Alejandro Klein / Reflexiones apocalípticas sobre el antisemitismo de 1096: Cristianos genocidas. Judíos inmolados

Pedro el Hermitaño predicando la Primera Cruzada

Aunque la evidencia histórica es casi inexistente, puedo entender que hasta el año 1000 más o menos la actividad prosélita judía era relativamente exitosa en Europa. No es ninguna casualidad que la crónica de Salomón bar Simon hable de dos conversos dispuestos a demostrar ardorosamente su seguimiento de la prédica y fe judía… 

De allí que sostengo que la insanía y destrucción de los pobladores cristianos contra los judíos desde 1096 en adelante era una forma de demostrarle a la Iglesia que de ninguna manera la gente sintió curiosidad o simpatía por el judaísmo de aquellos años. Una forma de protegerse contra una autoridad que se tornaba con un grado de poder y coacción sin precedentes

Pero hay también otra explicación posible. Una referida al significado apocalíptico que Europa le dio a su primer milenio, es decir al año 1000.

Este año 1000 tuvo pronto un significado apocalíptico y de fin de los tiempos. En el retorno de Jesús, la Parusía en el caso de los cristianos. Yde una posibilidad mesiánica en el caso de los judíos.

De esta manera tanto cristianos como judíos sintieron que la divinidad los ponía a prueba para ver si eran realmente merecedores de tan magnos eventos.

Hay que considerar por otra parte que desde el año 800 aproximadamente y con la derrota casi total del antiguo paganismo, la Iglesia era dueña y señora de Europa, es decir de lo que se entendía como mundo en aquel momento

Se consideraba pues cumplido que esta buena nueva del Reino de la Iglesia se había predicado en el mundo entero para servir de “testimonio” a todas las naciones, después de lo cual no podría venir sino el fin de los días terrenales (Marc. 13, 10) Por supuesto que los detalles precisos eran nebulosos: “En cuanto al día y a la hora nadie lo sabe, ni los ángeles de los cielos, ni el Hijo, sino solo el Padre” (Marc. 13, 32).

Hay que destacar que en un primer momento el cristianismo primitivo elaboró una serie de profecías por las cuales se suponía al Cristo muerto, residiendo en el cielo, pero anunciándose su pronto retorno a la tierra, de lo cual probablemente no tuvo en realidad Jesús la menor idea, ya que todo hace suponer que nunca creyó que su empresa fuera detenida por la muerte.

Posteriormente y con el plazo del tiempo, se postergó la venida del Cristo para  después de la ruina de Jerusalén, como posterior al año 70, época en que el aplazamiento del retorno comenzaba a inquietar los espíritus, que algunos evangelistas trataron de tranquilizar.

Finalmente, surgió una tercera y definitiva explicación: el Retorno del Cristo no siguió inmediatamente a la ruina de Jerusalén, porque el Evangelio debe ser predicado a todas las naciones antes de que el Cristo vuelva. Esta profecía trata de justificar y de explicar un aplazamiento del retorno, que todo hace pensar se solidificó en las proximidades del 150.

Desde aquí las cosas comenzaron a tomar otro cariz. El dato no es menor. Pues el año 1000 fue considerado por la Iglesia como la época de la Parusía, es decir el segundo retorno de Jesús, Cristo, o sea el Juicio Final, la resurrección de los muertos, la implantación del Reino de la Divinidad sobre la tierra. Era la fecha final. La fundamental. Y la Iglesia debía demostrar que merecía y se ganaba tal Parusía.

Por tanto era vital que la Iglesia le mostrara a la divinidad que había hecho adecuadamente sus “deberes”. Léase: convertir a hoguera y espada a los infieles, focalizados hasta ese momento casi exclusivamente en la figura de los paganos.

Recuérdese que de acuerdo con la Epístola a los Romanos (VIII, 21; XI, 32), la primera a Timoteo, la Epístola a los Colosenses, la Epístola a los Efesios, la primera a los Corintios y la primera a los Tesalonicenses, sólo los justos resucitarán al retorno de Jesús sobre las nubes y los otros continuarán durmiendo su insensible sueño hasta el día de la regeneración universal, en que el Cristo habiendo vencido todas las potestades del mal y de la muerte misma, entregará a su Padre el mundo enteramente reconciliado.  La Iglesia debía pues estar como fuera en el bando de esos justos.

Por otra parte, también es cierto que había otra tradición, que también aterraba a la Iglesia, reseñada en la segunda a los Corintios y otros pasajes de la Epístola a los Romanos (II, 6-8), por la cual el retorno de Cristo hace resucitar a los malos, al mismo tiempo que a los buenos, asignándoles castigos efectivos, y la segunda a los Tesalonicenses declara además que esos castigos serán eternos (2, Tes. I, 6-9).

Pero el problema es que llegó el año 1000 y no apareció el Cristo, ni los muertos se levantaron, ni hubo Juicio Final, ni hubo castigos ni hubo recompensas celestiales.

¿Qué había pasado? ¿Cómo era posible? ¿En qué se había fallado?

La respuesta la dio Urbano II: es que había que reconquistar los santos lugares. Había que organizar una cruzada.  Y rápidamente, el bajo clero dio una segunda respuesta: es que hay que asesinar o convertir a los judíos como parte esencial de esa cruzada. Ya no había paganos: seguía pues la hoguera y la lanza con los judíos…

En los dos casos, la respuesta era: Dios nos a puesto ha prueba. Y no se puede decepcionar a la divinidad so pena de agravio, herejía o infierno

Pero lo extraño del caso es que la crónica de Salomón bar Simon parece indicar que para los judíos también el año 1000 era el año de la llegada del Templo o de la era Mesiánica. Así empieza esta crónica: “En el año cuatro mil ochocientos cincuenta y seis, (año 1096) el año mil veintiocho de nuestro exilio, en el undécimo año del ciclo Ranu, el año en que esperábamos la salvación y el consuelo, de acuerdo con la profecía de Jeremías: «Cantad con alegría por Jacob, y gritad a la cabeza de las naciones» (cita que proviene de Jeremías 31:7), este año se convirtió en cambio en tristeza y gemidos, llanto y clamor

Así pues era una situación simétrica y siniestramente similar en el punto en que también los judíos dedujeron que la divinidad también los estaba poniendo a prueba

Pero la prueba de los judíos era dejarse asesinar y masacrar recitando el Shemá Israel”, mientras que la prueba de los cristianos fue masacrar y asesinar judíos al grito de: Cristo así lo quiere”.

Siniestra y perversa combinación con resultados desastrosos para el pueblo judío, transformado ahora en el carnero substituto de un Fantasmagórico Templo inexistente, tanto como siendo colaborador involuntario de un plan cristiano de conversión o extermino.

1096 marca entonces definitivamente un antes y un después.

Ya no habría diálogo, vecindad y cercanía entre cristianos y judíos. Solo odio, paranoia, miedo y recelo. Las cosas ya no podrían ser de otra manera. Mientras haya judíos no habrá Paraíso sobre la Tierra. Y desde el lado judío, mientras los judíos no se dejen inmolar, la divinidad los juzgará y condenará con severidad inaudita.

Casi once siglos después, ¿cuánto han cambiado las cosas?

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