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sábado 18 de julio de 2026
Irán

Rubén Kaplan / Irán, y la ilusión de las negociaciones nucleares

Los recientes análisis estratégicos publicados en medios internacionales acerca de un eventual ataque estadounidense-israelí contra Irán vuelven a colocar en el centro del debate una cuestión que lleva más de dos décadas sin resolverse: la verdadera naturaleza del programa nuclear iraní y el peligro que representa su desarrollo misilístico. Lejos de tratarse únicamente de instalaciones nucleares, el desafío estratégico que plantea Teherán reside en la combinación entre capacidad atómica potencial y un vasto arsenal de misiles balísticos capaces de alcanzar Israel, Europa y objetivos occidentales en Medio Oriente. 

Desde hace años, Irán ha construido una arquitectura militar destinada no sólo a disuadir ataques sino a garantizar capacidad ofensiva regional. Las denominadas “ciudades de misiles” subterráneas, los sistemas de lanzamiento móviles y el desarrollo acelerado de drones forman parte de una doctrina concebida para sobrevivir a un ataque preventivo y asegurar represalias devastadoras.

Este proceso no surgió de manera aislada. La cooperación tecnológica y militar entre Irán y Corea del Norte ha sido determinante. Pyongyang proporcionó asistencia clave en el desarrollo de misiles de alcance medio y largo derivados de los modelos Nodong norcoreanos, que posteriormente dieron origen a vectores iraníes como el Shahab-3 y sus variantes mejoradas. Ambos regímenes compartieron durante años tecnología, conocimientos balísticos y metodologías de ocultamiento de instalaciones estratégicas bajo estructuras subterráneas profundamente protegidas.

La dimensión misilística explica por qué cualquier eventual acción militar tendría como prioridad neutralizar defensas aéreas y destruir lanzadores antes incluso de atacar instalaciones nucleares. Un Irán con capacidad nuclear limitada pero protegido por miles de misiles balísticos constituye una amenaza estratégica mucho mayor que la mera existencia de centrifugadoras de enriquecimiento.

Nada de esto resulta novedoso. Ya en artículos publicados en 2010 y 2013 advertía que el régimen iraní había adoptado una política sistemática consistente en participar en negociaciones internacionales mientras avanzaba simultáneamente en su programa nuclear y militar. Las sucesivas rondas diplomáticas, lejos de detener el proceso, funcionaron como mecanismos de dilación que permitieron ganar tiempo, reducir presiones y perfeccionar capacidades tecnológicas.

La experiencia norcoreana constituye el antecedente más elocuente. Durante décadas, Corea del Norte alternó acuerdos, inspecciones y promesas de cooperación internacional mientras desarrollaba clandestinamente su arsenal nuclear hasta convertirse en una potencia atómica irreversible. Una vez alcanzado ese umbral, toda capacidad real de presión internacional desapareció.

Irán parece haber seguido el mismo camino: negociar, prolongar conversaciones, aceptar compromisos parciales y simultáneamente avanzar en aquellos aspectos menos visibles pero decisivos —misiles, infraestructura subterránea y capacidad de supervivencia estratégica— que garantizan la consolidación final del proyecto nuclear.

El debate actual sobre un posible ataque militar refleja, en realidad, el fracaso acumulado de años de advertencias ignoradas. Las sanciones económicas demostraron límites evidentes, mientras que la diplomacia internacional confundió reiteradamente voluntad negociadora con táctica dilatoria.

Corea del Norte demostró que las dictaduras nucleares utilizan el diálogo internacional como instrumento táctico para ganar tiempo hasta alcanzar una capacidad militar que las vuelva intocables. Irán ha seguido ese mismo modelo con disciplina estratégica, prolongando conversaciones mientras avanza silenciosamente hacia el umbral atómico.

La comunidad internacional parece dispuesta a reincidir en el mismo error histórico: confundir fanatismo ideológico con racionalidad política. Y cuando un régimen que proclama abiertamente la destrucción de Israel disponga finalmente del arma para intentarlo, la responsabilidad no recaerá sólo en Teherán, sino también en quienes, pudiendo impedirlo, optaron por la complacencia y la inacción.
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