Las condiciones de surgimiento del antisemitismo europeo son realmente notables y merecen una profunda meditación.
En primer lugar tenemos el factor temporal: en solo el plazo de unos meses (los correspondientes al verano europeo) del año 1096 se desata una onda absolutamente imparable de saqueo y asesinato de judíos.
En segundo lugar, un malentendido: el papa Urbano II no tenía la mínima intención de matar judíos al declarar la primera cruzada. Se trataba de liberar la Tierra Santa de los infieles mahometanos.
En tercer lugar, una ingenuidad: las poblaciones judías de Francia, Alemania, Praga, se sentían a salvo de persecuciones y ataques. Es decir, realmente creían que eran súbditos feudales como cualquier súbdito feudal y realmente creían que eran habitantes de villas y ciudades como cualquier habitante de villas y ciudades. Se sentían seguros, conformes, tranquilos. No percibían absolutamente ningún peligro.
Y entonces, entre mayo y julio de 1096 se desató un apocalipsis de odio y sangre que hoy, tras 929 años no ha cesado aún .
¿Qué pasó entonces? ¿Cómo comprender este orden de lo súbito, el orden de aquello que no tiene precedente manifiesto y se revela de forma extraordinaria y mutacional?
Las respuestas serán incompletas si no tenemos en cuenta un hecho que a mi entender ha sido inadvertido y poco estudiado. El judaísmo tuvo una época de gloria en el mundo mediterráneo desde la destrucción del Segundo Templo y hasta el siglo IX al menos. Esto hizo que de una u otra manera hubiera muchas conversiones del mundo pagano al judaísmo y que el mismo tuviera mucho prestigio y legitimidad. No es casualidad que una fuente talmúdica indica que el padre del rabino Akiva –“Cabeza de todos los sabios”- fuese un prosélito llamado Iosef. Esto explica fehacientemente la tranquilidad y calma de judíos que hasta una generación atrás habían sido estimados y admirados.
De esta manera la rivalidad con la iglesia cristiana debió ser acérrima y muy pronunciada. Cabe suponer que 1096 fue utilizado para deponer y fragilizar a un “enemigo” de peso y consideración. Si esto es cierto y con el predominio del poder cristiano, la situación de las poblaciones que en algún momento mostraron admiración y consideración por el judaísmo se volvió endeble, pues ahora fácilmente podían ser tomadas como herejes.
Un buen camino, pues para demostrar la fidelidad hacia la Iglesia, era mostrar el mayor de los odios hacia los judíos, un odio irrefrenable, un odio imparable. ¿Cuánto había de simulacro y cuánto de realidad en todo el espectáculo de las persecuciones y masacres? Imposible delimitarlo.
Queda un punto aún más complejo que se refiere a la respuesta casi automática de esos judíos por inmolarse entre ellos mismos antes que ser asesinados por la turba.
Sabemos que había antecedentes de martirio consentido en la historiografía judía y en las fuentes religiosas judías. Una historia especialmente extraña aparece en el Midrash Eleh Ezkerah, y refiere a la historia de los 10 Mártires Judíos.
Según el relato, un emperador romano (cuyo nombre obviamente no se explicita) estaba un día leyendo la Torá cuando de pronto fijó su atención en un versículo del libro del Éxodo, que reza que “aquél que rapte a un hombre y lo venda deberá morir sin remedio”, a partir de lo cual se establece (el propio arcángel Gabriel así lo confirma) que para expiar (reparar) la venta de José por sus hermanos, 10 sabios de Israel deben morir. Los mismos acceden y hasta rivalizan en cuál de ellos será el primero en ser ejecutado. Se trata del sumo sacerdote Ismael, el patriarca Simeón ben Gamaliel, Akiba ben José, Hanina ben Teradyón, Eleazar ben Shammua, Jeshebab el Escriba, Hanina ben Hakhinai, Yehudá ben Baba, Huspith el Expositor y Yehudá ben Dama.
De esta manera estos sabios, resignados y deseosos de cumplir con la voluntad divina son decapitados, despellejados, torturados, arrastrados por caballos, lapidados, ahorcados y despedazados, en escenas que por más que se intentan señalar como piadosas no dejan de mostrar rasgos inauditos de sadismo
El midrash deja bien claro que se trata de la voluntad divina, la que es inexpugnable, resaltándose la prueba de fe y de entrega de estos sabios:
“El Rey (celestial) los ha entregado a las manos del rey terrenal para que nuestra sangre sea derramada”.
Obsérvese que se establece pues el valor del martirio como prueba irrefutable de fe y de entrega a la divinidad. Estamos ya muy lejos de la redención de Isaac por la divinidad.
Con estos antecedentes, el martirio de los judíos en el verano de 1096 establece sin embargo otros parámetros que superan aún a los establecidos en el Midrash citado.
Pues en este caso se genera como consenso no solo que el martirio es prueba de fe, sino que es la mejor manera de mostrar la prueba más fidedigna de judaísmo, dentro de un ritual por el cual la muerte se transforma en una forma siniestra de venganza contra el odio de la turba tanto como una redención que santifica y ampara en otra vida, compensando lo que la vida terrenal destruye irremediablemente.
Podría entenderse que remite quizás a tres cosas: una prueba de fe, un acto de desesperación obnubilante y una especie de venganza siniestra e impactante contra los atacantes.
Como sea, no dejó de tener impacto en el desarrollo del judaísmo de los siglos venideros, tanto como en los derroteros que tomó el antisemitismo europeo.
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