Juntos Venceremos
jueves 09 de julio de 2026

Diego Sciretta / El mensaje oculto: El cuadro soviético que casi dejo pasar

De la indiferencia a la revelación  

​Honestamente, debo decirlo: este fue el último cuadro que ingresó a mi hogar. Cuando lo vi por primera vez afuera, en el patio, no me gustó para nada. Como estaba enfocado en revisar una serie de obras de pintores ecuatorianos que había adquirido, dejé este de lado al final porque no encajaba con el estilo que venía buscando. Pensé que era simplemente una fotografía descolorida de un florero, una pieza decorativa sin mayor valor. Estuvo a punto de quedarse arrumbado allí afuera, ignorado por completo. Qué maravillosa sorpresa me tenía guardada el destino.

​Al empezar a limpiarlo por puro amor al arte, sin pretensiones de experto ni de recibir nada a cambio, me dediqué a mirarlo de cerca, en la intimidad de mi espacio, a sacarle fotos y a intentar descifrar qué podía haber detrás. Al retirar el vidrio y observar las sutiles ondulaciones del papel por la absorción del agua, la obra me sacudió. Me dio la impresión de que no era una foto, sino una acuarela original de una factura técnica impresionante. Me atrevería a pensar que ese pintor —quizás de la escuela soviética— decidió, de forma totalmente deliberada, suprimir las sombras y la perspectiva. Los objetos no me parecen mal logrados; da la sensación de que flotan en una atmósfera de absoluta ingravidez, suspendidos en el tiempo, tal como suelen flotar los recuerdos en la memoria.

​La metáfora de la rosa y la despedida de Yura

​Fue ahí, en pleno proceso de desentrañar sus misterios, donde mi mirada cambió por completo y el cuadro empezó a entrelazarse con mi propia experiencia y desarrollo. Comencé a sugerirme que la obra cargaba con un mensaje profundo. Ese ejército de rosas blancas, sin color, se muestra espléndido, abierto y erguido; tal vez representando el entorno uniforme y el pensamiento oficial de un régimen que asfixiaba la libertad. En cambio, la rosa ocre y amarilla, a pesar de tener colores fuertes que bien podrían evocar la resistencia de sus propias ideologías, tiene el tallo doblado y la cabeza baja. No está erguida como uno esperaría; pareciera estar doblegada por el peso de ese entorno que castiga al que es diferente. Y a sus pies, ese pétalo caído, desprendido del núcleo pero aún con color, me hace pensar inevitablemente en la viva imagen del destierro.

​La sospecha pareció confirmarse al darle vuelta a la pieza. Allí, en una caligrafía rusa cargada de emoción, descubrí lo que asumo es la despedida de un grupo de amigos a un ser querido que partía hacia la distancia:

“¡Nuestro querido, entrañable, cercano y lejano, amado Yura! ¡Gracias! ¡Te has compartido con nosotros y has dejado en tu vida, depositado en los graneros de nuestra alma y en nuestra memoria, la calidez y una partícula de tu propio fuego! ¡Recibe también el nuestro!”

​Estas palabras, firmadas por Olga, Viktor y Svetlana para Yuri —quien imagino que pudo haber formado parte de ese millón y medio de soviéticos que emigraron a Israel tras la caída del bloque—, transformaron el objeto en un lazo afectivo indestructible. Aquello que miré con desdén en un principio, allí afuera en el patio, resultó ser, a mi entender, un testimonio real de supervivencia.

​El espejo de la migración y el juicio apresurado

​Quizás el aprendizaje más desgarrador de esta experiencia sea darnos cuenta de lo habituados que estamos a juzgar a las personas al primer golpe de vista, ya sea a un empleado, a un desconocido o a cualquiera que se cruce en nuestro camino. Nos apresuramos a malcalificar al que tenemos enfrente sin sospechar que, tal como ese pétalo amarillo que saltó de su tallo, muchas de esas personas tuvieron que elegir la posibilidad del destierro o de la muerte antes que perder su color y su identidad. Prefirieron el riesgo del intento al ahogo de la uniformidad. 

​Yo no sé qué pasó finalmente con Yura, si logró mantener su fuego encendido en su destino lejano o si el desarraigo lo consumió; pero al menos hoy, su rosa doblada y su historia han encontrado el respeto, la calidez y la mirada limpia que merecían en este rincón del mundo. Y si Yura aún está vivo y de algún modo ve este relato, sabrá que el fuego que dejó guardado en la memoria de sus amigos no se apagó. Sabrá que cruzó fronteras, que sobrevivió al olvido en un patio y que finalmente encontró a alguien que logró comprender, honrar y llorar su historia.

​Y sabrá también que en este rincón del mundo hay un cronista dispuesto a devolverle su cuadro si alguna vez sus manos vuelven a cruzarse con este testimonio de su vida.
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