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domingo 19 de julio de 2026

Rab Yosef Bitton / Emor: Rabbí Akivá y Jerusalem de Oro (Yerushalayim Shel Zahav)

La canción más famosa del Israel moderno es, sin duda, Yerushalayim shel Zahav — Jerusalem de Oro — compuesta en 1967 por la compositora y cantante israelí Naomi Shemer. Muchos asumen que el nombre de la canción hace referencia a la cúpula dorada de la mezquita que hoy domina la vista de la Ciudad Antigua, construida sobre el lugar donde estuvo el Bet HaMiqdash. ¡Nada más lejos de la verdad!

La primera vez que se usa la expresión “Jerusalem de Oro” es en el contexto de un diálogo íntimo entre Rabbí Akivá y su joven esposa Rajel, una de las figuras femeninas más influyentes de toda la historia judía.

La propia Naomi Shemer lo explicó así:

La idea con la que comencé esta canción fue la historia talmúdica sobre Rabbí Akivá, que vivía en la pobreza con su amada esposa Rajel. Mientras le sacaba las pajitas del cabello, le prometió que un día le regalaría ‘Yerushalayim shel Zahav’”.

¿Pero qué significa Yerushalayim shel Zahav?

LO QUE NADIE MÁS QUE RAJEL VIO

Comencemos por el principio. Antes de ser rabino, Rabbí Akivá era un pastor. Trabajaba para el hombre más rico de Yerushalayim, Kalba Sabua, cuya hija única, Rajel, era la joven más pretendida de la ciudad. Cualquier familia hubiera dado lo que fuera por casarla con su hijo. Pero Rajel tenía una mirada distinta.

Rabbí Akivá tenía cuarenta años y no sabía leer ni escribir. Sin embargo, Rajel, con una visión extraordinaria, percibió algo en él que nadie más veía: Rabbí Akivá era un superdotado, una mente brillante esperando ser despertada. Una grandeza latente que podría cambiar el destino de Am Israel cuando el pueblo más lo necesitaba: cuando todavía estaban frescas las lágrimas por la destrucción del Bet HaMiqdash. Y Rajel decidió apostar todo por esa visión.

Le propuso un trato: si Rabbí Akivá se comprometía a estudiar Torá, ¡ella se casaría con él! Él aceptó. El padre de Rajel, furioso, los expulsó de la casa.

Los recién casados tuvieron que empezar desde cero. No tenían nada, ni siquiera un techo. En invierno dormían en un granero y se cubrían con paja. Cada mañana, Rabbí Akivá, con gran cariño, le quitaba a su esposa las pajitas que se le habían enredado en el cabello durante la noche. Y en uno de esos momentos, mirándola a los ojos, le hizo una promesa que cambiaría la historia: “Cuando pueda, te regalaré ‘Yerushalayim shel Zahav’”.

Yerushalayim shel Zahav, Jerusalem de Oro, era una tiara: una corona de oro con la forma de las murallas de Yerushalayim y, en el centro, el Bet HaMiqdash. Era la joya más preciada y significativa que existía — la forma más digna de homenajear a Yerushalayim y eternizar su recuerdo.

Rabbí Akivá había nacido alrededor del año 45 de la era común. Tanto él como Rajel habían conocido el Templo; quizás incluso habían rezado en él, y sin duda habían sufrido profundamente su destrucción. Esa corona de oro con la forma de Yerushalayim y del Bet HaMiqdash era una manera de mantener vivo ese recuerdo para siempre.

Desde la indigencia, aquella promesa era profundamente romántica, pero también sumamente audaz. Sin embargo, Rajel sonrió y, una vez más, creyó en él más de lo que él creía en sí mismo.

LA VERGÜENZA

Después de un tiempo en el que se adaptaron a la pobreza, Rajel le dijo a su marido: “Es hora de que empieces a estudiar Torá”. Fiel a su promesa, Rabbí Akivá se dirigió al Talmud Torá, la escuela primaria, para aprender las primeras letras hebreas: el “alef, bet” (de donde proviene la palabra “alfabeto”).

