Hay personas que destinan su rutina diaria no solo en trabajar, sino en cuestionarse cómo pueden mejorar el entorno en el que vive. Como es sabido, en México hay 4.4 millones personas mayores de 15 años que no saben leer y escribir, y de esto se dio cuenta José Shabot, quien a sus 18 años empezó programas para alfabetizar a los trabajadores que tenía alrededor para poco después fundar la organización: Construyendo y creciendo.
Los años han pasado y el pasado 21 de abril, recibió uno de los reconocimientos más importantes de su vida, cuando el congreso capitalino le entregó por unanimidad la medalla al Mérito Docente de la Ciudad de México.
Así, en el hermoso recinto legislativo de la calle Donceles José tomó el micrófono para agradecer a esas personas que merecían ser recordadas.
A continuación, las palabras de José Shabot el día de la premiación:
“Recibir la Medalla al Mérito Docente es un honor profundo. Un honor que no siento como algo individual, sino como el resultado de muchas manos, muchas historias y muchos esfuerzos que se han ido entrelazando a lo largo del tiempo.
Quiero empezar mucho antes de mí.
Con mis bisabuelos, que llegaron de Siria a México entre 1910 y 1912. Llegaron sin nada. Sin recursos, sin certezas, sólo con la esperanza de salir adelante. Y México les dio esa oportunidad.
Como muchos inmigrantes, entendieron que había que trabajar muy duro. Empezaron como aboneros, vendiendo casa por casa. Pero pronto entendieron algo fundamental: que el verdadero patrimonio no es lo que uno tiene, sino lo que uno aprende.
Esa idea marcó a mi familia.
Mi abuelo paterno, Salomón Shabot, no terminó la primaria, pero con inteligencia, disciplina y trabajo incansable pasó de vender linóleo casa por casa a ser industrial, estableciendo una de las primeras fábricas de alfombras nacionales.
Mi abuelo materno, José Cherem, logró algo extraordinario: fue el primer egresado de Ingeniería Civil de la comunidad judía en la Universidad Nacional Autónoma de México. Fue profesor de la UNAM y hasta el último día repitió que la educación le permitió transformar su destino.
Mis padres, aquí presentes, siguieron ese camino.
Mi padre, Moisés Shabot, ingeniero civil, inició su carrera en la construcción del Metro de la Ciudad de México y ha dedicado su vida a construir hogares y patrimonio para miles de familias.
Mi madre, Silvia Cherem, Premio Nacional de Periodismo, ha construido una trayectoria extraordinaria a partir del conocimiento.
Ellos me enseñaron algo fundamental:
Que la educación es el cimiento de todo.
Así como la cimentación sostiene un edificio, la educación sostiene la vida. Sin ella, todo es más frágil. Con ella, todo es posible.
Esa convicción se volvió realidad cuando empecé a trabajar en la construcción.
En mi primer trabajo como ayudante de residente de obra, me di cuenta de algo que me marcó profundamente: muchos trabajadores no hablaban español.
Cuando les pedía que se pusieran el equipo de protección, no me respondían. Pensé que era desinterés… hasta que entendí que no era eso.
Puse letreros de seguridad… y entonces me di cuenta de algo más duro: muchos no sabían leer.
Y eso tenía consecuencias reales.
Los sábados, cuando se pagaba la nómina, en algunos casos les pagaban menos… y no podían reclamar, porque no sabían cuánto debían ganar ni cuáles eran sus derechos.
Ahí entendí algo muy claro: La falta de educación no sólo limita… también vulnera. Y decidí hacer algo.
Me acerqué a familiares y amigos y dijimos: tenemos que llevar educación a quienes están construyendo nuestras ciudades.
Así nació la Fundación Construyendo y Creciendo hace más de 20 años.
Con una idea simple: llevar educación a las obras. A los trabajadores. A quienes levantan edificios, pero no han tenido la oportunidad de construir su propia educación.
Hoy, con el apoyo del Instituto Nacional para la Educación de los Adultos y muchos aliados, hemos llevado alfabetización, primaria, secundaria, preparatoria, capacitación técnica y educación tecnológica – que hoy también es fundamental – directamente a las obras.
Pero esto no lo hago yo. Es un trabajo en equipo. Y esta medalla es de todos los que forman parte de Construyendo y Creciendo.
Más allá de los programas y de decenas de miles de graduados, lo que realmente importa son las historias.
Sergio, un trabajador de Oaxaca, después de terminar la secundaria en una obra en Polanco, regresó a su comunidad para alfabetizar a su pueblo. Educó a más de 200 después de pasar por nuestras aulas.
María Eugenia, de 60 años, nos dijo algo inolvidable después de aprender a leer y escribir:
“Por primera vez veo el mundo en color”.
Claudia tuvo el valor de salir de un matrimonio con violencia gracias a la educación.
Eso es la educación, no son diplomas, es dignidad, es libertad, es oportunidad.
Por eso, la educación debe estar por encima de cualquier diferencia.
No tiene partido. No tiene ideología. Es una responsabilidad compartida.
Gobierno, iniciativa privada, organizaciones y ciudadanos tenemos que asegurar que nadie se quede atrás.
Hoy recibo este reconocimiento con orgullo, pero también con humildad.
Lo recibo en honor a mis bisabuelos, a quienes los acogieron en México.
A mis abuelos y a mis padres, y a mis hermanos que me inspiran cada día.
Lo recibo junto a mi esposa, Dorit, educadora y compañera fundamental en este camino.
Y lo recibo con responsabilidad.
Pienso en mis hijos: Moisés, Sylvia, Vivian y Ariela.
Y en los hijos de todos los mexicanos.
Lo que hagamos en educación no es para nosotros.
Es para ellos”.
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