La dura crítica formulada recientemente por la iraní-estadounidense Marziyeh Amirizadeh contra el Papa León XIV, tras el otorgamiento de la Orden Pontificia de Pío IX —la más alta distinción diplomática activa del Vaticano— a Mohammad Hossein Mokhtari, embajador de la República Islámica de Irán ante la Santa Sede, volvió a colocar en primer plano una realidad que gran parte del mundo parece preferir ignorar: la brutal persecución religiosa ejercida desde hace décadas por el régimen iraní.
Convertida al cristianismo, Amirizadeh fue arrestada en 2009 junto a otra mujer y condenada a muerte por apostasía por el régimen iraní. Tras permanecer 259 días encarcelada en la temida prisión de Evin, recuperó finalmente la libertad luego de una intensa presión internacional, en la que tuvo particular relevancia la intervención pública de Benedicto XVI denunciando la persecución de cristianos en Irán.
Precisamente por ello, la decisión del Vaticano de distinguir al representante diplomático iraní despertó en ella una comprensible indignación moral.
La controversia no constituye un episodio aislado. Hace apenas unos meses, también provocaron indignación las felicitaciones dirigidas por el Secretario General de la ONU, António Guterres, al régimen iraní, gesto que muchos interpretaron como otra señal de la creciente normalización diplomática de una teocracia responsable de persecuciones religiosas, ejecuciones, represión brutal contra las mujeres y apoyo sistemático a organizaciones terroristas como Hamas y Hezbollah.
El problema excede ampliamente las formas protocolares o los gestos diplomáticos circunstanciales. Lo verdaderamente inquietante es comprobar hasta qué punto importantes sectores políticos, diplomáticos e incluso religiosos de Occidente parecen haber naturalizado la relación con uno de los regímenes más autoritarios, represivos y fanáticos del mundo contemporáneo.
La persecución de cristianos y otras minorías religiosas en numerosos países islámicos no constituye una realidad nueva ni desconocida. Durante décadas, miles de personas han sido asesinadas, encarceladas, expulsadas o sometidas a amenazas permanentes simplemente por profesar una fe distinta al Islam o por abandonar la religión musulmana.
Irak, Siria, Egipto, Pakistán, Nigeria o Arabia Saudita representan apenas algunos ejemplos de esa tragedia persistente. En Mosul, una de las ciudades iraquíes más castigadas por el extremismo islamista, miles de cristianos debieron huir durante años frente a amenazas, secuestros, atentados y asesinatos sistemáticos. En Egipto, organizaciones jihadistas distribuyeron panfletos convocando abiertamente a la matanza de cristianos coptos. En Pakistán, las leyes contra la blasfemia fueron utilizadas reiteradamente para perseguir y condenar cristianos.
La propia República Islámica de Irán se convirtió desde hace décadas en uno de los paradigmas contemporáneos de persecución religiosa institucionalizada. El caso del pastor evangelista Yousef Nadarkhani, condenado a muerte por apostasía y posteriormente acusado de otros delitos para intentar justificar internacionalmente su ejecución, reveló crudamente la naturaleza del régimen iraní.
A ello se suma la brutal represión contra las mujeres, las ejecuciones públicas, la persecución de disidentes políticos, el antisemitismo promovido desde el propio aparato estatal y el financiamiento de organizaciones terroristas que han sembrado violencia y muerte en Medio Oriente y otras regiones del mundo.
Sin embargo, frente a semejante acumulación de atropellos, buena parte de la comunidad internacional parece oscilar entre la indiferencia, el silencio y una preocupante tendencia a relativizar la naturaleza del régimen iraní. Mientras las víctimas del islamismo radical apenas reciben atención esporádica, abundan en cambio los gestos diplomáticos, las expresiones conciliatorias y las señales de legitimación política hacia Teherán.
La cortesía diplomática jamás debería transformarse en legitimación moral. Cuando organismos internacionales, dirigentes políticos o referentes religiosos minimizan o relativizan la naturaleza de regímenes teocráticos, represivos y fanáticos, las verdaderas víctimas terminan nuevamente condenadas al silencio y al olvido.
Resulta difícil no percibir en todo ello una profunda degradación moral de Occidente. Una deriva que, en nombre del relativismo político, la diplomacia o determinados intereses económicos, parece cada vez menos dispuesta a defender con claridad principios elementales como la libertad religiosa, los derechos humanos y la dignidad humana.
Rubén Kaplan
Periodista y escritor
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