El mundo de la cultura y la comunidad judía de México despide a un gigante. Pedro Friedeberg, el artista que convirtió la excentricidad en arquitectura imaginaria y el absurdo en una de las bellas artes, falleció este jueves en San Miguel de Allende a los 90 años.
México se ha quedado un poco más huérfano de magia. La mañana de este jueves, en San Miguel de Allende y rodeado del afecto de sus seres queridos, murió Friedeberg. La noticia, confirmada por su familia, cierra un capítulo dorado del arte contemporáneo: el de un creador que inventaba universos para escapar de la tiranía de lo ordinario.
“La familia del Maestro Pedro Friedeberg informa con profundo pesar del sensible fallecimiento del Maestro esta mañana… Agradecemos las muestras de afecto y pedimos respeto y privacidad en este momento”, dictó el comunicado oficial.
Un legado tallado en la singularidad
Nacido en Florencia en 1936, en el seno de una familia de origen judío-alemán que emigró a México, Friedeberg trajo consigo una sensibilidad cosmopolita que pronto encontró afinidad con la exuberancia visual del barroco mexicano.
Formado inicialmente en arquitectura, Friedeberg pronto demostró que su espíritu no cabía en la disciplina de las líneas rectas. Bajo la tutela de figuras como Mathias Goeritz, Friedeberg se rebeló contra el funcionalismo sobrio de la arquitectura moderna para abrazar un surrealismo propio, lleno de mandalas, simbología esotérica y una precisión geométrica casi obsesiva.
Su “Silla Mano” se convirtió en un ícono global, una pieza que desafió la utilidad para transformarse en un objeto de culto. Friedeberg era un cronista visual de la paradoja humana.
El filósofo de la “tontería humana”
A Friedeberg no le interesaba la solemnidad pretenciosa del mundo del arte. Le fascinaba lo que él llamaba la “tontería humana”. Se nutría de los clásicos para comprender el caos moderno: en el Elogio de la locura, de Erasmo de Rotterdam, encontraba la vigencia del disparate humano; en La anatomía de la melancolía, de Robert Burton, hallaba el consuelo de la extravagancia.
Otra obra que evocaba con entusiasmo era Hypnerotomachia Poliphili, un enigmático libro renacentista que describía como “un viaje erótico de sueños lleno de diosas griegas y símbolos paganos”, imaginario que posteriormente volcaba en sus lienzos.
Admirador confeso de la agudeza de Carlos Monsiváis, Friedeberg compartía con el cronista esa capacidad de ver “el lado chusco de todo”. Para el maestro, el mundo era un escenario absurdo y su arte, la mejor manera de aplaudir esa comedia.
Un adiós al asombro
Friedeberg no solo deja museos y colecciones privadas repletas de su genio; deja una lección de vida, la de un hombre que, a pesar de las sombras de la historia y el paso de las décadas, nunca perdió la capacidad de asombrarse.
Su obra, minuciosa y barroca, seguirá recordándonos que la humanidad es una mezcla elegante de grandeza y absurdo. Hoy se despide el artista que dibujó laberintos infinitos, pero su universo creativo permanece.
Que su memoria sea una bendición y su arte, un recordatorio eterno de nuestra libertad creativa.
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