Pero se encontró con un problema: a su edad —más de 40 años— compartía la clase con niños de 5 y 6 años que se burlaban de él y le decían: “¿Qué hace aquí un anciano como tú?”. Rabbí Akivá se sintió tan avergonzado que huyó de la clase.

Al llegar a su casa, desconsolado, le contó a su esposa lo sucedido y le rogó que no le pidiera volver al Talmud Torá. Parecía que el proyecto de educar a este “genio potencial” había terminado antes de comenzar.

Rajel, sin embargo, reaccionó con calma: “Está bien. No vayas a estudiar. Pero tengo una tarea para ti mañana”. Aliviado, Rabbí Akivá aceptó.

Rajel le pidió prestado un burro a una vecina y lo decoró con barro y flores en el lomo. Un “burro con flores” era algo ridículo, digno de espectáculo.

Al día siguiente, Rabbí Akivá llevó el burro al mercado. La gente estalló en carcajadas: “¡Miren! ¡Un burro con flores!”. Al segundo día, solo la mitad se rió. Al tercero, nadie.

Entonces Rajel le explicó: “Así es la gente. Al principio se burlan de lo extraño. Pero con el tiempo, se acostumbran. Lo mismo pasará contigo”.

Rabbí Akivá regresó a la escuela, y en pocos días, nadie volvió a burlarse de él.

EL BLOQUEO MENTAL

Sin recursos para un maestro privado, Rabbí Akivá continuó estudiando con niños pequeños. Pero enfrentó un nuevo desafío: aunque se esforzaba al máximo, no lograba aprender. No conseguía asimilar los conceptos. Se sintió frustrado y pensó en abandonar.

No se atrevía a compartir su angustia con Rajel. Guardó su dolor en silencio.

Un día, sentado cerca de una cueva, observó una roca con un pequeño orificio. Gota a gota, el agua la había perforado. Entonces comprendió:

“Si el agua suave puede atravesar la roca dura, la Torá puede penetrar mi mente”.

Ese pensamiento lo transformó. Retomó sus estudios con fe renovada y, tras doce años, se convirtió en un gran maestro con doce mil alumnos.

EL SACRIFICIO DE RAJEL

Durante todo ese tiempo, Rajel sostuvo el hogar con gran humildad. Muchas la criticaban por tener a su marido lejos, pero ella sabía quién era él y cuánto lo necesitaba Am Israel.

Cuando le preguntaron si no sufría por su ausencia, respondió: “Si pudiera, lo enviaría doce años más”. Y Rabbí Akivá estudió otros doce años.

Al regresar, lo hizo acompañado de veinticuatro mil alumnos — la academia más grande del mundo judío. Sin el Bet HaMiqdash, el futuro de la Torá estaba en sus manos.

LA CORONA DE YERUSHALAYIM

Entre la multitud que salió a recibirlo había una mujer humilde. Cuando intentó acercarse, algunos alumnos quisieron detenerla. Rabbí Akivá intervino y dijo:

“Shelí veshelajem — sheláh hi”.

Todo lo mío y todo lo de ustedes es de ella.

Después de veinticuatro años, cumplió su promesa y le entregó la Yerushalayim shel Zahav: la corona de oro con la forma de Yerushalayim y del Bet HaMiqdash — la ciudad destruida, pero viva en el corazón.

La paja que había quitado de su cabello años atrás fue reemplazada por la corona más hermosa. Nadie la merecía más que Rajel. Su sacrificio y su visión permitieron que Am Israel preservara su Torá.

En estos días del Omer recordamos a Rabbí Akivá y a sus 24,000 alumnos. Rabbí Akivá es el padre de la Mishná. Sus discípulos sobrevivientes fueron los transmisores del texto fundamental de la Torá Oral.

La visión de Rajel se convirtió en el Talmud que hoy estudiamos en todas las yeshivot del mundo. Y, siglos después, también en una canción que sigue resonando.

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