo tradicional.
Y de esas cenizas, surgió un movimiento que hoy divide a la sociedad israelí: los judíos ultraortodoxos, los haredim.
Muchos de ellos no sirven en el ejército, no reconocen la autoridad del Estado de Israel… y viven según sus propias leyes.
¿Cómo se llegó a eso?
El judaísmo ultraortodoxo nació mucho antes de Israel, en el siglo XIX, como una reacción a la modernidad.
Mientras Europa se abría a la ciencia, la educación y la emancipación, los rabinos del Este temían perder la identidad judía.
Su respuesta fue aislarse: crear comunidades cerradas, regidas por la Torá, y rechazar los cambios.
El lema del rabino Moses Sofer, “Todo lo nuevo está prohibido”, se convirtió en bandera.
Los haredim no querían mezclarse con el mundo moderno… y menos aún con el sionismo, al que veían como un proyecto humano sin Dios.
El Holocausto arrasó con todo eso.
Las grandes yeshivot —centros de estudio del Talmud— quedaron reducidas a cenizas.
Rabinos, estudiantes, comunidades enteras desaparecieron.
Los pocos sobrevivientes, refugiados en la actual Israel dominada por los ingleses o en Estados Unidos, interpretaron la tragedia de una forma muy distinta al resto del mundo.
Para ellos, la Shoá fue una señal:
“El pueblo judío se apartó de la Torá, y pagó un precio terrible. Nuestra misión es reconstruir el mundo del estudio para que nunca vuelva a pasar.”
Así comenzó una etapa de reconstrucción espiritual.
Una reconstrucción que implicó cerrarse aún más.
Su lema ya no era “resistir la modernidad”, sino “sobrevivir espiritualmente a un mundo sin fe.”
En 1948 nació el Estado de Israel. Pero para los rabinos ultraortodoxos, aquello no era la “redención”, sino una herejía.
Según su interpretación, solo el Mesías puede restaurar la soberanía judía, no los políticos laicos.
Ben-Gurión, el fundador del Estado, entendió que necesitaba el apoyo de los religiosos… y firmó un acuerdo histórico:
unos 400 jóvenes ultraortodoxos quedarían exentos del servicio militar, dedicados al estudio.
Nadie imaginó que, décadas después, serían decenas de miles.
Hoy, los haredim representan cerca del 13% de la población israelí, y su negativa a servir en el ejército ha generado uno de los mayores choques internos del país.
La Shoá no solo cambió la historia del pueblo judío. Cambió su alma. Para los ultraortodoxos, cada hora de estudio del Talmud es una forma de resistencia.
Una manera de decirle al mundo: “Nos quisieron borrar, pero seguimos aquí.”
Para el Israel moderno, en cambio, su aislamiento plantea una pregunta dolorosa:¿cómo unir a un pueblo dividido entre la fe absoluta y la realidad de un Estado moderno?
De los campos de exterminio a los barrios de Jerusalén, los ultraortodoxos no solo sobrevivieron: se reconstruyeron a su manera.
Y aunque muchos no reconozcan al Estado, su existencia es también una forma de memoria.
Una memoria que reza, día y noche, para que el mundo no vuelva a olvidar lo que perdió.
La sociedad israelí debe comenzar por reconocer la profundidad de esta división. No se trata de una disputa sobre presupuestos o servicio militar, sino de un choque entre dos visiones del mundo que se han cerrado al diálogo.
La democracia debe ser lo suficientemente fuerte como para contener incluso a quienes la desafían desde dentro. Eso es fortaleza. La tarea no consiste en excluir a los ultraortodoxos del juego democrático, sino en ajustar sus reglas para que no puedan ser llevadas al absurdo.
No puede obligarse a quien no quiere a ir a la guerra, pero hay infinidad de tareas civiles que pueden involucrarlos en la sociedad. Es un proceso, no una imposición.
De eso dependerá nuestra paz y sobrevivencia
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