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viernes 17 de julio de 2026

Irving Gatell / El juego entre los países árabes y Ucrania

Ya se sabe que los conflictos en Ucrania y en Medio Oriente están conectados debido a la alianza de Rusia con Irán, pero apenas estamos viendo hasta dónde va a llegar esa situación. Y ese “hasta dónde” llega muy lejos. 

IRVING GATELL EN EXCLUSIVA PARA ENLACE JUDÍO

Rusia se ha mantenido ajeno al conflicto en Irán, por lo menos en lo relativo a lo militar. Así como no hizo nada por defender a Maduro en Venezuela, tampoco ha ofrecido tropas o armas para defender a los ayatolas en Irán.

No tiene nada de raro. Es bien sabido que Putin nunca tuvo intenciones de confrontarse directamente con Israel. Desde 2011, cuando comenzó la guerra civil en Siria, Israel y Rusia hicieron todos sus movimientos (Israel para destruir o eliminar bases, armas o comandantes de Hezbollá, del régimen de Assad y de las Guardias Revolucionarias de Irán; Rusia, para apoyar a Assad en su lucha contra los grupos rebeldes sirios) de tal manera que no tuvieran que verse cara a cara. Siempre hubo un acuerdo tácito entre Putin y Netanyahu de que la lucha de cada país era un asunto aparte, y que mientras no se agredieran el uno al otro, todo lo demás se permitía.

Luego vino la caída de Assad, y con ello Rusia perdió su principal factor de intervención en el Medio Oriente. De todos modos, para ese momento Putin ya llevaba casi tres años atascado en su guerra en Ucrania, y por ello estaba sumamente debilitado y limitado, al punto de no poder planear una intervención siquiera pequeña en Medio Oriente.

Quien pagó los platos rotos fue Irán. En el momento crítico, Rusia no vino en su ayuda con ejércitos o con armamento pesado. Sin embargo, mucho se ha rumorado de que sí hubo una transferencia de información de inteligencia para que los ataques iraníes contra las instalaciones militares estadounidenses en Medio Oriente fuesen más efectivas, lo mismo que los bombardeos contra infraestructura energética de los países árabes.

Sea o no correcta esta información, hay otra razón por la cual Rusia no tiene ya mucho que ofrecerle a la alianza entre Estados Unidos, Israel y los países árabes.

Lo primero y a más largo plazo es que es Ucrania el país rico en minerales raros, y eso le interesa a los Estados Unidos, que estarán dispuestos a financiar la reconstrucción ucraniana (sin intervención ni interferencia de Europa) a cambio de la autorización para explotar esos componentes tan importantes para la industria tecnológica.

Lo segundo y más evidente —por ser más inmediato— es que Ucrania es un cómplice perfecto para los países árabes en este momento, ya que posee toda la experiencia y las mejores herramientas para defenderse de los drones iraníes. Y es que estos fueron la clave para muchos de los más agresivos bombardeos rusos a Ucrania durante los cuatro años pasados.

Por ello se acaban de firmar contratos de colaboración entre Ucrania y los países árabes. Ucrania pondrá su tecnología militar; los países árabes pondrán dinero justo en un momento en el que este escasea, debido a los daños que Irán ha causado a la industria petrolera del Golfo Pérsico.

Pero ahí está la clave: Todo esto sucede justo también cuando Ucrania está lanzando ataques devastadores contra la industria petrolera rusa en el Mar Báltico. Los daños son estrambóticos. Se calcula que Rusia va a perder como mínimo el 40% de su capacidad de exportación, y eso prácticamente llevará a Putin a la quiebra.

¿Ucrania seguirá destruyendo instalaciones rusas? Sus drones son cada vez más potentes y llegan más lejos. Para Putin es un infierno, porque no tiene las defensas anti-aéreas necesarias para detener los enjambres de drones ucranianos que lo están dejando fuera del negocio petrolero.

Mientras, en la Península Arábiga, en Washington y en Buenos Aires, mucha gente se frota las manos y se relame los bigotes. Todo ese mercado que Rusia tenga que abandonar será recuperado por los países árabes (que en cosa de cinco años habrán recuperado su industria petrolera), Estados Unidos (que sigue y seguirá siendo el más grande productor de petróleo del mundo) y Argentina (que ha incursionado exitosamente en el mercado del gas natural).

Israel no parece salir ganando directamente con todos estos movimientos, pero es que así está diseñado el plan, justo porque Israel y Rusia han mantenido esa política de no agresión.

Sin embargo, a la larga Israel sí puede beneficiarse del reacomodo, sobre todo si los países árabes proceden a la construcción de oleoductos y gaseoductos que desemboquen en el Mar Mediterráneo para ya no depender de la estabilidad política en el Estrecho de Ormuz o en el Mar Rojo. Y salir al Mar Mediterráneo pasa por Israel. En el marco de los Acuerdos de Abraham este podría ser un negocio mayúsculo.

Poco a poco y viendo los saldos de la guerra en Irán, el panorama se va aclarando.

Ucrania tiene la tecnología para derrotar a Rusia, pero no tenía el dinero. El acuerdo firmado con los árabes ya se lo consiguió. Los árabes tienen su infraestructura petrolera y gasífica muy lastimada, pero también tienen los recursos para restaurarla (y lo harán). Estados Unidos no ha sufrido ningún daño en su propio territorio, y si por un lado va a adueñarse de una buena rebanada de todo este pastel, por el otro lado está fuera de toda duda de que es el jefe. Todos se mueven al ritmo y bajo el amparo de Washington. Israel, por su parte, se beneficiará económicamente de la integración del Medio Oriente una vez que los ayatolas ya no estén presentes, y habrá resuelto sus principales problemas de seguridad. Finalmente, países emergentes en estos mercados, como Argentina, empezarán a tener ganancias que nunca habían disfrutado.

En el otro extremo, veremos a tres países intervenidos a fondo para alinear a sus nuevos gobernantes al nuevo orden mundial: Cuba, Venezuela e Irán.

Es muy probable que todo esto quede bien estructurado antes de que Trump concluya su mandato en enero de 2029.

Así, habrá dejado listo el panorama para que los Estados Unidos puedan someter a su nuevo gran enemigo —China—, que no va a llegar a la cita en su mejor momento, ni con buenos aliados.
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