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jueves 04 de junio de 2026
Plato de Pésaj

Rabino Yerahmiel Barylka / El último día de Pésaj

Pésaj no solo evoca un acontecimiento histórico, sino que nos da una lección según la que, la continuidad del pueblo judío se entiende como un testimonio de resiliencia, providencia y renovación constante.

Según el Midrash, (véase la Mejilta citada por Rashí en Shemot 14:5) la separación del Mar de los Juncos tuvo lugar siete días después de que los hijos de Israel salieran de Egipto. De ahí nuestra costumbre de leer «Shirat Hayam» como aparece en los capítulos 14 y 15 de Shemot en el «Shvii shel Pesaj» –el séptimo día de Pesaj».

Sin embargo, esa razón no aparece en el Jumash.

Durante el Éxodo, los israelitas se vieron literalmente atrapados entre el acoso egipcio y el mar azul profundo. Moshé, como era habitual en él, se postró en tierra y clamó a .A. pidiendo misericordia. Nunca habría podido imaginar la respuesta que recibió del Todopoderoso. «¿Ma Titzak Elay? ¿Por qué clamas a mí?», dijo .A.. «Daber el bene Israel veyisahu – Habla a los israelitas, que sigan su camino, haz algo».

Najshón, hijo de Aminadav, dijo a todos: «Síganme, tengo un plan». Él dio ese primer salto de fe, se lanzó a las aguas y estas se secaron bajo sus pies, y una vez que las aguas se abrieron, hasta los más renuentes lo siguieron.

Este episodio fundacional se ha convertido en un paradigma histórico: a lo largo de los siglos, el pueblo judío ha enfrentado repetidas situaciones en las que su existencia colectiva parecía estar al borde de la aniquilación. Sus perseguidores le daban dos opciones:

O morir por la espada o lanzarse al mar turbulento de su aniquilación y asfixia espiritual.

También en nuestro tiempo estamos experimentando una situación similar a la que sucediera ya en la historia.

Durante la Edad Media y la Edad Moderna, distintos poderes cristianos y musulmanes realizaron hechos de discriminación, expulsiones, conversiones forzosas o violencia antijudía, en contextos marcados por factores teológicos, económicos, sociales y políticos. En el siglo XX, los regímenes totalitarios europeos llevaron estas dinámicas a un extremo sin precedentes, particularmente con el proyecto genocida del nacionalsocialismo.

En el periodo contemporáneo, ciertos actores estatales y no estatales en Oriente Medio, así como algunos movimientos ideológicos de alcance global, han mantenido discursos o prácticas hostiles hacia el pueblo judío o hacia el Estado de Israel. 

Sin embargo, en cada coyuntura crítica, cuando parecía inminente el “fin de la historia” para Israel, surgió un giro inesperado que permitió su supervivencia y posterior renovación. 

Este patrón histórico reproduce, de manera simbólica y recurrente, el drama vivido en Yam Suf: una situación límite seguida de una liberación inesperada. Numerosos pensadores han reflexionado sobre este fenómeno singular, pero ninguna explicación puramente racional ha logrado dar cuenta de su persistencia. En la conciencia judía, esta continuidad histórica se interpreta como la reiterada intervención divina, una metáfora de “mares abiertos” a lo largo de más de tres milenios.

Moshé recordó esa lección más tarde; su hermana Miriam estaba tan enferma que se temía que pudiera morir. Y es ahí, en ese relato del libro de Bemidbar, donde encontramos a Moshé ofreciendo la oración más breve de la que se tiene constancia. Dijo: «El na, refá na la». .A., por favor, cúrala, por favor. Sin duda, Moshé, en ese momento de gran angustia de su hermana, podría haber rezado una oración más larga, una con mayor fervor. Pero, Rashí explica que, en ese momento, recordó los acontecimientos del mar. Se dio cuenta de que, por supuesto, debíamos rezar a .A., pero en ese momento se necesitaba su presencia junto al lecho de su hermana, para buscar la mejor atención médica, para animarla, para intentar hacer algo que la ayudara, para convertirse en colaborador de .A.. Y eso es exactamente lo que ocurrió; Miriam se recuperó.

De este pasaje se desprende una enseñanza de una fuerza extraordinaria, una verdad que interpela no solo a nuestra conciencia individual, sino también a la responsabilidad colectiva que nos incumbe en estos tiempos convulsos. Nuestros maestros del Talmud condensaron esta idea con la sentencia lapidaria: «Ein somjim al hanés» —No se debe jamás depender del milagro.

Cuando está en juego nuestra seguridad, nuestro porvenir, nuestro bienestar material y espiritual, cuando se trata de proteger a nuestras familias, de sostener a nuestra comunidad o de asegurar los medios de subsistencia, no podemos delegarlo todo en manos del Todopoderoso como si la pasividad fuese una virtud. La tradición nos exige estrategia, previsión, acción deliberada. La fe no es un sustituto de la responsabilidad; es su fundamento.

Si nos limitáramos a cruzar los brazos, esperando que la intervención divina resolviera lo que nosotros rehusamos afrontar, escucharíamos —como un reproche que atraviesa los siglos— la voz divina que clama: «Ma titzak elay?» —¿Por qué clamas a Mí?. Y continúa el mandato: «Daber el benei Israel veyisau» —Habla a los hijos de Israel, que avancen, que actúen conforme a lo que la hora demanda, que asuman su papel en la historia.

Pésaj, en su dimensión histórica y teológica, es precisamente la memoria viva de esta verdad: la supervivencia del pueblo judío no es un accidente ni un milagro pasivo, sino la expresión de una voluntad colectiva que se rehúsa a desaparecer, que construye, que avanza, que sostiene un proyecto espiritual y nacional incluso frente a la hostilidad más feroz. Es la afirmación de que la redención se despliega allí donde la acción humana se entrelaza con la guía divina.

El mensaje es claro y contundente: El Eterno nos llama a no abandonarlo todo en Sus manos. Él acompaña, fortalece y sostiene, pero Su ayuda se derrama sobre quienes se esfuerzan, sobre quienes se levantan, sobre quienes se comprometen con su propio destino.
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