La relación entre Israel y la ONU parece haber ingresado en uno de sus momentos más críticos desde la creación del Estado judío. Según reveló Ynetnews el 27 de mayo, el gobierno israelí habría decidido avanzar hacia una virtual ruptura diplomática con Naciones Unidas mientras António Guterres continúe al frente de la Secretaría General. Como parte de esa postura, el ministro de Relaciones Exteriores israelí Gideon Sa’ar, anunció la ruptura “inmediata” de relaciones con siete agencias y entidades vinculadas a la ONU.
La crisis diplomática parece haberse profundizado todavía más tras las recientes decisiones israelíes de retirar visados y exigir abiertamente la dimisión de Guterres, a quien distintos sectores israelíes acusan desde hace tiempo de haber relativizado o justificado parcialmente el ataque perpetrado por Hamas el 7 de octubre de 2023.
La resolución israelí no parece responder únicamente a un desacuerdo diplomático coyuntural, sino al agotamiento acumulativo de una relación que muchos consideran cada vez más marcada por el sesgo contra el Estado judío, los dobles estándares y la pérdida de autoridad moral del organismo internacional, una percepción que se repite con frecuencia en distintos sectores del país.
Funcionarios israelíes citados por Ynetnews, entre ellos el embajador ante la ONU, Danny Danon, sostuvieron que, bajo la actual conducción, Naciones Unidas profundizó un tratamiento cada vez más hostil hacia Israel, erosionando casi completamente la confianza diplomática israelí en el organismo.
El detonante más reciente de la indignación israelí fue la incorporación, junto a Hamas, de organismos vinculados al sistema penitenciario y de seguridad israelí en informes y listados relacionados con denuncias de violencia sexual y abusos contra detenidos palestinos. Las acusaciones, difundidas inicialmente por The Guardian y posteriormente por The New York Times, incluían denuncias particularmente aberrantes sobre presuntos abusos sexuales y sobre la supuesta utilización de perros entrenados para violar a prisioneros palestinos.
Para amplios sectores israelíes, la equiparación implícita entre organismos estatales israelíes y organizaciones terroristas como Hamas constituye no sólo una distorsión moral, sino también una nueva evidencia del profundo deterioro político y ético que atribuyen actualmente a Naciones Unidas.
Sin embargo, el malestar israelí no surge de un episodio aislado. En artículos recientes expresé mi preocupación por la actitud asumida por distintos organismos de la ONU tras la cruel matanza perpetrada por Hamas el 7 de octubre de 2023, las reiteradas acusaciones de sesgo contra Israel y el papel desempeñado por estructuras severamente cuestionadas como la UNRWA, algunos de cuyos integrantes fueron acusados de participar en el mini-Holocausto y colaborar con actividades terroristas.
Muchos israelíes consideran además que, durante la gestión de Guterres, la ONU dejó de ser percibida como un mediador internacional imperfecto pero necesario para transformarse progresivamente en un espacio cada vez más hostil hacia el Estado judío. Las críticas no se limitan a determinadas resoluciones o informes. También alcanzan lo que diversos sectores interpretan como una actitud moralmente ambigua frente al terrorismo islamista y la violencia dirigida contra civiles israelíes.
La paradoja histórica resulta inevitable. La ONU desempeñó un papel fundamental en la legitimación internacional del nacimiento del Estado de Israel en 1948. Sin embargo, décadas después, amplios sectores israelíes observan con desilusión cómo el mismo organismo parece haberse convertido, a sus ojos, en uno de los principales escenarios de deslegitimación política y diplomática del país.
La expectativa israelí de un “día después de Guterres” expresa algo más profundo que una mera disputa personal con el secretario general. Refleja la sensación de que, bajo la actual conducción, la relación entre Israel y Naciones Unidas habría entrado en una etapa de deterioro irreversible.
Naturalmente, los defensores de la ONU sostendrán que las críticas israelíes responden a desacuerdos inevitables dentro de un organismo crecientemente cooptado por países con intereses y visiones profundamente diferentes. Pero, para muchos israelíes, el problema ya no parece residir únicamente en discrepancias diplomáticas, sino en la percepción de un progresivo desgaste moral e institucional.
Quizá allí resida uno de los aspectos más preocupantes de esta crisis: la creciente sensación de que Israel ya no espera recomponer su relación con Naciones Unidas bajo la actual conducción, sino simplemente atravesar políticamente el tiempo restante hasta la llegada de un nuevo secretario general, aunque, debido a la creciente percepción israelí de animosidad hacia el Estado judío dentro del organismo, no se columbran cambios significativos.
Rubén Kaplan
Periodista y escritor
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