Durante años, buena parte de la atención internacional se concentró alternativamente en una u otra crisis: el programa nuclear de Irán, las provocaciones misilísticas de Corea del Norte, las guerras en Medio Oriente o las tensiones en Asia oriental. Sin embargo, con frecuencia se pasó por alto un dato esencial: estos focos de amenaza nunca estuvieron completamente separados.
En 2013 señalé que la conexión entre Pyongyang y Teherán podría transformarse en uno de los desafíos estratégicos más peligrosos del siglo XXI. Los hechos posteriores no hicieron sino confirmar aquella preocupación.
La cooperación entre ambos regímenes no responde a verdaderas afinidades ideológicas —dadas sus profundas diferencias políticas y religiosas—, sino a una lógica de poder. Allí donde las democracias deliberan, los autoritarismos intercambian tecnología, experiencia, métodos de evasión de sanciones y estrategias de supervivencia.
Desde hace décadas, diversos informes y análisis internacionales han señalado vínculos en materia misilística, transferencia de conocimientos técnicos y asistencia recíproca en áreas sensibles. Más allá de los matices o controversias sobre cada dato puntual, la tendencia general resulta difícil de negar: Irán aprendió observando a Corea del Norte, y Pyongyang encontró en Teherán un socio estratégico de gran valor.
El método también fue compartido: negociar sin ceder lo sustancial, ganar tiempo, aliviar presiones internacionales y continuar avanzando en capacidades militares decisivas. La comunidad internacional, demasiadas veces, confundió pausas tácticas con verdaderos cambios de rumbo. Mientras sucesivas administraciones occidentales alternaban sanciones, diálogos inconclusos y prioridades cambiantes, Pyongyang aprovechó ese tiempo para avanzar hasta erigirse, de hecho, en una potencia nuclear que hoy ya no puede ignorarse, estatus al que también aspira Irán.
El 19 de abril, Corea del Norte realizó su séptimo ensayo misilístico de 2026, lo que volvió a generar preocupación internacional. Su líder supremo, Kim Jong-un, supervisó pruebas vinculadas al Hwasong-11 Ra, derivado del misil Iskander de desarrollo ruso, que realiza maniobras a baja altitud para evadir la intercepción terminal. Según el analista Jeshurun Hight, cinco de esos misiles balísticos arrasaron una isla. Las ojivas de racimo dispersaron cientos de municiones en 13 hectáreas, lo que evidenció tácticas orientadas a vulnerar defensas antimisiles como la Cúpula de Hierro israelí, perfeccionando capacidades cuya proyección excede largamente a la península coreana.
A diferencia de la amenaza de hace una década, Corea del Norte dispone hoy de vectores más sofisticados, mayor movilidad operativa y sistemas cuya evolución preocupa crecientemente a los servicios de inteligencia mundiales.
Según el propio Hight, en un reciente artículo de opinión publicado en Ynetnews, Pyongyang no solo continúa perfeccionando sus capacidades misilísticas, sino que también está dispuesto a facilitar desarrollos estratégicos a aliados como Irán. El autor sostiene además que Kim Jong-un dijo a los medios estatales, que un solo misil bastaría para aniquilar a Israel. De confirmarse este escenario, seguramente se activarán todas las alertas mucho más allá de Asia.
Hoy el peligro no reside solamente en la existencia de arsenales o programas nucleares estatales, sino en la posible transferencia de tecnologías cada vez más sofisticadas hacia proxies iraníes regionales.
Para Israel, esta amenaza reviste una gravedad particular. Lo que se desarrolla en Asia puede impactar en Medio Oriente con rapidez inquietante.
En lo que concierne al Estado judío, el desafío consiste en prepararse no solo para los riesgos existentes, sino también para eventuales cesiones tecnológicas futuras hacia Irán y por extensión a Hezbollah, Hamas o los hutíes. Ello exige fortalecer sus sistemas defensivos multicapa, profundizar la inteligencia preventiva, ampliar la cooperación estratégica con socios regionales y sostener una capacidad de disuasión inequívoca.
Pero el problema excede ampliamente a Israel. También compromete a Asia, Europa y Occidente en general. Un mundo donde regímenes imprevisibles fortalecen sus capacidades estratégicas y cooperan entre sí torna al sistema internacional más inestable, riesgoso y propenso al error de cálculo.
Durante demasiado tiempo se subestimó esta convergencia. Se creyó que cada crisis podía administrarse por separado, como compartimentos estancos. La realidad demuestra lo contrario: las amenazas contemporáneas están interconectadas.
De la advertencia a la realidad hay, a veces, apenas el tiempo que tarda el mundo en descubrir que ignorar una amenaza no la hace desaparecer.
Rubén Kaplan
Periodista y escritor
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