El libro de Ester es una caja de sorpresas inagotable. Mientras más lo estudias, más detalles interesantes aparecen, y la contraposición entre Mordejai y el dios babilónico Marduk es uno de los temas más interesantes.
“Aconteció en los días del rey Ajashverosh…”. Así comienza el libro de Ester, ubicándonos en la época en la que Babilonia ya había caído ante el embate de los persas, así que era hora de saldar algunas cuentas con el orgullo de una nación que se creyó invencible, y que ahora sólo era un reino más de los tantos sometidos al poderío de los reyes aqueménidas.
El libro de Ester lo hace con una elegancia formidable. Detrás de una emocionante historia de intrigas y batallas, entre líneas nos ofrece una diatriba perfecta contra el pensamiento mitológico de los babilonios. Es decir, contra la mismísima percepción de la realidad de la que había sido la nación más poderosa del Medio Oriente.
En el mito babilónico de la creación, Marduk el Joven es quien derrota a Tiamat (el caos primordial del océano) y a su aliado Kingu (la serpiente que dirige a las huestes de la oscuridad), convirtiéndose con ello el rey de los dioses. A Tiamat la parte en dos; con una mitad crea los cielos, con la otra mitad crea la tierra. A Kingu lo desangra para mezclar su sangre con arcilla, y con esa masa rojiza crea al ser humano.
El mito tiene un arraigo astronómico. Kingu es lo que desde los tiempos griegos conocemos como la constelación de la Hidra (la más larga de toda la bóveda celeste, y se ubica debajo de Virgo). La marcha de este ser oscuro al frente de sus huestes para destruir a los dioses es una representación narrativa del movimiento aparente de los astros, que crea la impresión de que durante la noche todos se vuelcan sobre la Tierra en un movimiento semicircular. Marduk juega un rol solar en esta versión del mito, y por eso es tan significativo que se le identifique como “el joven”. Se trata del sol del amanecer, porque este es el que impone su luz provocando que las estrellas dejen de verse. Así es como Marduk derrota a Kingu y sus demonios.
En otras palabras, el mito babilónico era un esfuerzo por entender de qué se trataba el movimiento de los astros, y de qué manera esto nos afectaba a los seres humanos. Básicamente, lo mismo de lo que se tratan casi todos los mitos.
El contraste con Marduk es Mordejai. La similitud etimológica es evidente y está muy bien aprovechada por el texto bíblico.
Ahí donde el mito de los derrotados babilonios trata de entender cómo los astros gobiernan la tierra, el libro de Ester trata de entender como nuestras acciones humanas le dan rumbo a la historia.
Por eso nuestro héroe Mordejai no es un ser celestial o espiritual, sino alguien de carne y hueso. No es un dios, sino un modestro burócrata de la corte aqueménida. No es alguien sobrado de sí mismo, sino una persona que se sobrepone al estrés y al miedo y hace todo lo que puede para tratar de salvar a su gente.
Allí donde el mito babilónico alucina con seres fantasiosos, el libro de Ester se trata del aquí y ahora, y del que acaso sea el más complejo problema del ser humano: El miedo al otro.
Por eso es que Marduk pelea contra un dragón que sólo existe en nuestra imaginación (porque las constelaciones no existen en la vida real; sólo existen en nuestras mentes), mientras que Mordejai pelea contra un político perverso (que, lamentablemente, existen en muchos lugares, todo el tiempo).
El de Ester es un libro que no nada más se trata de la manera milagrosa en la que el pueblo judío ha derrotado a sus enemigos y, sobre todo, al antisemitismo.
Es un impactante discurso que le embarra en el rostro a los babilonios una verdad indiscutible: Los judíos peleamos contra enemigos reales, a diferencia de los dioses mesopotámicos. Por eso, los judíos sobrevivimos al Imperio Aqueménida y los babilonios no. El gran imperio de Nabucodonosor no volvió a brillar después de la derrota en la Batalla de Opis en el año 539 AEC. Primero quedaron sujetos al dominio persa y medo; luego, al macedónico; luego, al seléucida; luego, al parto y al sasánida; finalmente, al árabe. Los habitantes del actual Irak ni siquiera se pueden identificar como herederos directos o plenos de la cultura babilónica antigua.
Los judíos, en cambio, tenemos a Israel. En el mismo lugar de siempre, y más fuerte que nunca.
He ahí la diferencia entre luchar contra políticos perversos o contra dragones en el cielo.
La diferencia entre Mordejai y Marduk.
Cada quien sus héroes, cada quien su historia.
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